Conseguirla legalmente no fue sencillo.
Capítulo 4
Conseguirla legalmente no fue sencillo.
Pero ya existía una investigación.
Y Mariana terminó cometiendo un error.
Fue a una clínica privada para un estudio prenatal.
Fiscalía consiguió preservar muestras mediante orden judicial.
La comparación se hizo con material de Santiago obtenido después de una orden.
Esperamos.
Yo casi no dormía.
Cuando llegaron los resultados, Lucía me llamó.
—Siéntate.
—Dime.
—Santiago no es el padre.
Cerré los ojos.
Lo sabía.
No sabía cómo.
Pero lo sabía.
—¿Quién es?
—Todavía no lo sabemos.
—Mariana sí.
Y de repente todo cambió.
Si el bebé no era de Santiago, entonces ¿por qué Renata quería que heredara la casa?
¿Por qué arriesgarlo todo?
Lucía empezó a investigar a Mariana.
Nombre completo:
**Mariana Vélez Ortega.**
Treinta y dos años.
Asistente personal de Renata durante cuatro años.
Eso yo no lo sabía.
Renata siempre decía que su asistente se llamaba “Mari”.
Nunca la había visto de cerca.
Había una foto vieja.
Mariana
junto a Renata.
Y detrás…
un hombre.
Me quedé inmóvil.
—No puede ser.
Lucía acercó la imagen.
El hombre era Arturo Cárdenas.
El abogado.
—¿Crees que él es el padre?
—No sé.
Pedimos comparación.
No.
Tampoco.
Entonces apareció una cuenta bancaria.
Pagos mensuales a Mariana durante siete años.
No desde Santiago.
No desde Cárdenas.
Desde una fundación privada.
**Fundación Altamirano Vélez.**
El nombre me dio escalofríos.
—¿Quién controla eso?
Lucía revisó.
—Renata.
—¿Por qué Vélez?
—Es el apellido de Mariana.
Seguimos.
La fundación había sido creada treinta y tres años antes.
Un año antes de que Mariana naciera.
Beneficiaria:
no estaba disponible públicamente.
Hasta que la fiscalía consiguió los documentos.
Lucía los dejó frente a mí.
—Valeria.
—Dime.
—Mariana no es amante de Santiago.
Sentí que el cuarto se hizo pequeño.
—¿Qué?
—No originalmente.
—Entonces ¿qué es?
Lucía tragó saliva.
—**Es su hermana.**
No entendí.
—No.
—Media hermana.
—¿De quién?
—De Santiago.
Mi boca se secó.
—Renata…
—No es su madre.
—Entonces…
Lucía señaló el documento.
—El padre de Santiago tuvo una hija fuera del matrimonio.
Mariana.
Renata lo supo.
La mantuvo económicamente cerca.
Le dio trabajo.
La vigiló.
Pero nunca la reconocieron públicamente.
—Entonces el bebé…
—No sabemos.
—Si Santiago no es el padre…
Lucía dejó otra hoja.
—La prueba amplió parentesco.
—¿Y?
—El bebé tiene coincidencia genética con la línea Altamirano.
—¿Cómo?
—El padre pertenece a la familia.
Sentí náusea.
—¿Quién?
Lucía me miró.
—No es Santiago.
Silencio.
—Es Mauricio Altamirano.
El hermano mayor de Santiago.
Me quedé inmóvil.
Mauricio.
El hijo perfecto.
Casado.
Tres hijos.
Presidente de la empresa.
Y, supuestamente, el hombre más moral de toda la familia.
—No manches.
—Sí.
Entonces todo se ordenó.
Mariana llevaba años involucrada con Mauricio.
Quedó embarazada.
Si salía a la luz, destruía su matrimonio.
Su imagen.
La empresa.
La
herencia.
Así que inventaron otra historia.
Santiago fingiría ser el padre.
Yo moriría.
Mariana ocuparía mi lugar.
El bebé sería reconocido como hijo de Santiago.
Y Renata conservaría todo dentro de la familia sin revelar el verdadero escándalo.
—¿Santiago aceptó criar al hijo de su hermano?
—A cambio de tus bienes, aparentemente.
Me quedé mirando la pared.
—Esto no es una familia.
Lucía respondió:
—No.
—Es una empresa criminal con cenas navideñas.
---
El viernes llegó.
El día en que supuestamente yo regresaría de Italia.
Fiscalía preparó todo.
Yo entré a la casa a las seis y cuarenta de la tarde.
Santiago estaba en la sala.
Mariana también.
Renata junto a la chimenea.
Todos fingieron sorpresa.
—Valeria.
Santiago se levantó.
—¿Qué haces aquí?
Dejé la maleta.
—Extrañé mi casa.
Renata palideció.
—Habías prometido tres semanas.
La miré.
—Sí.
—¿Por qué regresaste?
—Quería sorprenderlos.
Mariana se tocó el vientre.
Santiago hizo exactamente lo que esperábamos.
—Puedo explicarlo.
—¿Ella es tu amante?
Silencio.
—Valeria—
—¿Sí o no?
—Sí.
Mariana me miró.
Sin culpa.
Renata intervino.
—No hagamos una escena.
Sonreí.
—Claro.
Caminé hacia la mesa.
—Nunca les han gustado mis escenas.
Santiago dio un paso.
—Vete a un hotel.
—¿Por qué?
—Porque estás alterada.
—¿Alterada?
—No estás pensando claramente.
Ahí estaba.
La frase que necesitaban.
Inestabilidad.
Lucía escuchaba todo desde un dispositivo en mi ropa.
Yo respiré.
—Necesito manejar.
Renata me miró demasiado rápido.
—No.
Después corrigió:
—Digo… quizá deberías descansar.
Santiago tomó las llaves del Mercedes.
—Ve.
Me las lanzó.
Las atrapé.
Su cara no mostró nada.
Ese momento me dio más miedo que toda la investigación.
Mi esposo sabía que estaba entregándome un coche manipulado.
Y no le tembló la mano.
Caminé hacia la puerta.
Entonces me detuve.
—Antes de irme, una cosa.
Se giraron.
—¿El bebé es tuyo?
Santiago palideció.
Mariana dejó de respirar.
Renata dijo:
—Claro que sí.
Yo sonreí.
—Qué raro.
Saqué una hoja.
—Porque el ADN dice que es de Mauricio.
La sala explotó.
—¿Qué? —gritó Santiago.
Mariana retrocedió.
Renata se puso blanca.
Y fue ahí cuando entendí algo inesperado.
**Santiago no sabía.**
—Mamá —dijo.
Renata no contestó.
—¿Qué demonios está diciendo?
Mariana empezó a llorar.
Santiago la miró.
—¿Es verdad?
—Santi—
—¡¿Es verdad?!
Renata se interpuso.
—No importa.
Él se giró.
—¿No importa?
—Mauricio tiene una familia. Una posición.
Santiago rio.
Pero era una risa rota.
—¿Entonces yo iba a cargar con el hijo de Mauricio?
—Tú ibas a recibir la casa.
Silencio.
Santiago la miró.
—Me dijiste que era mío.
Ahí estaba el verdadero giro.
Renata había manipulado también a su propio hijo.
Santiago era culpable.
Había aceptado matar por dinero.
Pero incluso él había sido engañado sobre la razón.
Me miró.
Luego miró las llaves en mis manos.
Y entendió.
—Mamá…
Renata respondió con frialdad:
—No hagas tonterías.
—¿El coche?
Silencio.
—¿Tú ordenaste lo del coche?
Renata no dijo nada.
Santiago se llevó ambas manos a la cabeza.
—Yo pensé que Cárdenas sólo iba a preparar los papeles.
Me quedé quieta.
—¿Qué acabas de decir?
Él me miró.
—Yo no sabía lo de los frenos.
Renata gritó:
—¡Cállate!
Demasiado tarde.
La puerta se abrió.
Agentes.
Fiscalía.
Lucía detrás.
Todo ocurrió muy rápido.
Mariana llorando.
Renata gritando que no entendíamos.
Santiago inmóvil.
Cárdenas fue detenido esa misma noche.
Mauricio a la mañana siguiente.
---
La investigación tardó meses.
Y todavía guardaba un último golpe.
La orden para manipular el coche no había salido de Santiago.
Tampoco de Cárdenas.
Había salido de Renata.
Ella planeaba matar dos pájaros de un tiro.
Yo moriría.
Santiago heredaría.
Pero semanas después, cuando el escándalo de Mariana estallara, Renata pensaba declarar a Santiago mentalmente inestable y tomar control de su patrimonio.
No estaba protegiendo a ninguno de sus hijos.
**Estaba protegiendo el apellido.**
Siempre el apellido.
Mauricio era el favorito porque dirigía la empresa.
Santiago era útil porque podía cargar con el escándalo.
Mariana era útil porque podía esconderse.
Yo era útil porque tenía propiedades.
Incluso el bebé era útil porque podía convertirse en heredero sin manchar la reputación de Mauricio.
Cuando Lucía me explicó todo, sólo dije:
—Para Renata no hay personas.
—No.
—Hay piezas.
—Exactamente.
Capítulo completado
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