"También hablé con el representante legal del proyecto", añadió.
Capítulo 5
"También hablé con el representante legal del proyecto", añadió.
"¿Qué dijo?".
"Que la operación está detenida mientras se aclaran las autorizaciones".
Sentí un pequeño alivio.
"¿Y Bruno?".
"Ha intentado comunicarse varias veces".
Miré por la ventana.
Las luces de la ciudad avanzaban detrás del cristal.
"Quiero hablar con él. Pero no sola".
Teresa asintió.
"Podemos reunirnos mañana en mi despacho".
Cuando llegamos a mi casa, noté que una camioneta estaba estacionada frente a la entrada.
Reconocí inmediatamente el vehículo.
Era de Bruno.
Mi hijo estaba sentado en los escalones.
Parecía agotado.
Tenía la camisa arrugada y los ojos enrojecidos.
Se levantó cuando me vio.
"Mamá".
Teresa permaneció a mi lado.
"Buenas noches, Bruno", respondió ella.
Mi hijo bajó la mirada.
"Necesito hablar contigo".
"Entonces habla".
Miró a Teresa.
"¿Podemos hacerlo solos?".
"No".
Bruno apretó los labios.
"Está bien".
Nos sentamos en la sala.
La misma sala donde durante años había preparado cenas familiares mientras él y su hermana discutían
qué regalos querían recibir.
Bruno dejó una carpeta sobre la mesa.
"Mamá, fui un cobarde".
No respondí.
"Sabía que Karina quería salir temprano del hotel".
Lo miré.
"¿Por qué?".
"Porque teníamos una cita".
"¿Con quién?".
"Con uno de los representantes del proyecto".
Sentí que se me tensaban los hombros.
"¿Y por eso me dejaron dormida?".
Bruno bajó la cabeza.
"Pensamos que si llegábamos primero podríamos resolver el problema antes de que hablaras con el banco".
No podía creer lo que escuchaba.
"Entonces sabían que yo no había autorizado el dinero".
Él comenzó a llorar.
"Sí".
Aquella palabra me dejó sin aire.
Por primera vez tenía una confesión directa.
Mi hijo sabía que estaban utilizando mi nombre sin permiso.
"¿También sabías que habían ofrecido mi casa?".
Bruno negó lentamente.
"Karina me dijo que era solamente una garantía provisional".
"¿Y eso te pareció aceptable?".
"No debería haberle creído".
"Bruno, no estamos hablando
de una equivocación pequeña".
"Lo sé".
Teresa intervino.
"Necesitamos entender qué documentos firmaste y qué compromisos asumiste".
Mi hijo abrió la carpeta.
Sacó contratos, comprobantes bancarios y varios correos impresos.
"Todo comenzó cuando un socio me ofreció participar en la compra de unos terrenos".
"¿Qué socio?", preguntó Teresa.
"Un hombre llamado Héctor Salinas".
Sentí que Teresa se enderezaba.
"¿Salinas?".
Bruno asintió.
"Sí".
Mi abogada abrió su computadora.
"¿Tienes su nombre completo?".
"Héctor Salinas Varela".
Teresa anotó los datos.
"Continúa".
Bruno explicó que al principio había invertido sus propios ahorros.
Después pidió préstamos.
Cuando el proyecto comenzó a retrasarse, utilizó dinero recibido como anticipo de otros participantes para cubrir obligaciones que ya habían vencido.
"Pensé que la venta del terreno resolvería todo", dijo.
"¿Y cuando no ocurrió?", pregunté.
"Karina me ofreció ayudarte a conseguir un préstamo".
Lo miré.
"No me pidió ayuda".
"No".
"Utilizó mis documentos".
Bruno asintió.
Teresa tomó notas.
"¿De dónde obtuvo Karina las autorizaciones electrónicas?".
Mi hijo cerró los ojos.
"De la computadora de mamá".
Sentí un escalofrío.
"¿Cuándo?".
"Durante las vacaciones".
Recordé inmediatamente aquella mañana junto a la alberca.
Karina regresando a la habitación.
Mi teléfono cargándose sobre el escritorio.
Mi computadora portátil dentro del equipaje.
"¿Entró a mis cuentas?".
Bruno se cubrió el rostro.
"Sí".
Me levanté.
Caminé hasta la ventana.
No quería que me vieran llorar otra vez.
Teresa preguntó:
"¿Quién preparó los documentos de la supuesta deuda?".
Bruno tardó en responder.
"Karina".
"¿Y la garantía inmobiliaria?".
"Héctor".
Me volví lentamente.
"¿Quién es realmente ese hombre?".
Bruno se limpió los ojos.
"Eso es lo que vine a decirte".
Abrió la última carpeta.
Dentro había una fotografía de una reunión empresarial.
Reconocí a mi hijo.
También a Karina.
Y a un hombre de traje gris.
Bruno señaló su rostro.
"Héctor Salinas".
Observé la imagen.
Había algo familiar en él.
No su rostro.
Sino el apellido.
Salinas.
El mismo apellido de Ricardo, mi banquero.
Teresa pareció leer mis pensamientos.
"Elena, no sabemos si existe alguna relación entre ellos".
Bruno levantó la cabeza.
"Sí existe".
Lo miramos.
Mi hijo respiró profundamente.
"Héctor es hermano de Ricardo".
Sentí que el corazón se me detenía.
Ricardo.
El hombre al que había llamado desde Cancún.
El banquero que conocía mis inversiones.
El mismo que había detectado las operaciones sospechosas.
"No puede ser", murmuré.
Bruno sacó otro documento.
"Karina lo conoció a través de Ricardo hace varios meses".
Teresa se inclinó hacia adelante.
"¿Ricardo participó en las operaciones?".
"No lo sé. Pero Héctor decía que tenía a alguien capaz de facilitar las autorizaciones".
Se hizo un silencio terrible.
No teníamos pruebas de que Ricardo hubiera actuado incorrectamente.
Podía tratarse de una mentira de Héctor.
O de una relación familiar que no implicara ninguna participación en el fraude.
Pero yo acababa de comprender algo.
La persona en quien había confiado para proteger mis cuentas también podía conocer al hombre que estaba intentando quedarse con mi patrimonio.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Ricardo.
"Señora Lozano, necesitamos hablar urgentemente. Encontré una operación anterior que podría estar relacionada con su casa".
Miré la pantalla.
Antes de que pudiera responder, llegó otro mensaje.
"Por favor, no comente esto con Bruno ni con Karina".
Levanté los ojos hacia mi hijo.
Él estaba mirando mi teléfono.
Y su expresión cambió cuando vio el nombre de Ricardo.
"Mamá", susurró, "hay algo que no te he dicho sobre Héctor".
"¿Qué cosa?".
Bruno miró a Teresa.
Después volvió a mirarme.
"Héctor no comenzó buscando inversionistas".
Se le quebró la voz.
"Comenzó preguntando cuánto dinero habías heredado de papá".
Y en ese instante comprendí que el abandono en Cancún quizá no había sido el comienzo de aquella traición.
Tal vez alguien llevaba mucho más tiempo preparando el momento exacto en que mis hijos estarían dispuestos a vender mi confianza por dinero.
CAPÍTULO 5 — EL HOMBRE QUE CONOCÍA TODOS MIS SECRETOS
"¿Cuánto dinero había heredado de tu padre?", repetí lentamente.
Bruno bajó la mirada.
"Eso fue lo primero que Héctor me preguntó cuando lo conocí".
Teresa cerró la carpeta que tenía delante.
"Bruno, necesito que nos cuentes todo desde el principio. Sin esconder nada más".
Mi hijo se pasó ambas manos por el rostro.
"Héctor decía que conocía oportunidades de inversión que no estaban disponibles para cualquiera. Al principio me habló de terrenos, hoteles, departamentos de lujo. Me enseñó documentos y fotografías. Todo parecía legítimo".
"¿Y qué tenía que ver mi herencia con eso?", pregunté.
Bruno tragó saliva.
"Decía que, si teníamos respaldo familiar, sería más fácil conseguir inversionistas".
Me quedé observándolo.
"¿Y tú le hablaste de mis cuentas?".
"No le di cantidades exactas".
"Bruno".
Mi voz lo hizo levantar la cabeza.
"Le conté que papá te había dejado propiedades e inversiones. Que no tenías deudas importantes. Que siempre nos habías ayudado".
Aquella última frase me dolió especialmente.
Mi generosidad se había convertido en información útil para un desconocido.
Teresa intervino.
"¿Héctor sabía que Ricardo administraba las inversiones de tu madre?".
"Sí. Él mismo me dijo que eran hermanos".
"¿Y nunca te pareció extraño?".
Bruno no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Yo conocía demasiado bien esa expresión. Era la misma que ponía de niño cuando había hecho algo malo y esperaba que alguien más encontrara una manera de resolverlo.
Pero ya no era un niño.
Y lo que había hecho no podía arreglarse con una disculpa.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Ricardo estaba llamando.
Teresa me pidió que activara el altavoz.
"Buenas noches, señora Lozano", dijo él. "Lamento molestarla tan tarde".
"Estoy con mi abogada, Ricardo. Puedes hablar".
Hubo una pausa.
"Entonces prefiero que ella también escuche esto".
Nos explicó que había encontrado una solicitud de información patrimonial presentada meses antes, relacionada con un supuesto proceso de actualización de garantías.
El trámite no había producido ninguna modificación de propiedad, pero contenía datos de mi casa que después aparecieron en los documentos utilizados por Héctor.
"¿Quién solicitó esa información?", preguntó Teresa.
"El expediente incluye documentación presentada por Karina Lozano".
Sentí que Bruno se hundía en el sillón.
"¿Y cómo consiguió mi hija esos datos?", pregunté.
Ricardo respiró profundamente.
"Eso forma parte de lo que tenemos que investigar. Algunos antecedentes registrales pueden consultarse mediante los procedimientos correspondientes. Pero también aparecen referencias a documentos privados que debemos revisar".
Capítulo completado
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