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La noche de bodas, el jefe de la mafia siciliana descubrió que su esposa todavía era virgen
Capítulo 4 / 4

Capítulo 4

Part 4: La noche de bodas, el jefe de la mafia siciliana descubrió que su esposa todavía era virgen

1442 palabras

PARTE 4 — El secreto detrás del matrimonio

Durante el camino de regreso, Niko permaneció callado.

Yo miraba las luces de Palermo reflejándose sobre el agua.

—Le salvaste la vida a Bellomo esta noche —dijo finalmente.

—Te salvé la tuya.

—Lo sé.

Pasaron unos segundos.

—Esta noche vas a dormir en mi habitación.

Mi cuerpo se quedó inmóvil.

Niko agregó:

—Tenemos que hablar del contrato.

Subimos juntos.

Entré a la habitación principal y me quedé cerca de la puerta.

—Siéntate —dijo.

Después agregó con una voz mucho más baja:

—Por favor.

Me senté en el borde de la cama.

Él acercó una silla.

—Hay una cláusula en el contrato, exige un heredero para hacer definitiva la alianza, nuestros padres la acordaron antes de que nosotros siquiera nos conociéramos.

Sentí frío en las manos.

—No voy a tocarte si tú no quieres, pero tenía que decírtelo, existe una fecha límite y ya no sé qué quiero hacer con ella.

—¿Qué significa eso?

Se pasó una mano por

la cara.

—Entré a este matrimonio pensando que tendría un heredero como quien cumple una obligación, pero esta noche entendí que sería capaz de matar por una mujer a la que ni siquiera tengo derecho de llamar mía.

Sus ojos encontraron los míos.

—Arruinaste todo, Eveina.

Lo miré.

—Niko.

—¿Sí?

—Soy virgen.

Se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué?

Apreté la tela de mi vestido entre los dedos.

—Siempre lo he sido, sí, voy a fiestas, tomo, bailo, dejo que la gente piense lo que quiera porque nunca me importó corregirlos, pero siempre creí que mi primera vez sería con el hombre con quien me casara.

Niko seguía mirándome.

—Nunca se lo he contado a nadie, ni siquiera a Stella.

Vi el momento exacto en que entendió.

Su expresión cambió.

—Te juzgué.

Su voz era diferente.

—Creí cosas sobre ti solo porque otros las decían, no merecía que me contaras algo así.

—Lo sé.

Se levantó, caminó hacia la ventana y después regresó.

Se arrodilló frente a mí sin tocarme.

—No me debes nada, Eveina, ni esta noche ni nunca, si ese contrato tiene un problema, es mío, no tuyo.

—Niko.

—¿Sí?

—Mírame.

Lo hizo.

—No quiero esperar.

No respiró.

—Ya tomé una decisión.

Puse una mano sobre la suya.

—La tomé cuando me defendiste sin intentar controlarme, cuando me dejaste regresar a la universidad, cuando descubrí lo que haces por esas mujeres, ya decidí.

Puso la mano sobre mi mejilla.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Si cambias de opinión, aunque sea en el último segundo, nos detenemos.

—Lo sé.

Me besó.

Despacio.

Sin prisa.

Cuando se acercó a la lámpara, volteó una última vez.

—¿Sigues segura?

Lo miré.

—Apaga la luz, Niko.

La habitación quedó oscura, iluminada apenas por el reflejo azul del mar.

A la mañana siguiente desperté antes del amanecer.

Su

lado de la cama estaba vacío.

Lo encontré en el balcón, de espaldas a mí.

Me puse una bata y salí.

—Duermes muy poco.

Se volteó.

Sus ojos se veían distintos.

—Estaba escuchándote respirar —dijo—, después me cansé de esperar a que despertaras desde lejos.

Sentí que me ardían las mejillas.

Después de todo, todavía podía hacerme sonrojar.

—¿Estás bien? —preguntó.

Lo pensé.

—Estoy aquí.

Asintió.

—Te juzgué por lo que decían otras personas, y yo debería saber mejor que nadie cuánto puede mentir la gente.

—Ya pasó.

—Para mí no.

Tomó mi mano.

—Pero hoy no voy a intentar arreglarlo, hoy quiero tomar café contigo.

Me reí.

—¿Café? Qué sofisticado.

—Puedo ser sofisticado cuando quiero.

—Puedes ser muchas cosas cuando quieres.

Tomamos café juntos en el balcón.

Por primera vez, el silencio entre nosotros no necesitaba ser llenado.

Cuando sonó su celular, miró la pantalla y lo dejó boca abajo.

—Eso te va a traer problemas —dije.

—Los problemas pueden esperar abajo.

Más tarde Stella llamó.

—Voy a ser directa, contestaste demasiado rápido, algo pasó.

—Stella.

—Pasó.

—Stella.

—Tienes voz de mujer que anoche no durmió sola.

Me tapé la cara con una almohada.

—Voy a colgar.

—No vas a colgar, te conozco desde los dieciséis.

Después su tono cambió.

—¿Eres feliz?

Pensé un momento.

—Estoy en paz, por primera vez en meses.

—Entonces cuídala, Eveina, la paz es más difícil de encontrar que la felicidad.

Los días siguientes fueron diferentes.

Comía con Niko.

Caminábamos juntos por la casa.

Volví a la universidad.

Gennaro me consiguió un libro que había mencionado una sola vez.

—El jefe me pidió que lo buscara —dijo—, yo solo traté de no arruinar la misión.

Entonces llegó el anuncio de otra recepción.

—Vendrán varios jefes de familia —dijo Niko—, también tu padre.

Hizo una pausa.

—Y Lorenzo Greco.

Me tensé.

—¿Por qué?

—Porque voy a terminar lo que él empezó.

La recepción del sábado estaba llena.

Mi padre estaba en una esquina.

Lorenzo, cerca de él.

Cuando me vio, se acercó con una sonrisa.

—Signora Santoro, traje un regalo.

Sacó un sobre.

Dentro había fotografías mías de años atrás.

Fiestas.

Amigos.

Copas.

Nada realmente comprometedor.

Pero Lorenzo sostenía cada imagen como si fuera una prueba de algún delito.

—Pensé que a los Santoro les gustaría conocer mejor el pasado de su nueva integrante.

Estuve a punto de responder.

Niko se levantó antes.

—Lorenzo.

Todo el salón quedó en silencio.

—Antes de que siga enseñando su colección, ¿puedo enseñar la mía?

Sacó varios documentos.

—Transferencias a través de una empresa fantasma en Catania, porcentajes cobrados sobre contratos públicos, mensajes de chantaje, fechas, cuentas y fotografías que usted prefirió guardar para utilizar después.

El vaso de Lorenzo tembló.

—Esto es absurdo.

—No —respondió Niko—, solo es más pesado de lo que usted está acostumbrado a cargar.

Don Vittorio se levantó.

—Lorenzo Greco, ya no eres bienvenido en esta isla, tienes hasta mañana para salir de Sicilia.

Dos hombres se acercaron.

Lorenzo no terminó la cena.

Cuando se fue, Niko se inclinó hacia mí.

—Los enemigos de tu padre intentaban llegar a él a través de ti, Lorenzo era uno de ellos, tu padre aceptó este matrimonio porque ponerte cerca de nosotros era la forma más rápida de protegerte.

Sentí que todo a mi alrededor se detenía.

—Nunca fue solo un negocio.

Miré a mi padre.

Tenía los ojos húmedos.

Salí a la terraza.

Él me siguió.

—Sé que no quieres escucharme.

—No sé qué quiero, habla.

No intentó adornarlo.

Dijo que había buscado otras opciones.

Que había pasado noches sin dormir.

Que se equivocó al no contarme la verdad.

—No puedo perdonarte todavía.

Asintió.

—Lo sé.

—Pero puedo intentarlo.

Cerró los ojos.

—Eso es más de lo que merezco.

Después preguntó:

—¿Estás bien con él?

Por primera vez no sonó como un político.

Sonó como mi padre.

—Sí.

A la mañana siguiente encontré a Niko en el jardín.

Nos sentamos frente al mar.

—Necesito preguntarte algo —dijo.

—Pregunta.

—¿Quieres quedarte?

Lo miré.

—Sí.

Su expresión cambió.

—Pero no quiero que te quedes por el contrato, si permaneces aquí tiene que ser porque tú lo elegiste.

—¿Y si decido irme?

—Gennaro te llevará a donde quieras y yo mismo abriré la puerta.

Le creí.

—Entonces me quedo.

Cerró los ojos durante un segundo.

—Tengo una condición —dije.

—La que quieras.

—No más secretos.

—Nunca más.

Lo besé.

Durante un tiempo creí que eso sería suficiente.

Creí que mientras Niko y yo estuviéramos juntos podríamos enfrentarnos a cualquier cosa.

Pero dentro de una familia como los Santoro, una esposa no era juzgada únicamente por cuánto la amaba su esposo.

También era juzgada por el hijo que pudiera darle.

Pasaron los meses.

Y cada mes volvió mi periodo.

Los murmullos comenzaron.

Estéril.

Un error.

Una carga.

Niko me protegía.

Discutía con su padre.

Arriesgaba su posición y todo lo que algún día debía heredar.

Una noche me abrazó contra su pecho.

Sus dedos temblaban sobre mi espalda.

—Eres mía —susurró—, solo mía, todos los demás pueden irse al infierno.

Entonces encontré la carta.

Vi la fecha.

Leí las palabras que Niko nunca se había atrevido a decirme.

Y descubrí el secreto que había guardado desde antes de tocarme aquella noche de bodas.

Sentí que el corazón se me partía en dos.

Debajo de la cama había una maleta.

En mis manos sostenía una nota que todavía olía a él.

De pronto ya no sabía si el hombre que me había hecho sentir amada alguna vez me había amado de verdad.

No sabía si cada beso, cada promesa y cada gesto habían sido otra parte del plan.

Y tampoco sabía qué ocurriría si desaparecía aquella misma noche.

Si Niko vendría a buscarme para salvarme…

O para destruirme porque yo acababa de descubrir demasiado.

Quizá su amor todavía podía convertirse en lo último que terminara matándome.

FIN.

Capítulo completado

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