Marta no respondió de inmediato.
Capítulo 2
Marta no respondió de inmediato.
Se quedó mirando la carpeta azul mientras Ximena volvía a mover la perilla desde el otro lado de la puerta.
—Marta, ¿por qué cerró?
Aquella pregunta le confirmó algo que hasta ese momento solo había sido una sensación.
Ximena estaba demasiado interesada.
Marta guardó la memoria USB en el bolsillo del cardigan, tomó la carpeta y abrió la puerta.
Ximena casi perdió el equilibrio.
—¿Qué haces aquí parada?
—Nada. Solo vine a ver si necesitaba ayuda.
—No necesito ayuda.
Los ojos de Ximena bajaron inmediatamente hacia la carpeta.
—¿Qué es eso?
—Papeles de Ramón.
—¿De qué?
—No sé.
Marta pasó junto a ella.
Julio seguía en la sala.
—Mamá, ven. Tenemos que hablar.
—Ahora no.
—Es importante.
Marta se detuvo.
—Hace cinco minutos la foto de tu papá no era importante.
Julio apretó la mandíbula.
—No mezcles las cosas.
—Yo no las estoy mezclando.
Entró a su recámara y cerró
con seguro.
Por primera vez desde que su hijo se había mudado con ella, sintió la necesidad de hacerlo.
Extendió los documentos sobre la cama.
El primer papel era la escritura de la casa.
Marta conocía ese documento. La propiedad había sido comprada por ella y Ramón treinta y dos años atrás.
Pero había una copia más reciente, expedida pocos meses antes de la muerte de Ramón.
Junto a ella encontró una nota.
“Marta, Julio me pidió que le cediera la casa. Dijo que era para protegerla y evitar problemas cuando nosotros faltáramos. Me negué. Después encontré una solicitud con una firma que se parecía demasiado a la mía. No quiero acusarlo sin pruebas, pero tampoco quiero que firmes nada que él o alguien relacionado con él te lleve.”
Marta tuvo que leerlo dos veces.
Julio nunca le había contado eso.
Siguió revisando.
Había copias de estados de cuenta, comprobantes
de predial y una hoja con el nombre de una notaría.
También había fotografías de varios documentos.
Una de ellas mostraba una solicitud de poder general.
El nombre de Ramón estaba escrito al final.
La firma parecía suya.
Pero Marta había visto a Ramón firmar miles de veces.
Había algo raro en la “R”.
Su celular vibró.
Era su hermana, Clara.
Marta contestó.
—¿Bueno?
—¿Ya pusiste el altar?
Marta miró la fotografía de Ramón, ahora apoyada sobre su buró.
—Pasaron cosas.
Le contó lo sucedido.
Clara guardó silencio cuando escuchó la frase de Ximena.
—¿Te dijo que Ramón ya había ocupado el altar demasiado tiempo?
—Sí.
—Marta, esa mujer lleva un año viviendo en tu casa sin pagar renta.
—Lo sé.
—No, no creo que lo sepas. Porque si lo supieras, ya les habrías puesto límites.
Marta cerró los ojos.
—Encontré una carta de Ramón.
—¿Qué carta?
Marta le explicó.
Clara cambió de tono.
—No les enseñes nada.
—Es Julio.
—Precisamente.
La palabra quedó flotando.
Marta sintió culpa al escucharla.
Julio era su único hijo.
Había sido un niño cariñoso. Ramón lo llevaba los domingos a jugar futbol. Cuando Julio se casó con Ximena, Marta creyó que simplemente estaba formando su propia familia.
¿Cuándo había empezado a sentirse como una extraña dentro de su propia casa?
—Mañana voy a ir a la notaría —dijo Marta.
—Voy contigo.
—No hace falta.
—No te pregunté.
Marta sonrió por primera vez en horas.
Esa noche cenaron casi en silencio.
Ximena había dejado el altar como estaba.
La foto de doña Elvira seguía en el centro.
Marta no dijo nada.
Colocó la fotografía de Ramón en una pequeña mesa dentro de su recámara, puso una veladora y un pedazo de pan.
Julio la vio hacerlo desde el pasillo.
—Mamá.
—¿Qué?
—No quiero que estemos peleados.
—Entonces no me hables como si yo fuera una niña caprichosa.
—No fue eso.
—Me dijiste que estaba haciendo drama porque me dolió encontrar a tu papá metido en una caja.
Julio bajó la mirada.
—Ximena también tiene derecho a recordar a su familia.
—Nunca dije que no.
—Entonces...
—Había espacio para los dos.
Julio no respondió.
Marta señaló la fotografía.
—Tu esposa no quería compartir el altar. Quería quitarlo a él.
—Estás exagerando.
Marta soltó una risa breve, sin humor.
—Otra vez.
Julio suspiró.
—Buenas noches, mamá.
—Buenas noches.
A la mañana siguiente, Marta salió temprano.
Clara la esperaba afuera de la notaría.
Tenía sesenta y cinco años, el cabello corto y una manera de caminar que siempre hacía parecer que iba a reclamar algo, aunque solo fuera a comprar tortillas.
—Enséñame.
Marta le dio la carpeta.
Clara leyó la nota de Ramón.
—Vamos.
Dentro las recibió una empleada joven.
Marta preguntó por el licenciado Ernesto Valdés, cuyo nombre aparecía en uno de los documentos.
La empleada revisó la computadora.
—El licenciado Valdés falleció hace dos años, señora.
Marta sintió una decepción inmediata.
—¿Hay alguien que pueda revisar unos documentos que él llevó?
Después de unos minutos apareció una mujer de unos cincuenta años.
—Soy la licenciada Adriana Cárdenas.
Marta le explicó que su esposo había realizado trámites allí.
Adriana revisó la escritura y después la copia del poder.
Su expresión cambió.
—¿Usted firmó algún consentimiento relacionado con esta propiedad?
—No.
—¿Su esposo otorgó este poder?
—Según una carta que me dejó, no.
Adriana observó el documento con más atención.
—Esta copia no tiene sello definitivo de inscripción. Parece un trámite que no se concluyó.
Marta respiró.
—Entonces no pasó nada.
—Con este documento, probablemente no. Pero necesito revisar el expediente completo.
Clara se inclinó hacia adelante.
—¿Quién solicitó el trámite?
Adriana miró una hoja.
—Aquí aparece como gestor un señor llamado Mauricio Vega.
Marta no conocía el nombre.
Clara sí reaccionó.
—¿Mauricio Vega?
—¿Lo conoces?
—¿No es el primo de Ximena?
Marta sintió que el estómago se le cerraba.
Recordó haber escuchado el nombre en reuniones familiares.
Mauricio trabajaba, según Ximena, “en cosas de bienes raíces”.
Adriana levantó la vista.
—¿Hay algún problema?
Marta explicó la relación.
La notaria dejó el documento sobre la mesa.
—Señora Marta, no quiero adelantar conclusiones. Que una persona aparezca como gestor no demuestra que haya cometido nada ilegal. Pero sí le recomiendo no firmar ningún documento relacionado con la casa hasta que revisemos el expediente.
—¿Pueden hacer algo con mi casa sin mi firma?
—La propiedad está a nombre de usted y de su esposo en el antecedente que veo. Primero tenemos que verificar la situación sucesoria de la parte de su esposo.
Marta se quedó quieta.
Después de la muerte de Ramón, Julio había insistido varias veces en “arreglar los papeles”.
Marta siempre lo pospuso porque no tenía cabeza para trámites.
—¿Mi hijo podría heredar la parte de Ramón?
—Depende del testamento, si existe, y de la legislación aplicable al caso. Necesito revisar todo.
Marta recordó otro sobre dentro de la carpeta.
Lo sacó.
Decía “TESTAMENTO”.
Adriana lo abrió.
Era una copia.
Leyó durante varios minutos.
—Aquí aparece usted como heredera de la parte principal del patrimonio de su esposo, con disposiciones específicas para Julio.
Marta sintió alivio y tristeza al mismo tiempo.
—¿Qué disposiciones?
Adriana señaló una cláusula.
Ramón había dejado a Julio una cuenta de inversión y el derecho a recibir determinados bienes personales, pero la casa quedaba protegida para Marta mientras viviera.
Clara miró a su hermana.
—Ramón sabía.
Marta no contestó.
Al salir de la notaría, tenía la sensación de que el suelo se había movido.
—Quiero hablar con Julio —dijo.
—Primero averigua más.
—Es mi hijo.
—Y Ramón era tu esposo. Él te escribió que no le dieras esos papeles a Julio.
Marta apretó la carpeta contra el pecho.
Al volver a casa encontró a Ximena en la cocina.
—¿Dónde estaba?
—Haciendo un trámite.
—¿De la casa?
Marta la miró directamente.
Ximena se quedó inmóvil apenas una fracción de segundo.
Fue suficiente.
—¿Por qué preguntas eso?
—Por nada.
—No parecía por nada.
Ximena sonrió.
—Julio me dijo que usted había encontrado papeles viejos. Pensé que quizá estaba arreglando lo de la herencia.
—Qué curioso.
—¿Qué?
—Que sepas qué papeles encontré si yo nunca se los enseñé a Julio.
Ximena dejó la taza sobre la mesa.
—Él vio la carpeta.
—No vio lo que había dentro.
El silencio se volvió incómodo.
Marta caminó hacia su recámara.
—Suegra.
Se detuvo.
—¿Sí?
—No vaya a dejarse meter ideas por gente de afuera. Nosotros somos su familia.
Marta volteó lentamente.
—Mi esposo también era mi familia.
Entró a su cuarto.
Apenas cerró, sacó la memoria USB.
No quería conectarla en ninguna computadora de la casa.
Llamó a Clara.
—Necesito usar tu laptop.
Una hora después estaba sentada en el comedor de su hermana.
Conectaron la memoria.
Había tres carpetas.
“CASA”.
“CUENTAS”.
Y una tercera con un nombre que hizo que Marta sintiera un escalofrío.
“JULIO”.
Abrió esa carpeta.
Había fotografías, estados de cuenta y un archivo de audio.
Clara la miró.
—¿Lo ponemos?
Marta tardó unos segundos.
Finalmente hizo clic.
La voz de Ramón llenó la habitación.
“Julio, ya te dije que no voy a firmarte la casa.”
Después se escuchó la voz de su hijo.
“Papá, no entiendes, no te la estoy quitando.”
Ramón respondió:
“Entonces deja de traerme papeles escondidos entre otras cosas.”
Marta se llevó una mano a la boca.
La grabación continuó.
Julio dijo algo que Marta nunca habría imaginado escuchar.
“Ximena ya habló con Mauricio. Si tú cooperas, esto se arregla fácil.”
Y Ramón contestó:
“Pues dile a tu mujer y a su primo que mi casa no se toca.”
Marta detuvo el audio.
Clara no dijo nada.
No hacía falta.
Marta miró la pantalla.
El archivo había sido grabado seis meses antes de la muerte de Ramón.
Y de pronto la frase de Ximena frente al altar dejó de parecer una simple crueldad.
Tal vez llevaba años queriendo sacar a Ramón de en medio, aunque fuera primero de los papeles y ahora de la memoria.
Capítulo completado
Has llegado al final de este capítulo.
Seguir leyendo
Más mundos en los que perderte después de este capítulo.