No respondí a la publicación.
Capítulo 4
No respondí a la publicación.
Esa fue probablemente la decisión que más enfureció a Sofía.
Durante dos días aparecieron comentarios nuevos.
Algunos familiares me escribieron en privado.
Otros tomaron partido sin preguntarme nada.
Yo guardé capturas de todo y seguí revisando documentos con Ricardo.
Si Sofía quería una guerra pública, tendría que pelearla sola.
Yo tenía algo más importante que hacer.
Entender hasta dónde había llegado el problema.
El tercer día encontramos una transferencia que no encajaba con ninguna de las explicaciones de Mateo.
Doce mil dólares.
No había ido al negocio.
No había pagado tarjetas.
No había financiado la remodelación.
Había terminado en una cuenta a nombre de Sofía.
—¿Sabías de esto? —preguntó Ricardo.
—No.
Seguimos buscando.
Había otra.
Ocho mil.
Después cinco mil quinientos.
Veinticinco mil quinientos dólares transferidos directamente a Sofía durante siete meses.
Llamé a Mateo.
No contestó.
Le envié solamente una fotografía de los movimientos.
Cinco minutos después llamó.
—¿Dónde
encontraste eso?
—En mi estado de cuenta.
Silencio.
—Mateo, ¿para qué eran esas transferencias?
—No sé.
—Están hechas desde la cuenta conjunta.
—Sofía también tenía acceso.
Me quedé inmóvil.
—¿Le diste acceso?
—Sí.
—¿A mi cuenta?
—Pensé que...
—No me digas lo que pensaste. ¿Le diste mi contraseña?
—Sí.
Colgué.
Por primera vez dejé de preguntarme cuánto sabía Mateo.
Ahora quería saber cuánto no sabía.
Aquella tarde él llegó solo a mi casa.
Parecía no haber dormido.
—Sofía dice que el dinero fue para proveedores.
—¿Tienes facturas?
—No.
—Entonces pídeselas.
—Ya lo hice.
—¿Y?
Mateo apretó la mandíbula.
—Dice que están con el contador.
—Perfecto. Que las mande.
—Mamá...
—No voy a discutir. Quiero documentos.
Mateo se dejó caer en una silla.
—Todo se está destruyendo.
—No fui yo quien empezó esto.
—Ya sé.
Fue la primera vez que lo escuché decirlo.
No me dio satisfacción.
Me dio tristeza.
—¿Por
qué escribiste ese comentario en Facebook?
Mateo se frotó el rostro.
—Sofía estaba llorando.
—Yo también soy tu familia.
—Lo sé.
—No parecía.
Bajó la cabeza.
Durante unos segundos volví a ver al niño que había criado.
Pero ya no era un niño.
Y yo tenía que dejar de tratarlo como uno.
—Ve a tu casa —le dije—. Pídele a Sofía todas las facturas, todos los estados de cuenta y todos los movimientos de su negocio. Después hablamos.
—¿Y si no quiere?
—Entonces tendrás una respuesta.
Dos días después Mateo regresó.
Traía una carpeta.
Y una cara que me dijo todo antes de abrirla.
No había facturas por veinticinco mil dólares.
Había compras.
Ropa.
Un reloj.
Tratamientos estéticos.
Hoteles.
Transferencias a una tarjeta personal.
Y un pago de nueve mil dólares a una empresa llamada Mar Azul Eventos.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—No sé.
Mateo parecía genuinamente confundido.
Ricardo investigó
la empresa.
Organizaba bodas.
Mateo se quedó blanco.
—Nosotros ya estamos casados.
Entonces encontramos el nombre asociado a la reservación.
No era una boda.
Era un paquete para una fiesta privada en Cabo San Lucas.
Fecha: tres meses después.
Treinta y cinco invitados.
Mateo tomó el teléfono.
—¿Qué demonios es esto?
Llamó a Sofía delante de nosotros.
Ella tardó en contestar.
—¿Qué pasa?
—¿Qué es Mar Azul Eventos?
Silencio.
—Sofía.
—Es una sorpresa.
—¿Una sorpresa de nueve mil dólares con dinero de mi mamá?
—Era para nuestro aniversario.
Mateo se levantó.
—¿Nuestro aniversario?
—Sí.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo?
—Cuando estuviera todo listo.
—¿Con qué dinero ibas a pagar el resto?
Sofía guardó silencio.
Yo ya sabía la respuesta.
Con el mío.
Mateo también.
Su expresión cambió.
—¿Cuánto falta?
—No empieces.
—¿Cuánto falta, Sofía?
—Dieciséis mil.
Mateo cerró los ojos.
—Cancélalo.
—No.
—Cancélalo ahora.
—Ya dimos anticipo.
—Con dinero robado.
El silencio después de esa palabra fue absoluto.
Sofía respondió muy despacio:
—¿Eso te dijo tu mamá?
—No. Lo estoy diciendo yo.
La llamada terminó en gritos.
Mateo salió de mi casa una hora después.
Esa noche no volvió con Sofía.
Se quedó en un hotel.
Pero aquello no significaba que todo estuviera resuelto.
Al día siguiente, Sofía apareció con su madre.
Venían a “hablar”.
Su madre comenzó diciendo que todo era un malentendido familiar.
Yo puse frente a ellas las transferencias.
—¿También es un malentendido?
Sofía me miró con odio.
—Mateo me dio acceso.
—Mateo no podía regalarte mi dinero.
—La cuenta estaba a su nombre.
—Y tú sabías de dónde venía.
—No puedes probar que yo sabía nada.
Ricardo, que estaba presente, levantó la mirada.
Sofía comprendió demasiado tarde que había dicho algo muy distinto a “lo siento”.
Su madre intentó detenerla.
—Sofía, vámonos.
Pero ella ya estaba furiosa.
—No. Estoy cansada de esta señora.
Me señaló.
—Toda la vida ha comprado a Mateo.
—Sofía...
—Casa, universidad, carro. Todo. ¿Y ahora quiere fingir que no sabía que él dependía de ella?
—Ayudar a mi hijo no te daba derecho a entrar en mis cuentas.
—¡Él es tu único hijo!
—Precisamente por eso duele tanto.
Sofía se quedó callada.
Yo continué:
—Podías haber venido a pedirme ayuda. Podías decirme que el negocio estaba mal. Podías decirme que tenían deudas. Quizá habría ayudado. Pero elegiste hacerlo a escondidas porque sabías que no aceptaría financiar este estilo de vida.
—Tú no sabes nada de mi vida.
—Sé que planeaste una fiesta de veinticinco mil dólares mientras debías setenta mil.
No respondió.
Su madre la miró sorprendida.
—¿Qué fiesta?
Sofía giró.
—Mamá, no.
Ahí comprendí que incluso su propia madre desconocía muchas cosas.
La conversación terminó poco después.
Una semana más tarde, Mateo solicitó estados de cuenta de todas sus tarjetas.
Las deudas eran peores de lo que creía.
Sofía había utilizado dos tarjetas adicionales sin decírselo.
Había solicitado un préstamo personal.
Había atrasos en la hipoteca.
El ascenso de Mateo no solucionaría aquello.
Apenas retrasaría el desastre.
Él vino a verme un domingo.
—Voy a vender la casa.
No reaccioné.
—Es lo mejor —continuó—. Pago las deudas y te devuelvo lo que pueda.
—¿Sofía está de acuerdo?
—No.
—Entonces tienes otro problema.
Mateo me miró.
—Creo que nos vamos a separar.
Aquellas palabras no me alegraron.
—No tomes esa decisión por mí.
—No es por ti.
Se quedó pensando.
—Es porque ya no sé qué más me ha ocultado.
Dos días después Sofía recibió la notificación de que el acceso a todas mis cuentas había sido eliminado definitivamente.
La misma tarde publicó otra cosa en Facebook.
Esta vez sí escribió mi nombre.
Y esta vez me acusó directamente de haber destruido su matrimonio.
Yo seguí sin responder.
Pero Mateo sí.
Su comentario apareció debajo de la publicación a las 11:43 de la noche.
Solo tenía una frase:
“Mi mamá no destruyó nuestro matrimonio, nosotros lo hicimos cuando empezamos a vivir con dinero que no era nuestro.”
A la mañana siguiente la publicación había desaparecido.
Pero el verdadero desastre apenas estaba comenzando.
Capítulo completado
Has llegado al final de este capítulo.
Seguir leyendo
Más mundos en los que perderte después de este capítulo.