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Él quemó mi vestido para borrarme de su nueva vida. Esa noche descubrí que todos, incluso yo, habíamos vivido dentro de una mentira.
Capítulo 2 / 6

Capítulo 2

Él quemó mi vestido para borrarme de su nueva vida. Esa noche descubrí que todos, incluso yo, habíamos vivido dentro de una mentira - La mujer que él creyó que nunca podría entrar

1226 palabras

Treinta minutos después, tres camionetas negras se detuvieron frente a la casa.

Adrián ya se había ido.

La primera persona en bajar fue mi jefa de seguridad. Detrás de ella venían una estilista, una asistente y un hombre cargando una funda larga de terciopelo azul oscuro.

Yo seguía en la cocina.

La bata vieja continuaba sobre mi cuerpo.

El botón chamuscado permanecía encima de la mesa.

La estilista abrió la funda.

Dentro estaba el vestido de París.

Azul profundo.

Bordado a mano.

Elegante sin necesidad de gritar cuánto costaba.

Junto a él descansaba el collar de diamantes que mi abuela había usado el día en que inauguró la primera planta de Vanguardia.

Lo miré durante varios segundos.

Hacía años que no me ponía esa joya.

No porque hubiera dejado de gustarme.

Sino porque pertenecía a una vida que yo había decidido esconder.

Mientras me arreglaban el cabello, escuché unos golpes suaves en la ventana.

Volteé.

Era Doña Matilde.

Seguía usando su rebozo

gris y sus lentes gruesos.

—¿Está bien, niña? —preguntó desde el patio.

Abrí la puerta.

—Sí.

Ella recorrió con la mirada a los guardias, las camionetas y el vestido.

No hizo ninguna pregunta.

Entonces vio algo sobre la mesa.

El botón.

Su rostro cambió.

—¿De dónde sacaste eso?

—Era de mi vestido.

—Déjame verlo.

Lo tomó entre sus dedos.

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Qué pasa?

Lo volteó y lo acercó a la luz.

—No es un botón cualquiera.

Fruncí el ceño.

—Claro que sí. Lo compré en una mercería del centro.

Doña Matilde negó muy despacio.

—Esa marca de atrás… ese círculo partido… yo la conozco.

—¿De dónde?

Antes de que pudiera contestar, una de mis guardias se acercó.

—Señora Valdés, debemos salir.

Miré el reloj.

La gala estaba por comenzar.

—Luego hablamos, Doña Matilde.

Intenté recuperar el botón.

Ella me tomó de la muñeca.

Lo hizo con tanta

fuerza que me sorprendió.

—Clara, por el amor de Dios, no confíes en Harrison Barragán.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué acaba de decir?

Sus ojos estaban llenos de miedo.

—No confíes en él.

—Harrison trabajó con mi familia durante décadas.

—Lo sé.

—Fue la mano derecha de mi abuela.

—También lo sé.

—Entonces dígame por qué está diciendo esto.

Un claxon sonó en la calle.

La estilista llamó mi nombre desde la entrada.

Doña Matilde soltó lentamente mi muñeca.

—Ve.

—No voy a irme sin una explicación.

—Ahora no puedo darte una.

—¿Por qué?

Se acercó un poco más.

—Pero escucha algo.

Su voz bajó hasta convertirse casi en un susurro.

—No firmes nada.

La miré fijamente.

—¿Qué?

—Pase lo que pase esta noche, Clara, no firmes nada.

Quise seguir preguntando.

Pero ella retrocedió.

—Ve.

Me quedé mirándola un segundo más.

Después subí al automóvil.

Durante todo el trayecto hacia el

Gran Hotel Imperial, sus palabras me retumbaron en la cabeza.

No confíes en Harrison.

No firmes nada.

Harrison Barragán había trabajado con mi abuela durante más de cuarenta años.

Había organizado parte de mi educación.

Había protegido mis acciones.

Administraba el fideicomiso familiar.

Después de la muerte de mis padres había sido lo más parecido a un tío.

¿Por qué una vecina que supuestamente no sabía nada de mi verdadera vida conocía su nombre?

Y peor aún.

¿Por qué le tenía miedo?

Cuando llegamos al Gran Hotel Imperial, dos guardias abrieron las puertas principales.

El salón estaba lleno.

Más de cuatrocientas personas cenaban bajo enormes lámparas de cristal.

Rosas blancas cubrían las mesas.

Un cuarteto de cuerdas tocaba junto al escenario.

Meseros con guantes blancos caminaban entre empresarios, directores y funcionarios.

Y ahí estaba Adrián.

Junto al escenario.

Con una copa en la mano.

Vanessa Rivas estaba a su lado.

Vestía de verde esmeralda.

Su mano descansaba sobre el brazo de mi esposo con una familiaridad que me revolvió el estómago.

Adrián sonreía.

Parecía feliz.

Más feliz de lo que lo había visto en meses.

El presentador tomó el micrófono.

—Antes de ratificar el nombramiento del nuevo vicepresidente de operaciones, recibiremos a la propietaria mayoritaria de Grupo Vanguardia Dominion.

Adrián siguió sonriendo.

Todavía no entendía.

Las puertas del salón se abrieron por completo.

Di el primer paso.

Adrián levantó la mirada.

Su sonrisa desapareció.

Vanessa retiró la mano de su brazo.

Uno por uno, los ejecutivos comenzaron a ponerse de pie.

Algunos inclinaron ligeramente la cabeza.

Otros empezaron a aplaudir.

Yo avancé sin mirar a nadie.

Cada golpe de mis tacones contra el mármol sonaba más fuerte que el anterior.

Harrison Barragán vino a recibirme.

—Señora presidenta —dijo, tomando mi mano—. Qué alegría verla de nuevo.

La besó.

Yo no sonreí.

—Harrison.

Seguí caminando.

Adrián trató de acercarse.

—Clara…

Lo miré.

—Buenas noches.

—Mi amor, yo…

—Parece que sí pude entrar.

Su rostro perdió el color.

—Déjame explicarte.

—¿Qué parte?

El salón quedó en silencio.

—¿Quieres explicarme por qué quemaste mi vestido?

Adrián miró alrededor.

—Clara, no aquí.

—¿Por qué no?

Di otro paso hacia él.

—¿Quieres explicar por qué invitaste a otra mujer haciéndola pasar por tu pareja?

Vanessa soltó su brazo.

—O quizá quieras explicar por qué le dijiste a medio mundo que tu esposa era una empleada doméstica enferma que te daba vergüenza.

Un murmullo recorrió el salón.

Adrián apretó la mandíbula.

—Baja la voz.

—¿Ahora te preocupa hacer una escena?

Vanessa soltó una risita nerviosa.

—Esto debe ser una confusión.

La miré.

—No, señorita Rivas.

Su sonrisa desapareció.

—La confusión fue creer que podía colgarse del brazo de mi esposo sin consecuencias.

—Clara, basta —murmuró Adrián—. Estás haciendo el ridículo.

Me reí.

—El ridículo lo hiciste tú cuando humillaste a la mujer que pagó tus estudios.

Adrián abrió la boca.

No alcanzó a responder.

Harrison subió al escenario con una carpeta de piel.

—Señora presidenta, quizá sea mejor continuar con el programa.

Colocó la carpeta frente a mí.

—El consejo está listo para ratificar el ascenso del señor Méndez. Solo necesitamos su firma.

Miré la pluma.

Después miré el documento.

Y recordé la voz de Doña Matilde.

No firmes nada.

Abrí la carpeta.

Empecé a leer.

La primera página parecía normal.

La segunda también.

En la tercera encontré algo que no tenía nada que ver con un simple ascenso.

Levanté la mirada.

—¿Por qué mi firma para nombrar vicepresidente a Adrián también autoriza facultades extraordinarias sobre activos del fideicomiso?

Harrison no respondió de inmediato.

—Es una actualización administrativa.

—¿Administrativa?

—Nada fuera de lo común.

Cerré la carpeta.

—Entonces no tendrá problema en que mis abogados revisen cada cláusula.

Por primera vez aquella noche, Harrison perdió ligeramente la sonrisa.

Adrián se acercó.

—Firma, Clara.

Volteé hacia él.

—¿Qué dijiste?

—Firma.

—¿Por qué tanta prisa?

—Porque estás convirtiendo una noche importante en otro de tus dramas.

Lo observé.

Había algo diferente en su voz.

No sonaba avergonzado.

Ni siquiera preocupado.

Sonaba impaciente.

Como si estuviera esperando algo.

Entonces una idea terrible cruzó mi mente.

—Adrián.

—¿Qué?

—¿Desde cuándo sabías quién soy?

El salón entero quedó inmóvil.

Vanessa bajó lentamente la mirada.

Harrison no se movió.

Adrián sostuvo mis ojos durante varios segundos.

Después dejó la copa sobre una mesa.

—Desde antes de conocerte.

Sentí que el piso se hundía bajo mis pies.

—¿Qué acabas de decir?

Adrián respiró hondo.

Y entonces destruyó de un solo golpe los siete años de matrimonio que todavía me quedaban.

—Yo no te encontré por casualidad, Clara.

Miró hacia Harrison.

—Él me contrató para acercarme a ti.

Capítulo completado

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