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LA MESERA DETUVO UNA CACHETADA SIN SABER QUE ACABABA DE ENTRAR EN UNA GUERRA DE MILLONES
Capítulo 2 / 5

Capítulo 2

PARTE 2: LA MESERA DETUVO UNA CACHETADA SIN SABER QUE ACABABA DE ENTRAR EN UNA GUERRA DE MILLONES

935 palabras

PARTE 2 — La mujer a la que nadie debía tocar

—Porque iba a golpear a alguien que no podía defenderse —respondió Valeria.

Alejandro no apartó los ojos de ella.

—¿Sabiendo quién era Renata Ibarra?

Valeria miró a la mujer del vestido plateado.

Sabía perfectamente quién era.

Sabía que una sola llamada de Renata podía cerrarle puertas en restaurantes, hoteles y empresas de eventos de toda la ciudad.

También sabía que en su casa la esperaba una madre enferma, que la renta vencía en pocos días y que su hermano Mateo dependía de aquel sueldo para seguir estudiando.

Aun así, respondió:

—Lo volvería a hacer.

El gerente cerró los ojos.

—Valeria, por favor…

Alejandro extendió la mano.

—Tu gafete.

A Valeria se le formó un nudo en el pecho.

Ahí estaba.

La consecuencia.

Ese trabajo pagaba la renta, los medicamentos de su madre y parte de la universidad de Mateo.

Había rogado durante meses para conseguir horas extra.

Pero no iba a suplicar frente a Renata.

Se quitó la pequeña placa dorada del

uniforme y la dejó sobre la palma de Alejandro.

Él leyó el nombre.

—Valeria Cruz.

Guardó silencio un instante.

—Estás despedida.

Un murmullo satisfecho recorrió el salón.

Renata sonrió.

Valeria sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.

Entonces Alejandro levantó la vista.

—De este trabajo.

La sonrisa de Renata se borró.

Alejandro cerró los dedos alrededor del gafete.

—Y contratada por mí.

Los susurros estallaron por todo el salón.

Valeria apenas tuvo tiempo de entender lo que acababa de escuchar cuando las puertas laterales se abrieron de golpe.

Tres escoltas entraron con el rostro tenso.

Uno de ellos caminó directamente hacia Alejandro.

—Señor Romano, lo encontramos.

Alejandro no parpadeó.

—¿Dónde?

—En el pasillo de servicio, tenía acceso al cuarto de cámaras.

La mirada de Alejandro pasó de Renata al gerente y después a una pequeña cúpula negra instalada sobre el balcón.

—Cierren las salidas.

El salón entero reaccionó al

mismo tiempo.

—¿Cómo que cierren las salidas? —protestó un empresario.

Alejandro ni siquiera volteó.

—Nadie abandona el recinto hasta que seguridad termine la revisión.

Renata levantó la barbilla.

—No puedes retenernos.

Alejandro la miró.

—Puedo hacerlo si alguien intentó matar a mi madre.

El silencio cayó de golpe.

Valeria miró a Camila.

La anciana no mostró sorpresa.

Eso fue lo primero que la inquietó.

Camila acomodó con tranquilidad la manta azul sobre sus piernas.

—Alejandro, no hagas una escena.

—Mamá, manipularon las cámaras.

—Y ya atrapaste a la persona.

—No sabemos si actuó solo.

Uno de los escoltas se acercó y le susurró algo al oído.

Alejandro endureció la mandíbula.

—Lleven a mi madre al salón privado.

—No —respondió Camila.

—Mamá…

—Quiero quedarme aquí.

—No es seguro.

Camila levantó los ojos hacia él.

—Hijo, si hubiera querido estar segura, no habría venido.

Valeria sintió un escalofrío.

Aquella frase no sonaba

como la de una anciana que acababa de escapar de una agresión.

Sonaba como la de alguien que sabía exactamente dónde se estaba metiendo.

Alejandro señaló a Valeria.

—Tú vienes con nosotros.

Ella se tocó el pecho.

—¿Yo?

—Viste el incidente desde el principio.

Renata soltó una risa amarga.

—¿Ahora una mesera es parte de la investigación?

Alejandro ni siquiera levantó la voz.

—Ahora es mi empleada, y acaba de demostrar más lealtad que la mitad de este salón.

Renata cerró la boca.

Valeria dejó la bandeja sobre una mesa y siguió a Alejandro, Camila y dos escoltas por un corredor cubierto de retratos antiguos.

Llegaron a una biblioteca privada al fondo del palacio.

Había libreros de madera oscura, un escritorio enorme y ventanas altas que daban al jardín.

Alejandro cerró la puerta.

—¿Qué encontraron?

El jefe de seguridad colocó una tableta sobre el escritorio.

—Un hombre disfrazado como técnico de iluminación, traía una tarjeta clonada del gerente.

Esteban, obligado a acompañarlos, comenzó a temblar.

—Yo no le di mi tarjeta a nadie.

—Su tarjeta se usó tres veces —dijo el escolta—. A las seis cuarenta, a las siete doce y a las ocho tres.

—Eso es imposible, la tuve conmigo toda la noche.

Valeria recordó algo.

—No toda la noche.

Todos voltearon hacia ella.

Esteban frunció el ceño.

—¿Qué dijiste?

—Cuando llegamos, usted dejó el saco en la oficina de producción, la tarjeta estaba enganchada en el bolsillo.

Esteban palideció.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque fui por las listas de mesas.

Valeria cerró los ojos unos segundos, intentando reconstruir la escena.

—Había una mujer dentro de su oficina.

Alejandro se acercó.

—¿Qué mujer?

—Traía un vestido verde oscuro, cabello recogido, pensé que era parte de la organización.

Alejandro tomó la tableta.

—¿Aparece en las cámaras?

El escolta deslizó varias imágenes.

En una de ellas, una mujer entraba al pasillo de servicio.

El rostro estaba parcialmente cubierto por un abanico.

Camila respiró hondo.

—Es Irene Montalvo.

Alejandro volteó hacia su madre.

—¿La conoces?

Camila permaneció callada.

—Mamá, ¿quién es?

Los dedos de la anciana se cerraron sobre la manta.

—La esposa de tu padre.

Alejandro quedó inmóvil.

—Mi padre murió hace doce años.

Camila lo miró directamente.

—El hombre que tú crees que era tu padre murió hace doce años.

Nadie se movió.

Alejandro dio un paso atrás.

—¿Qué significa eso?

Camila tomó aire.

—Significa que Eduardo Romano no era tu padre biológico.

—No.

—Sí.

—Me estás mintiendo.

Camila sostuvo su mirada.

—Te he mentido durante cuarenta años.

Alejandro caminó hasta la ventana.

Afuera, la música de la gala ya se había detenido.

Solo se escuchaban voces lejanas, puertas cerrándose y radios de seguridad.

Finalmente preguntó:

—¿Quién era mi padre?

Camila bajó la vista.

Y pronunció el nombre que cambió todo.

—Mauricio Ibarra.

Capítulo completado

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