Cuando Teresa abrió la puerta de su casa aquella tarde, lo primero que sintió fue que algo estaba mal.
Capítulo 1
Cuando Teresa abrió la puerta de su casa aquella tarde, lo primero que sintió fue que algo estaba mal.
No supo decir qué.
Tal vez era el eco.
Después de treinta y dos años viviendo ahí, conocía cada sonido de esa casa: el crujido de la madera junto a la escalera, el zumbido del refrigerador desde la cocina, incluso la forma en que las voces rebotaban entre el comedor y la sala.
Pero esa tarde había un vacío extraño.
—¿Luis? —llamó mientras dejaba su bolsa sobre una silla del recibidor.
Nadie respondió.
Teresa avanzó unos pasos y, cuando llegó al arco que separaba la sala del comedor, se quedó inmóvil.
El comedor había desaparecido.
No había mesa.
No había sillas.
No estaba el aparador pequeño que siempre permanecía junto a la pared.
Solo quedaba la alfombra, con ocho marcas claras donde durante décadas habían descansado las patas de aquella mesa de madera oscura.
Teresa sintió un hueco en el estómago.
Ese comedor había pertenecido a sus padres.
Su padre
lo había comprado cuando Teresa tenía diecisiete años. Ahí habían celebrado cumpleaños, Navidades, graduaciones y aniversarios. Ahí su madre le había servido café la mañana en que Teresa le contó que estaba embarazada de Luis.
Y ahí, muchos años después, Teresa había cenado por última vez con su padre antes de que muriera.
—¿Qué pasó aquí?
Mariana apareció desde el otro lado de la habitación con un florero entre las manos.
Su nuera llevaba una blusa color crema, pantalón negro y esa expresión despreocupada que Teresa había aprendido a reconocer durante los últimos meses.
—Ah, el comedor —dijo Mariana, como si Teresa hubiera preguntado por una caja vacía—. Ya lo regalé. Estorbaba y hacía ver horrible la casa.
Teresa tardó unos segundos en reaccionar.
—Mariana, ese comedor era de mis padres.
Mariana colocó el florero sobre una consola nueva y se encogió de hombros.
—Pues ya te vas. Tampoco puedes
llevarte todos tus recuerdos.
La frase le dolió más que la desaparición de la mesa.
—Dije que me mudaría, no que regalaras mis cosas.
—Ay, Teresa, tampoco hagamos un drama por una mesa vieja.
Teresa la miró fijamente.
—¿A quién se la diste?
Mariana suspiró, fastidiada.
—No sé. A alguien que vino por ella.
—¿Cómo que no sabes?
En ese momento se escucharon pasos rápidos desde el pasillo.
Luis apareció ajustándose las mangas de la camisa.
—¿Qué está pasando?
Teresa ni siquiera tuvo que responder.
Luis miró el espacio vacío.
Su expresión cambió de inmediato.
—Mariana... ¿dónde está el comedor?
—Ya le expliqué a tu mamá.
Luis apretó la mandíbula.
—Mariana, te dije claramente que no tocaras nada de mi mamá.
Por primera vez, la seguridad de Mariana vaciló.
Solo por un instante.
—Pensé que te referías a sus cosas personales.
—¿Y el comedor de sus abuelos qué era?
—Una
mesa vieja que nadie usa.
Teresa levantó una mano.
—Basta.
Los dos guardaron silencio.
—Solo quiero saber a quién se lo entregaste.
Mariana cruzó los brazos.
—Lo publiqué en internet. Gratis. Una señora escribió y mandó a dos hombres por él.
Teresa sintió que las piernas se le aflojaban.
—¿Gratis?
—Sí. ¿Quién iba a pagar por eso?
Teresa cerró los ojos.
No quería llorar frente a ella.
Durante las últimas semanas había comenzado a empacar algunas cosas porque planeaba pasar una temporada en un pequeño departamento que tenía cerca del centro. Después de la muerte de su esposo, la casa se había vuelto demasiado grande para ella.
Luis le había pedido vivir ahí temporalmente con Mariana mientras terminaban unas remodelaciones en su propia casa.
Teresa aceptó.
El error había sido decirles que quizá, si se sentía cómoda en el departamento, terminaría mudándose definitivamente.
Desde ese día, Mariana había empezado a hablar de la casa como si ya fuera suya.
Primero cambió unas cortinas.
Después quitó fotografías familiares de la sala.
Luego comenzó a preguntar qué muebles pensaba llevarse Teresa.
Pero esto era diferente.
—Quiero el nombre de la mujer —dijo Teresa.
—No lo recuerdo.
—Enséñame la conversación.
Mariana se quedó quieta.
Teresa extendió la mano.
—Tu teléfono.
—No tienes derecho a revisar mi celular.
—No quiero revisar tu celular. Quiero saber dónde está algo que me pertenece y que tú regalaste sin mi permiso.
Luis intervino.
—Mariana, enséñale el mensaje.
—¿También tú?
—Sí, también yo.
Mariana tomó su teléfono de la mesa.
Movió el dedo por la pantalla durante unos segundos.
Después frunció el ceño.
—Creo que borré la conversación.
Teresa sintió algo distinto.
Hasta ese momento había estado dolida.
Ahora empezó a desconfiar.
—¿La borraste?
—Borro conversaciones todo el tiempo.
—¿Y tampoco recuerdas el nombre?
—No.
Teresa observó a su nuera.
Mariana evitó sus ojos.
Luis también pareció notarlo.
—¿A qué hora vinieron por el comedor?
—No sé, como a las once.
—Yo estuve aquí hasta las once y media —dijo Luis.
Mariana palideció ligeramente.
—Entonces sería después.
—Me dijiste que habías salido a comer con tu hermana.
El silencio que siguió fue corto, pero suficiente.
Teresa miró a su hijo.
Luego a Mariana.
—¿Realmente regalaste mi comedor?
—Claro que sí.
—Entonces dime quién vino por él.
—Ya te dije que no sé.
Teresa dio un paso hacia ella.
Esta vez su voz salió completamente serena.
—No, Mariana. Me dijiste que lo publicaste, que una mujer te escribió y que dos hombres vinieron a recogerlo. Lo recuerdas todo, excepto cualquier dato que permita encontrarlo.
Mariana abrió la boca, pero Teresa no la dejó hablar.
—Y acabas de cambiar la hora.
Luis miró a su esposa con creciente preocupación.
—Mariana, ¿qué hiciste?
—Nada.
—¿Dónde está el comedor?
—¡Ya les dije que lo regalé!
La voz de Mariana resonó por toda la habitación.
Teresa no respondió.
Caminó hasta la alfombra vacía y se agachó.
Algo pequeño brillaba junto a la pared.
Lo recogió.
Era un pedacito de papel grueso, arrancado de lo que parecía una etiqueta.
Solo quedaban visibles unas palabras escritas con tinta azul.
Teresa las leyó.
Después volvió a leerlas.
No era una dirección.
Tampoco era el nombre de una persona.
Era el nombre de una tienda de antigüedades ubicada a menos de veinte minutos de la casa.
Teresa levantó lentamente la mirada.
—Mariana...
Su nuera vio el papel.
Y esta vez sí perdió el color del rostro.
Teresa comprendió entonces que nadie había recibido aquel comedor gratis.
Mariana lo había vendido.
Y si había mentido sobre eso, Teresa necesitaba averiguar qué otras cosas había estado haciendo a sus espaldas.
Capítulo completado
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