## PARTE 3 — Las escrituras desaparecidas
Mariana permaneció inmóvil en la puerta de la habitación.
Capítulo 3
## PARTE 3 — Las escrituras desaparecidas
Mariana permaneció inmóvil en la puerta de la habitación.
Durante unos segundos, nadie dijo nada.
Teresa seguía arrodillada frente a la caja metálica abierta. Luis estaba junto a ella, mirando el espacio vacío donde deberían estar las escrituras de la casa y los documentos del departamento.
Mariana fue la primera en reaccionar.
—¿Por qué me están mirando así?
Teresa se puso de pie lentamente.
—Porque faltan mis escrituras.
—¿Y qué tengo que ver yo?
—Eso quiero saber.
Mariana soltó una risa nerviosa.
—¿Ahora también vas a acusarme de robar documentos?
Luis dio un paso hacia su esposa.
—Acabamos de descubrir que llevas semanas vendiendo cosas de mi mamá a sus espaldas.
—No las estaba robando.
—¿Cómo le llamas a vender algo que no es tuyo y quedarte con el dinero?
—Ya dije que puedo explicarlo.
—Entonces explica.
Mariana miró primero a Luis y después a Teresa.
—Pensé que, como Teresa se iba a mudar, podíamos empezar a sacar cosas
que ya no necesitaba.
Teresa sintió cómo volvía a crecerle la indignación.
—¿Y también decidiste cuáles documentos ya no necesitaba?
—No toqué tus documentos.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Teresa cerró la caja.
—Perfecto.
Mariana pareció desconcertada.
—¿Perfecto?
—Sí. Si no los tocaste, no tendrás ningún problema con que averigüemos quién lo hizo.
Tomó su celular.
Mariana la observó con atención.
—¿A quién vas a llamar?
—A un cerrajero.
—¿Para qué?
—Voy a cambiar todas las cerraduras de la casa.
El rostro de Mariana se endureció.
—¿Nos estás corriendo?
—Todavía no.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Luis cerró los ojos un instante.
—Mamá...
—Luis, necesito revisar todo antes de tomar una decisión.
—Entiendo.
Mariana lo miró incrédula.
—¿Entiendes?
—Sí.
—¿Vas a dejar que tu mamá nos trate como ladrones?
Luis levantó la voz por primera vez.
—¡Vendiste las cosas de mi papá!
Mariana retrocedió.
—Luis...
—Las monedas de mi papá,
Mariana. Su porcelana. Sus muebles. ¿Qué parte quieres que entienda?
—Necesitábamos dinero.
Teresa y Luis se quedaron callados.
Aquello no era lo que esperaban escuchar.
Luis frunció el ceño.
—¿Qué dijiste?
Mariana bajó la mirada.
—Necesitábamos dinero.
—¿Para qué?
—Para nuestros gastos.
—Yo trabajo.
—Y no alcanza.
—Entonces me lo dices. No vendes las cosas de mi mamá.
—Tú nunca quieres hablar de dinero.
—¿Cuánto debemos?
Mariana no respondió.
Luis se acercó.
—¿Cuánto debemos, Mariana?
—No es tanto.
—Dime cuánto.
—No aquí.
Teresa tomó la caja metálica y volvió a colocarla en el clóset.
—Esta conversación sí la van a tener ustedes dos. Pero antes quiero recuperar mis documentos.
Mariana levantó la mirada.
—Te juro que no sé dónde están.
Teresa la estudió durante varios segundos.
Había algo diferente en su expresión.
No parecía la misma arrogancia con la que había defendido la venta del comedor.
Parecía miedo.
Y Teresa
todavía no sabía si ese miedo significaba que Mariana había tomado las escrituras o que sabía quién lo había hecho.
—Luis —dijo Teresa—, necesito revisar el estudio.
Los tres bajaron.
El estudio había pertenecido al esposo de Teresa. Después de su muerte, ella apenas entraba ahí, salvo para guardar documentos o pagar algunas cuentas.
Nada parecía fuera de lugar.
Teresa abrió los cajones del escritorio.
Facturas.
Recibos.
Estados de cuenta viejos.
Una libreta de su esposo.
Nada.
Abrió el archivero.
Mientras revisaba las carpetas, Luis se sentó frente a Mariana.
—Ahora sí. ¿Cuánto debemos?
Mariana permaneció de pie.
—Luis, podemos hablar después.
—No.
—Tu mamá está aquí.
—Mi mamá acaba de descubrir que vendiste sus cosas porque supuestamente necesitábamos dinero. Claro que tiene derecho a escuchar.
Mariana apretó los labios.
—Ciento ochenta mil.
Luis quedó paralizado.
—¿Ciento ochenta mil pesos?
Mariana asintió.
—¿En qué?
—Tarjetas.
—¿Qué tarjetas?
—Las mías.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—No sé, dos años.
Luis se levantó.
—Llevamos dos años viviendo juntos y nunca me dijiste que debías ciento ochenta mil pesos.
—Lo estaba manejando.
Teresa dejó de revisar las carpetas.
—Vendiendo mis cosas.
Mariana se volvió hacia ella.
—Solo necesitaba ganar tiempo.
—Con mi dinero.
—Pensaba devolverlo.
—¿También pensabas devolverme las monedas de mi esposo?
Mariana guardó silencio.
Teresa volvió a los papeles.
Entonces encontró algo extraño.
Una carpeta azul que ella no recordaba haber visto antes.
La abrió.
Dentro había varias hojas impresas.
La primera tenía información pública sobre la propiedad.
Su dirección.
Metros cuadrados.
Valor estimado.
Historial de propiedad.
Teresa frunció el ceño.
—Luis.
Él se acercó.
—¿Qué es eso?
Teresa le entregó las hojas.
Luis comenzó a leer.
Mariana dejó de respirar por un instante.
Teresa lo vio.
—¿Reconoces esto, Mariana?
—No.
—Estaba en mi estudio.
—Yo no lo puse ahí.
Teresa sacó la siguiente hoja.
Era la impresión de una página inmobiliaria con casas similares en venta.
Había números escritos a mano junto a varias propiedades.
Uno de ellos estaba encerrado en un círculo.
**8,900,000 pesos.**
Luis miró a su esposa.
—¿Estabas investigando cuánto vale la casa?
—No.
—Entonces ¿quién?
—No sé.
Teresa pasó otra página.
Y encontró algo mucho más preocupante.
Era una fotocopia de su identificación oficial.
—Esto sí estaba en mi caja.
Mariana se quedó blanca.
Teresa levantó el documento.
—¿Cómo llegó aquí?
—No sé.
—Deja de decir que no sabes.
—¡Porque no sé!
—Mi identificación estaba guardada junto con las escrituras que desaparecieron. Ahora aparece una copia en una carpeta con información sobre el valor de mi casa.
Luis tomó la hoja.
—Mariana, esto ya no es una coincidencia.
—No fui yo.
—¿Quién más entra aquí?
—No sé.
—Vivimos tres personas en esta casa.
—También viene la señora que limpia.
Teresa golpeó el escritorio con la palma.
—No metas a Rosa en esto.
Mariana se calló.
Rosa llevaba trabajando con Teresa diecisiete años.
Sabía dónde estaban muchas cosas, pero jamás había tomado ni un peso.
Teresa siguió revisando.
En el fondo de la carpeta encontró una tarjeta de presentación.
**Gabriel Montaño.**
Debajo del nombre decía:
**Asesor patrimonial e inmobiliario.**
Teresa no conocía a ningún Gabriel Montaño.
Luis tampoco.
Pero Mariana sí.
Teresa lo supo antes de que ella dijera una palabra.
Sus ojos se habían detenido en la tarjeta.
—¿Quién es Gabriel?
—No sé.
—Mariana.
—No lo conozco.
Luis tomó la tarjeta.
—Entonces voy a llamarlo.
—¡No!
La palabra salió tan rápido que los tres se quedaron quietos.
Luis miró a su esposa.
—¿Por qué no?
Mariana se dio cuenta de su error.
—Porque... porque no sabemos quién es.
—Precisamente.
Luis marcó el número.
Mariana se acercó.
—Luis, espera.
Él levantó una mano.
—Ni se te ocurra.
El teléfono sonó dos veces.
Una voz masculina respondió.
—¿Bueno?
Luis miró la tarjeta.
—¿Gabriel Montaño?
—Sí, él habla.
—Mi nombre es Luis Herrera.
Hubo un silencio al otro lado.
Después, Gabriel preguntó:
—¿Luis, el esposo de Mariana?
Nadie en la habitación se movió.
Luis miró lentamente a su esposa.
Mariana cerró los ojos.
Teresa sintió que acababa de encontrar la primera pieza real de algo mucho más grande.
—Sí —respondió Luis—. El esposo de Mariana.
Gabriel pareció incómodo.
—¿En qué puedo ayudarte?
—Encontré tu tarjeta en la casa de mi mamá.
Silencio.
—¿La señora Teresa?
Ahora fue Teresa quien sintió un escalofrío.
Ese hombre conocía su nombre.
Luis apretó el teléfono.
—¿Por qué sabes quién es mi mamá?
—Mira, creo que esto deberías hablarlo con Mariana.
Luis se volvió hacia su esposa.
—Lo estoy intentando.
Gabriel respiró hondo.
—Yo solo hice una consulta.
—¿Qué consulta?
—Sobre una propiedad.
Teresa se acercó al teléfono.
—¿Mi casa?
Gabriel guardó silencio.
—Soy Teresa Herrera —dijo ella—. Quiero saber exactamente qué le pidió Mariana.
—Señora, yo no puedo...
—Mis escrituras desaparecieron.
Del otro lado ya no se escuchó nada.
Teresa continuó:
—Y tengo aquí una carpeta con una copia de mi identificación, información sobre mi propiedad y su tarjeta.
—Yo no sabía que los documentos habían sido obtenidos sin su autorización.
Mariana abrió los ojos.
—¡Gabriel!
Luis la miró.
Ya no había forma de fingir que no lo conocía.
—¿Qué documentos? —preguntó Teresa.
Gabriel respondió con cautela.
—Mariana me mostró copias de las escrituras.
Teresa sintió que el piso parecía moverse bajo sus pies.
—¿Cuándo?
—Hace unas tres semanas.
Luis se acercó a Mariana.
—¿Tú tenías las escrituras?
—Solo las saqué para sacar copias.
—Hace cinco minutos juraste que nunca las habías tocado.
—Las regresé.
Teresa intervino.
—No están.
—Pues yo las dejé ahí.
—¿Para qué sacaste copias?
Mariana respiró profundamente.
—Quería saber cuánto valía la casa.
—¿Por qué?
—Porque pensé que tal vez te convenía venderla.
Teresa la miró fijamente.
—Nunca te pedí que investigaras eso.
—Solo estaba buscando opciones.
Gabriel seguía en la llamada.
Teresa tomó el teléfono de manos de Luis.
—Señor Montaño, ¿eso fue todo lo que le pidió?
Hubo una pausa.
—No exactamente.
Mariana se lanzó hacia el teléfono.
—¡Cuelga!
Luis la detuvo.
—Déjalo hablar.
—¡Esto no es asunto suyo!
—Es la casa de mi mamá.
Teresa habló de nuevo.
—¿Qué más?
Gabriel respondió:
—Mariana quería saber qué opciones existían para obtener dinero usando la propiedad.
Teresa sintió un frío profundo.
—¿Una hipoteca?
—Entre otras cosas.
—¿Qué otras cosas?
—Un crédito con garantía inmobiliaria.
Luis miró a Mariana con incredulidad.
—¿Ibas a pedir un préstamo sobre la casa de mi mamá?
—No.
—¡Eso acabamos de escuchar!
—Solo pregunté.
—Con copias de documentos que sacaste sin permiso.
Mariana comenzó a llorar.
Pero Teresa ya no podía distinguir si aquellas lágrimas eran de arrepentimiento o de miedo.
—Yo estaba desesperada.
—Por ciento ochenta mil pesos —dijo Teresa.
Mariana no contestó.
Gabriel intervino desde el teléfono.
—Señora Teresa...
—¿Sí?
—Hay algo que no entiendo.
Teresa sintió inmediatamente que venía algo peor.
—Dígame.
—La deuda que Mariana me mencionó no era de ciento ochenta mil pesos.
Luis se quedó completamente quieto.
Teresa miró a Mariana.
—¿Cuánto era?
Gabriel dudó.
—Ella habló de aproximadamente un millón doscientos mil.
El rostro de Luis perdió el color.
—¿Un millón doscientos mil pesos?
Mariana empezó a negar con la cabeza.
—No es así.
—Entonces ¿cómo es?
—Luis...
—¡Dime la verdad!
Mariana comenzó a llorar con más fuerza.
—Cometí un error.
—¿Qué error cuesta un millón doscientos mil pesos?
—Yo pensé que podía recuperarlo.
Teresa observó a su nuera.
Aquella frase cambió todo.
No había dicho “pagarlo”.
Había dicho **recuperarlo**.
—¿Dónde perdiste ese dinero? —preguntó Teresa.
Mariana la miró.
No respondió.
Luis pareció comprender lo mismo.
—¿Invertiste?
Mariana negó.
—¿Prestaste dinero?
Otra negativa.
—Entonces ¿qué hiciste?
Mariana se cubrió el rostro con las manos.
—No puedo decírtelo.
—Soy tu esposo.
—Lo sé.
—¡Entonces dime!
Mariana bajó las manos.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Fue una plataforma.
Luis tardó un segundo.
—¿Qué plataforma?
—De apuestas.
Teresa cerró los ojos.
Luis dio un paso atrás como si alguien acabara de golpearlo.
—¿Apuestas?
—Al principio gané.
—No.
—Te juro que sí. Gané casi trescientos mil y pensé que podía seguir.
—¿Con qué dinero?
Mariana no respondió.
Luis comprendió.
—¿Usaste nuestras tarjetas?
—Al principio.
—¿Y después?
Silencio.
—¿Después qué hiciste?
—Pedí préstamos.
—¿Cuántos?
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
—Varios.
Luis comenzó a caminar de un lado a otro.
Teresa permaneció junto al escritorio.
Ahora muchas cosas empezaban a tener sentido.
Las ventas.
Las mentiras.
La desesperación.
Pero todavía quedaba algo que no encajaba.
Una deuda de un millón doscientos mil pesos explicaba por qué Mariana necesitaba dinero.
No explicaba por qué habían desaparecido las escrituras originales.
—Gabriel —dijo Teresa.
—Aquí estoy.
—Cuando Mariana fue con usted, ¿tenía originales o copias?
—Copias.
—¿Para la consulta necesitaba los originales?
—No.
Teresa miró a Mariana.
—Entonces todavía no me has explicado dónde están mis escrituras.
Mariana se secó las lágrimas.
—Te dije que las regresé.
—¿Cuándo?
—Ese mismo día.
—¿A la caja?
—Sí.
—¿Estás segura?
—Sí.
Teresa la observó.
Por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, creyó que Mariana quizá decía la verdad sobre algo.
Quizá había sacado las escrituras.
Quizá había hecho las copias.
Pero quizá también las había regresado.
Eso abría una pregunta peor.
Si Mariana no tenía los documentos originales...
¿quién los había tomado después?
Teresa terminó la llamada con Gabriel después de pedirle que no destruyera ningún documento relacionado con la consulta.
Luego miró a su hijo.
—Quiero que revisemos las cámaras.
Mariana levantó la cabeza.
—¿Qué cámaras?
Teresa la miró.
—Las de afuera.
Luis recordó de inmediato.
Su padre había instalado dos cámaras años atrás: una frente a la cochera y otra junto a la entrada lateral.
Teresa casi nunca revisaba las grabaciones.
Luis abrió la aplicación desde el celular de su madre.
Buscaron tres semanas atrás.
Mariana se sentó en silencio.
Teresa le pidió la fecha exacta en que había visitado a Gabriel.
Mariana se la dio.
Revisaron ese día.
A las diez de la mañana, Mariana salió de la casa con una carpeta.
A las dos y diecisiete regresó con ella.
La grabación confirmaba esa parte de su historia.
Siguieron avanzando.
Nada extraño durante varios días.
Hasta que Luis detuvo el video.
—Espera.
Eran las 11:42 de la mañana de un martes.
Un automóvil negro se había estacionado frente a la casa.
Un hombre descendió.
Teresa no lo reconoció.
Mariana se puso rígida.
El hombre caminó hacia la entrada lateral.
Cinco minutos después apareció Mariana.
Le abrió.
El video saltaba algunos minutos porque la cámara grababa por movimiento.
Treinta y ocho minutos después, el hombre salió.
Llevaba una carpeta azul debajo del brazo.
La misma clase de carpeta que Teresa acababa de encontrar en el estudio.
Luis miró a Mariana.
—¿Quién es?
Mariana no respondió.
—¿Quién es ese hombre?
Teresa observó la pantalla.
El rostro no se veía perfectamente, pero era un hombre de unos cuarenta años, camisa blanca, pantalón oscuro.
Mariana estaba temblando.
—No tiene nada que ver.
Luis se puso de pie.
—¿Quién es?
—Un conocido.
—¿Qué conocido entra a la casa de mi mamá cuando yo no estoy y sale con documentos?
—Luis, por favor.
—Dime su nombre.
Mariana empezó a llorar otra vez.
Teresa ya no sentía lástima.
—Mariana.
Su nuera la miró.
—Si ese hombre salió de mi casa con mis escrituras, quiero su nombre ahora.
Mariana respiró con dificultad.
—Se llama Esteban.
—¿Esteban qué?
—Esteban Rivas.
Luis la miró fijamente.
—¿De dónde lo conoces?
Mariana bajó la cabeza.
—De la plataforma.
Teresa frunció el ceño.
—¿Trabaja para ellos?
Mariana tardó demasiado en responder.
—No exactamente.
—Entonces ¿quién es?
—Fue quien me prestó dinero cuando ya no podía pedir más en los bancos.
Luis pareció comprender antes que Teresa.
—¿Un prestamista?
Mariana asintió.
—¿Cuánto le debes?
Silencio.
—Mariana, ¿cuánto?
Ella apenas logró pronunciarlo.
—Ochocientos mil.
Luis se apoyó en el respaldo de una silla.
Teresa sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Y qué hacía aquí?
Mariana lloraba abiertamente.
—Quería una garantía.
Teresa miró la pantalla congelada.
Esteban salía de su casa con la carpeta azul.
—¿Qué le diste?
—Nada.
—Lo estoy viendo salir con mis documentos.
—Solo quería revisarlos.
—¿Y se los llevó?
—Dijo que los devolvería.
Teresa se quedó helada.
—¿Cuándo?
Mariana no contestó.
—¿Cuándo iba a devolverlos?
—Cuando yo pagara.
Luis golpeó la mesa con la palma.
—¡¿Entregaste las escrituras de mi mamá como garantía de una deuda?!
—¡Yo no firmé nada!
—¡Le diste sus documentos!
—No podía hacer otra cosa.
Teresa se acercó lentamente.
Mariana retrocedió.
—Sí podías.
—Teresa...
—Podías decir la verdad.
—Me iban a cobrar.
—Era tu deuda.
—Tenía miedo.
—Y entonces decidiste poner en riesgo mi casa.
—No puede hacer nada con las escrituras.
Teresa la miró fijamente.
—¿Estás segura?
Mariana guardó silencio.
Y ese silencio fue suficiente.
Teresa tomó su bolso.
—¿A dónde vas? —preguntó Luis.
—A buscar un abogado.
—Voy contigo.
Teresa negó.
—Tú quédate.
Miró a Mariana.
—Y averigua absolutamente todo lo que tu esposa le entregó a ese hombre.
Mariana se levantó.
—Teresa, no tienes que hacer esto.
Teresa se volvió hacia ella.
—Ayer habría hecho cualquier cosa por ayudarte si me hubieras dicho que estabas en problemas.
Mariana lloraba.
—Todavía podemos arreglarlo.
—Sí.
Teresa abrió la puerta.
—Pero ya no voy a arreglarlo para protegerte a ti.
Salió de la casa.
Mientras caminaba hacia su automóvil, su teléfono vibró.
Era un número desconocido.
Teresa estuvo a punto de ignorarlo.
Pero algo la hizo responder.
—¿Bueno?
Una voz masculina habló con absoluta tranquilidad.
—¿La señora Teresa Herrera?
—Sí.
—Mi nombre es Esteban Rivas.
Teresa se detuvo.
—Me parece que usted y yo tenemos que hablar.
Teresa apretó el teléfono.
—Devuélvame mis documentos.
Esteban soltó una pequeña risa.
—Ojalá fuera tan sencillo.
—No tiene derecho a conservarlos.
—Quizá debería preguntarle primero a su nuera qué firmó.
Teresa sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—Mariana dice que no firmó nada.
Hubo un breve silencio.
Entonces Esteban respondió:
—Mariana puede decir muchas cosas, señora Teresa.
—¿Qué firmó?
—No se lo voy a explicar por teléfono.
—Entonces dígame dónde está.
Esteban le dio la dirección de una cafetería.
Antes de colgar, añadió:
—Y le recomiendo que venga sola.
—¿Por qué?
La voz de Esteban perdió cualquier rastro de amabilidad.
—Porque si su hijo descubre lo que realmente hizo Mariana con esa casa, quizá su matrimonio no llegue vivo a esta noche.
La llamada terminó.
Teresa permaneció inmóvil junto al automóvil.
Miró hacia la casa.
A través de una de las ventanas podía ver la silueta de Luis caminando por la sala.
Y detrás de él, Mariana lloraba.
Por primera vez, Teresa entendió que la deuda, las apuestas y el comedor quizá eran apenas la superficie.
Subió al automóvil.
Pero antes de arrancar recibió un mensaje.
Era de Esteban.
Solo contenía una fotografía.
Teresa la abrió.
Era un documento firmado.
Amplió la imagen.
Reconoció inmediatamente la firma de Mariana.
Después vio otra firma debajo.
La suya.
O, al menos, una imitación casi perfecta de su firma.
Teresa dejó de respirar.
Ella jamás había firmado aquel documento.
Y debajo de las dos firmas aparecía una cifra:
**$2,500,000.00**
Dos millones y medio de pesos.
Teresa volvió a mirar hacia la casa.
Mariana no había puesto en riesgo solamente unos muebles.
Había usado el nombre de Teresa.
Había falsificado su firma.
Y alguien acababa de intentar convertir la casa donde Teresa había vivido más de treinta años en garantía de una deuda que ella ni siquiera sabía que existía.
***Haz clic en el “PARTE 4” azul de abajo para leer la parte final: 👉 PARTE 4 👈***
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