El veintitrés de diciembre fuimos al Registro Público.
Capítulo 3
El veintitrés de diciembre fuimos al Registro Público.
Después al banco.
Después a una notaría.
No había hipoteca formal.
Pero sí había una solicitud previa.
Habían intentado obtener documentos.
Una carta de autorización falsa.
Una firma falsa.
Y una copia alterada de mi identificación.
Cárdenas me recomendó denunciar.
Lo hice.
No llamé a Santiago.
No llamé a Renata.
Esa noche recibí un mensaje de mi hijo.
“¿Camila está contigo?”
Respondí:
“Sí.”
“Dile que regrese.”
“Ella quiere quedarse.”
“Es mi hija.”
“Y está asustada.”
Tardó.
Luego:
“¿Revisaste algo que no era tuyo?”
Me quedé mirando la pantalla.
Ahí estaba la confirmación.
Escribí:
“Sí.”
Me llamó inmediatamente.
Contesté.
—Mamá.
—Hola.
—Escúchame.
—Te escucho.
—No es lo que parece.
—Qué raro. Siempre dicen eso cuando es exactamente lo que parece.
—Era un plan.
—Para hipotecar mi casa.
—Temporalmente.
Me reí.
—Claro. Robo temporal.
—¡No te estamos robando!
—Falsificaron mi firma.
Silencio.
—Renata hizo eso sin avisarme.
Cerré los ojos.
Ni siquiera
necesitó tres minutos para aventarla debajo del camión.
—¿Y los mensajes tuyos?
No respondió.
—¿Qué mensajes?
—“Mi mamá firma lo que le pongo si le digo que es para los niños.”
Respiración.
Nada más.
—Mamá…
—¿Cuánto debes?
—No importa.
—¿Cuánto?
—Casi ocho millones.
—¿Y pensabas pagar con mi casa?
—No perderías la casa.
—¿Cómo sabes?
—Porque el proyecto va a salir.
—No salió.
—Va a salir.
—¿Y si no?
Silencio.
—¿Y si no, Santiago?
—Tú tienes otras cosas.
Me quedé helada.
—¿Perdón?
—Ahorros. Inversiones. La pensión.
No pude creerlo.
—¿Llevas la cuenta?
—No quise decir eso.
—Claro que sí.
—Mamá, estoy desesperado.
—Y por eso decidiste que yo podía perder lo que construí durante treinta años.
—Somos familia.
Ahí estaba.
La palabra comodín.
Familia.
La misma que sirve para exigir sacrificios que jamás aceptarían de un extraño.
—Mauricio murió cuando tú tenías once años —dije.
Santiago quedó callado.
—Yo casi
pierdo esta casa.
—Lo sé.
—No. No sabes.
—Mamá.
—No sabes que escondía avisos de embargo en una lata de harina. No sabes que vendí el reloj de tu abuela para pagar dos mensualidades. No sabes que trabajé un turno de veintidós horas y después llegué a hacerte un disfraz escolar porque no quería que sintieras que te faltaba nada.
No respondió.
—Yo defendí esta casa para ti.
Me tembló la voz.
—Y tú creciste creyendo que por eso te pertenecía.
—No es así.
—Sí.
Respiré.
—Y lo peor es que yo te enseñé a pensar así.
—¿Qué?
—Porque nunca te mostré el precio.
Colgué.
Capítulo completado
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