PARTE 3 — La verdad que Daniel había ocultado
No era la primera vez que lo escuchaba llorar.
Capítulo 3
PARTE 3 — La verdad que Daniel había ocultado
No era la primera vez que lo escuchaba llorar.
Pero sí era la primera vez que no corrí a consolarlo.
—Mamá, no quiero perderte.
—Entonces deja de escogerme al final.
Corté la llamada.
No dormí. A las seis de la mañana bajé a desayunar al pequeño comedor del hotel. Pedí café y chilaquiles. Me parecieron los mejores chilaquiles de mi vida, quizá porque nadie me pidió que apartara una porción para alguien más.
A las ocho, Daniel llegó.
Lo vi entrar con la misma camisa blanca de la noche anterior. Tenía la cara cansada y los ojos rojos.
Se detuvo frente a mi mesa.
—¿Me puedo sentar?
—Sí.
Pidió un café y se quedó mirando sus manos.
—Valeria quiere hablar contigo.
—Yo no quiero hablar con ella.
—Dice que no entiende por qué te fuiste.
—Claro que entiende.
—Mamá…
—Daniel, no me digas mamá con esa voz. Dime Beatriz si vas a hablarme como adulto.
Él levantó la mirada.
—No puedo llamarte Beatriz.
—Entonces compórtate como mi hijo y no como un hombre que le tiene miedo a su esposa.
La frase le dolió. Se notó.
—Tienes razón.
—No me digas eso para que me calme.
—No. Tienes razón.
El mesero dejó el café. Daniel esperó a que se retirara.
—Yo sabía que te estabas cansando.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace meses.
—¿Y por qué no hiciste nada?
—Porque Valeria estaba bajo mucha presión en el trabajo. Porque los niños dependían de ti. Porque teníamos deudas. Porque pensé que si hablaba, todo iba a explotar.
—Todo ya explotó.
—Lo sé.
—No. Apenas estás viendo los pedazos.
Daniel metió la mano en el bolsillo, pero no sacó nada. Sólo apretó los dedos.
—Valeria me dijo que si tú seguías viviendo con nosotros, ella se iba a ir con los niños.
—¿Cuándo te dijo eso?
—Hace cuatro meses.
—¿Y tú qué hiciste?
—Te pedí que no le contestaras cuando se enojaba.
—Me pediste que la entendiera.
—También.
—Me pediste que no involucrara a los niños.
—Porque no quería que sufrieran.
—Y para evitar que ellos sufrieran, dejaste que yo sufriera.
Daniel bajó la cabeza.
—Sí.
Aquel “sí” me desarmó más que cualquier excusa.
—¿Valeria sabía que yo pagué las mensualidades?
—Sabía que te habíamos pedido dinero. No sabía cuánto.
—¿Y tú le dijiste que me lo regresarías?
—Sí.
—¿Alguna vez le dijiste que la casa no era sólo de ustedes?
Daniel tardó demasiado en responder.
—No.
—Entonces eso es lo que vamos a aclarar.
Regresé con él a la casa esa misma mañana.
Valeria estaba en la sala, todavía con la ropa de la noche anterior. Había llorado, pero no parecía arrepentida. Parecía furiosa porque mi ausencia había alterado la rutina de todos.
Los niños estaban con la mamá de Valeria.
—¿Dónde
estabas? —preguntó ella.
—En un hotel.
—Pudiste avisar.
—Dejé una carta.
—Una carta que parece una amenaza.
—No era una amenaza.
—Te llevaste cosas de la casa.
—Mis cosas.
—Te llevaste información de nuestras finanzas.
—Mis comprobantes.
—¿Para qué los quieres?
—Para recordarles que no vivo aquí de favor.
Valeria miró a Daniel.
—¿Qué le dijiste?
Él permaneció callado.
—Daniel —insistí—. Dile cuánto pagué.
—Mamá, no es el momento.
—Es exactamente el momento.
Valeria cruzó los brazos.
—¿Cuánto?
Daniel cerró los ojos.
—Beatriz puso dinero para el enganche y cubrió varias mensualidades.
—Eso ya lo sabía.
—No sabías todo.
—¿Qué significa “todo”?
—Que pagó casi la mitad de lo que llevamos cubierto.
Valeria se quedó inmóvil.
—¿Casi la mitad?
—Más de la mitad al principio —dije—. Después dejé de contar porque me daba vergüenza preguntarte cuándo iban a devolvérmelo.
—Nosotros nunca te pedimos que hicieras eso.
—Daniel sí me lo pidió.
—Daniel no podía disponer de nuestra casa sin hablar conmigo.
—Pero sí podía disponer de mi dinero, ¿verdad?
Valeria dio un paso hacia mí.
—No te confundas. Tú decidiste venir a vivir aquí.
—Sí. Porque tu esposo me dijo que tendría un hogar.
—Y lo tienes.
—No. Tengo un cuarto dentro de tu casa.
La frase cayó entre nosotros.
Desde la escalera llegó un ruido. La niña de Valeria había regresado con su abuela y nos miraba desde el último escalón. Sus ojos estaban hinchados.
—Abuela, ¿te vas a ir otra vez?
La miré. Me dolió el pecho.
—No voy a desaparecer, mi amor.
—Mamá dijo que ya no querías vivir con nosotros.
Valeria se volvió hacia ella.
—Sube a tu cuarto.
—Pero yo quiero a la abuela.
—Sube, por favor.
La niña no se movió.
—Ven, corazón —le dije—. Después platicamos.
Cuando subió, Valeria se sentó.
—No puedes usar a los niños para hacerme sentir culpable.
—Yo no los estoy usando. Tú acabas de hacerlo.
Daniel la miró.
—Valeria, ya basta.
Fue la primera vez que lo escuché hablar con firmeza.
Ella se levantó de golpe.
—¿Ahora sí vas a defenderla?
—Sí.
—¿Porque se fue?
—Porque la tratamos mal.
—Tú la trataste mal.
—Yo también.
Valeria soltó una carcajada amarga.
—Qué conveniente. Ahora resulta que los dos son víctimas y yo soy la villana.
—No dije eso —respondió Daniel.
—No hace falta. Ya tienes tu discurso preparado.
—No hay ningún discurso.
—¿Y qué quieres? ¿Que le pidamos perdón de rodillas? ¿Que le entreguemos la casa?
—Quiero que reconozcas lo que hizo.
—Ella ayudó. Nada más.
—No —dijo Daniel—. Ella pagó cuando nosotros no podíamos.
—Porque quiso.
—Porque yo se lo pedí.
Valeria lo miró como si acabara de abofetearla.
—¿Y por qué nunca me lo dijiste?
—Porque me dio miedo que cambiaras la forma de verla.
—¡Claro que habría cambiado la forma de verla! ¿Cómo no? ¡Yo habría sabido que estábamos viviendo con dinero de tu mamá!
—Eso no te daba derecho a tratarla como empleada.
—¡Tú me dijiste que era una ayuda familiar!
—Te dije que mi mamá nos había apoyado. No te dije cuánto.
Valeria se llevó las manos a la cabeza.
—¿Y ahora qué? ¿Va a quitarnos la casa?
—No quiero quitarles la casa —dije—. Quiero que me regresen lo que puse o que encontremos una forma justa de reconocerlo.
—No tenemos dinero para pagarte.
—Entonces venderán.
—¿Vender la casa?
—No estoy exigiendo que sea mañana. Estoy diciendo que no voy a renunciar a lo mío sólo para que ustedes sigan fingiendo que yo no hice nada.
Daniel palideció.
Valeria comprendió antes que él lo que aquella decisión significaba.
—Si vendemos, no nos alcanza para comprar otra.
—Lo sé.
—Los niños tendrían que cambiarse de escuela.
—Lo sé.
—¿Eso quieres?
—Quiero que dejen de pedirme sacrificios que ustedes no están dispuestos a hacer.
Nadie habló.
Al día siguiente fuimos con un abogado recomendado por una amiga mía. No llevé documentos nuevos ni inventé derechos que no tenía. Llevé los recibos, las transferencias y los comprobantes que había guardado durante años.
El abogado los revisó con cuidado.
—Señora Beatriz, usted puede acreditar que entregó ese dinero. Lo que necesitamos establecer es si fue un préstamo, una donación o una aportación para la compra.
—Fue un préstamo —respondí.
Daniel estaba sentado a mi lado.
—Así me lo dijo ella desde el principio.
El abogado lo miró.
—¿Usted está dispuesto a reconocerlo?
—Sí.
Valeria apretó la mandíbula.
—Yo no sabía lo que estaba firmando.
—No estamos hablando de lo que usted sabía o no sabía —contestó el abogado con calma—. Estamos hablando de lo que se puede demostrar y de lo que cada uno está dispuesto a reconocer.
—¿Y si no acepto? —preguntó Valeria.
—La señora podría iniciar una reclamación. Pero antes de llegar a un juzgado, conviene que ustedes busquen una salida que no destruya a la familia.
Valeria se quedó mirando la mesa.
Por primera vez desde que la conocía, no parecía una mujer poderosa ni segura. Parecía alguien que acababa de perder el control de su propia historia.
—¿Cuánto quiere? —me preguntó.
—Lo que puse.
—No podemos pagar todo.
—Entonces vendan.
Capítulo completado
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