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CRUCÉ MEDIO PAÍS PARA CASARME CON UN RANCHERO… Y DESCUBRÍ QUE SOLO QUERÍA MI ESCRITURA
Capítulo 4 / 5

Capítulo 4

PARTE 4: SHAW DESCUBRIÓ QUE EL PAPEL TAMBIÉN PODÍA PELEAR

1124 palabras

—Escúcheme con cuidado —dijo Shaw.

—Lo estoy escuchando.

—Ha llegado a un lugar que no conoce y está haciendo acusaciones que pueden costarle mucho dinero.

—No lo he acusado de nada por teléfono.

Silencio.

—No juegue conmigo.

—Yo no llamé.

Su respiración cambió.

—Rooker es un borracho y un mentiroso.

—Eso sería un problema para usted si dependiera de su palabra.

No contestó.

—Pero no dependo de su palabra —continué—. Dependo de registros públicos.

Shaw colgó.

Permanecí varios segundos con el auricular en la mano.

El pastor me observaba.

—¿Está bien?

—Sí.

No era completamente cierto.

Tenía miedo.

Pero el miedo y la incapacidad no son lo mismo.

A la mañana siguiente, Gideon llegó antes del desayuno.

—Rooker se fue.

—¿A dónde?

—Nadie sabe.

Aquello no me sorprendió.

—¿Y Shaw?

—Sus hombres estuvieron en la oficina de registros al amanecer.

Dejé la taza.

—¿Qué hicieron?

—Preguntaron por usted.

Eso sí me preocupó.

Fuimos juntos.

Mr.

Talbot parecía no haber dormido.

—Dos hombres vinieron preguntando qué documentos había solicitado —dijo.

—¿Se los dijo?

—Los registros son públicos.

—No le pregunto eso. Le pregunto si les dijo cuáles había marcado yo.

Negó con la cabeza.

—Les dije que podían revisar los libros igual que cualquier persona.

Me relajé un poco.

Entonces cerró la puerta.

—Después preguntaron si era posible retirar una certificación expedida por error.

—¿Cuál?

—No dijeron.

Nos miramos.

—¿Pueden hacerlo?

—No sin dejar registro de la corrección.

Sonreí por primera vez aquella mañana.

—Entonces que corrijan todo lo que quieran.

Las copias que ya teníamos mostraban cómo estaban los documentos antes de cualquier cambio.

Ese era el valor de una copia certificada.

No solamente repetía información.

Congelaba un momento.

Al mediodía llegaron dos agentes vinculados a la oficina del U.S. Marshal.

No entraron con armas levantadas ni arrestaron a medio pueblo.

Eso habría resultado satisfactorio

en una historia, pero no era así como funcionaban las cosas.

Preguntaron.

Revisaron.

Compararon nuestras referencias con los libros.

Entrevistaron a Agnes y a varios propietarios.

Tomaron una nueva declaración de Daniel Reese.

Después pidieron acceso a más documentos.

El proceso era lento.

Precisamente por eso funcionaba.

Shaw no enfrentaba una acusación nacida de un rumor.

Enfrentaba un patrón que podía ser reconstruido línea por línea.

Dos días después apareció por fin.

Yo estaba saliendo de la oficina de registros cuando un carruaje negro se detuvo.

Douglas Shaw bajó.

No se parecía al hombre que yo había imaginado.

No era enorme ni amenazante.

Vestía demasiado bien para aquella calle llena de polvo y tenía el aspecto meticuloso de alguien que prefería que otros hicieran la parte sucia de sus negocios.

—Señora Bennett.

—Señor Shaw.

Miró a Gideon.

—¿Podemos hablar solos?

—No.

Sonrió.

—Entiendo que desconfíe de mí.

—Entonces entiende por

qué la respuesta es no.

No insistió.

—Quiero comprar su tierra.

—Ya lo sé.

—Puedo pagarle tres veces su valor actual.

—Entonces espera que valga más de tres veces su valor actual.

Su sonrisa disminuyó.

—Las inversiones siempre implican riesgo.

—También las estafas.

Gideon giró ligeramente hacia mí.

Shaw no perdió el control.

—Tenga cuidado con esa palabra.

—Por eso no la utilicé en mis documentos. Ahí solamente puse fechas, sellos y nombres.

Nos quedamos mirando.

Finalmente sacó un sobre.

—Cinco veces el valor actual.

No lo tomé.

—¿Por las cuarenta acres?

—Sí.

—¿Sin matrimonio?

Sus ojos se endurecieron.

—No sé qué le prometió Rooker.

—Eso es extraño.

—¿Por qué?

—Porque él dice que usted le daba instrucciones.

—Rooker dice muchas cosas.

—Y algunas coinciden con registros públicos.

Shaw guardó el sobre.

—Está cometiendo un error.

—Puede ser.

—Cuando el ferrocarril elija otra ruta, esa tierra volverá a valer casi nada.

—Entonces usted habrá tenido suerte de no comprarla.

Pasó junto a nosotros.

Antes de subir al carruaje se volvió.

—No todos los problemas pueden resolverse revisando papeles, señora Bennett.

—No.

Lo miré directamente.

—Pero este empezó en los papeles.

Shaw se marchó.

Aquella tarde los agentes del Marshal solicitaron formalmente que determinados registros no fueran alterados mientras continuaba la revisión.

El cambio en el pueblo fue inmediato.

Personas que una semana antes no querían hablar comenzaron a aparecer con recibos, contratos viejos, cartas y avisos.

No todos los casos resultaron fraudulentos.

Eso también era importante.

Dos propietarios habían perdido tierras por deudas reales.

Una transferencia que nos parecía sospechosa terminó teniendo una explicación legítima.

La dejamos a un lado.

No necesitábamos convertir cada desgracia del valle en parte de Shaw.

Los casos que permanecieron eran suficientes.

El documento con el sello imposible.

Las firmas cuestionables.

Las compañías vinculadas a la misma oficina.

Los testigos repetidos.

Los avisos dudosos.

Las cartas.

Y Rooker.

Cuatro días después regresó acompañado por un agente.

No estaba arrestado.

Había decidido cooperar.

Lo supe por la forma en que evitó mirarme.

Nos encontramos otra vez en la iglesia, esta vez con dos funcionarios presentes.

—Quiero corregir una cosa —dijo.

Agnes abrió la declaración.

—¿Cuál?

Rooker señaló una línea.

—Shaw no me dijo que falsificara ese documento.

Lo observé.

—Entonces ¿quién?

—Un empleado suyo me dio el papel ya preparado.

—¿Nombre?

Lo dio.

Uno de los agentes lo anotó.

Rooker tragó saliva.

—Yo sabía que estaba mal.

Nadie respondió.

—Pero no lo hice yo.

Daniel Reese apretó los puños.

—¿Quieres una medalla?

Rooker bajó la cabeza.

Yo no sentí triunfo.

Ese fue quizá el detalle que más me sorprendió.

Había imaginado muchas veces cómo se sentiría tenerlo sentado frente a mí, obligado a admitir lo que había hecho.

No sentí satisfacción.

Sentí cansancio.

Pensé en las otras dos mujeres a las que había escrito.

En las familias que vendieron porque pensaron que no tenían opción.

En las personas que seguramente jamás recuperarían cada dólar perdido incluso si demostraban el fraude.

La justicia no regresaba el tiempo.

Solo podía impedir que siguieran quitándoselo a alguien más.

Esa noche regresé sola a mi habitación.

Saqué las cartas de Rooker.

Las coloqué sobre la cama.

Durante semanas habían sido mi futuro.

Luego se convirtieron en evidencia.

Ahora solamente eran papel.

No las quemé.

No porque tuvieran valor sentimental.

Porque todavía podían tener valor legal.

Sonreí ante la ironía.

Hasta mi despedida de aquel hombre tendría que esperar a que terminaran los archivos.

Dos semanas después llegó la noticia que todos esperábamos.

La investigación se ampliaría.

Varias transferencias quedarían impugnadas mientras se revisaba su validez.

La venta de determinadas propiedades vinculadas a las compañías de Shaw fue detenida temporalmente.

Y cualquier intento de negociar mis cuarenta acres sin mi firma ya era imposible.

Gideon leyó el aviso conmigo frente a la oficina.

—Ganó.

Negué con la cabeza.

—Todavía no.

—Shaw ya no puede tocar su tierra.

—Yo no vine aquí solamente para conservar mi tierra.

Miré las casas del pueblo.

—Ahora sé lo que pasó con la de ellos.

Capítulo completado

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