Don Ramiro Santillán creyó que aquella noche iba a demostrar que todavía era dueño de su vida.
Capítulo 1
Don Ramiro Santillán creyó que aquella noche iba a demostrar que todavía era dueño de su vida.
En realidad, acababa de entrar, de la mano de su amante, al lugar donde su traición ya tenía nombre, testigos y propietaria.
—Quiero la suite presidencial —dijo, dejando una tarjeta negra sobre el mostrador—. Y que nadie nos moleste.
La tarjeta golpeó el mármol blanco con un sonido seco.
A su lado, Valeria Montes apretaba un bolso dorado entre los dedos. Tenía veintisiete años, un vestido rojo demasiado ajustado y unos tacones tan altos que cada paso parecía un desafío al piso brillante del Hotel Casa Aranda, en pleno corazón de Polanco.
Valeria miraba los candelabros de cristal, las bugambilias blancas y las columnas de cantera como quien observa una vida ajena desde detrás de un escaparate.
—Está precioso —susurró.
Ramiro sonrió.
No era una sonrisa de amor.
Era la satisfacción de un hombre que confundía poseer cosas con tener valor.
Le gustaba presumir el reloj, el coche, los contactos,
los restaurantes donde nunca esperaba mesa. Le gustaba que los empleados bajaran la voz cuando él entraba. Le gustaba decidir quién ascendía, quién era despedido y quién debía agradecerle incluso una humillación.
Pero, sobre todo, le gustaba sentirse más listo que los demás.
Más listo que los socios.
Más listo que los auditores.
Más listo que su esposa.
Esa misma mañana, antes de salir de su casa en Las Lomas, había besado a Doña Inés Aranda en la frente y le había dicho:
—Me voy a Guadalajara. Tengo que cerrar un trato importante. No me esperes despierta.
Inés estaba sentada en el comedor, con el cabello recogido, una blusa color crema y una taza de café frío frente a ella. Había tres carpetas abiertas sobre la mesa.
—¿Otro viaje, Ramiro? —preguntó.
—Así es cuando uno trabaja de verdad.
Él se acomodó el reloj con un movimiento lento, esperando que ella
notara el brillo.
Inés levantó los ojos.
—Claro.
Solo eso.
Una palabra tranquila, casi amable.
Ramiro no entendió que acababa de escuchar el sonido de una puerta cerrándose.
Después de doce años de matrimonio, estaba convencido de conocerla. Para él, Inés era una mujer elegante, silenciosa, útil para las fotografías de sociedad y las cenas con inversionistas.
La hija sensible de Don Aurelio Aranda.
La heredera que, según Ramiro, habría perdido la cadena hotelera de su padre si él no hubiera llegado con su “visión empresarial”.
Lo que ignoraba era que Inés llevaba diez meses observándolo todo.
Las transferencias a cuentas desconocidas.
Las juntas inventadas en Monterrey.
Los vuelos que nunca aparecían en los registros.
Las firmas falsificadas.
Las facturas duplicadas.
Los contratos entregados a empresas creadas dos semanas antes.
Y, por supuesto, los mensajes con Valeria Montes, una ejecutiva del área comercial de Santillán-Aranda Corporativo.
Al principio, Inés creyó
que se trataba únicamente de una infidelidad.
Eso ya habría sido suficiente para destruirla.
Sin embargo, al revisar los movimientos financieros, descubrió algo mucho peor.
Ramiro no solo traicionaba su matrimonio.
**Estaba vaciando la empresa de su padre.**
—Bienvenido, señor Santillán —dijo el recepcionista, tragando saliva—. Su suite está lista.
Ramiro tomó la llave electrónica.
—También quiero una mesa mañana. La mejor del restaurante.
—Por supuesto. ¿A nombre de Santillán?
Ramiro soltó una risa.
—¿De quién más?
El muchacho bajó la mirada.
Detrás del mostrador había una fotografía en blanco y negro de Don Aurelio Aranda, fundador de Casa Aranda. En la imagen, el hombre aparecía joven, serio, con una pala en las manos frente al terreno donde décadas después se levantaría el hotel.
Ramiro pasó junto al retrato sin mirarlo.
Cuando las puertas del elevador se cerraron, el recepcionista tomó el teléfono interno.
—Licenciada Márquez… ya llegó.
En el piso administrativo, Doña Inés estaba sentada frente a Teresa Márquez, su abogada y amiga desde la universidad.
Sobre la mesa había tres carpetas, una tableta, copias certificadas de escrituras y un rosario de plata que Inés sostenía entre los dedos.
—Entró con Valeria Montes —dijo Teresa—. Suite presidencial. Cena reservada mañana a las ocho.
Inés cerró los ojos.
No lloró.
Dios sabía que ya había llorado demasiado durante los últimos meses.
En la regadera.
En el coche.
En el baño de la oficina.
A oscuras, para que Ramiro no escuchara.
—Eligió el hotel de mi papá —susurró.
Teresa acomodó una carpeta.
—Pudo elegir cualquiera, Inés. Pero la soberbia también firma confesiones.
Inés levantó lentamente la mirada hacia el retrato de su padre.
Ramiro creía que había llegado al lugar perfecto para esconder su traición.
Todavía no sabía que **su esposa ya estaba ahí esperándolo**.
Capítulo completado
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