A las ocho menos diez de la mañana estacioné frente al edificio de Stephanie.
Capítulo 2
A las ocho menos diez de la mañana estacioné frente al edificio de Stephanie.
No le conté a mi madre adónde iba. Había dormido poco y no quería asustarla hasta saber si las palabras de Emma tenían algún fundamento.
Emma me esperaba en el vestíbulo. Llevaba la misma ropa de la ceremonia, cubierta por un abrigo gris. Tenía los ojos enrojecidos.
—Tenemos poco tiempo —dijo.
Subimos al departamento. La puerta no estaba forzada; Emma tenía una llave que Stephanie le había dado meses atrás para cuidar sus plantas cuando viajaba.
Aun así, entrar me produjo una sensación desagradable.
Las fotografías de nuestro compromiso seguían sobre una repisa. En una de ellas, Stephanie sonreía con la cabeza apoyada en mi hombro. Horas antes, aquella imagen representaba el futuro que yo creía tener. Ahora parecía la fotografía de dos desconocidos.
Emma me condujo al estudio.
—Trabajo en adquisiciones para mi papá —explicó—. Hace seis meses me pidió investigar propiedades rurales de esta zona. Dijo que un
cliente estaba buscando terreno para un desarrollo turístico.
—¿Qué tiene que ver eso con Willowbrook?
En lugar de responder, retiró varios libros de un estante y sacó una carpeta verde escondida detrás.
Reconocí la letra de Stephanie en la etiqueta.
“Proyecto W”.
Emma puso la carpeta sobre el escritorio.
Adentro había mapas, fotografías aéreas de la granja, estimaciones de valor y copias de documentos públicos. También encontré una propuesta para construir un complejo de cabañas, un salón para bodas y un campo de golf pequeño.
Las líneas rojas del proyecto atravesaban la casa de mi madre, el granero y el terreno donde estaban enterrados mi padre y mis abuelos.
—Esto no prueba que Stephanie quisiera robar la granja —dije, aunque ya sentía un hueco en el estómago.
—Sigue leyendo.
Había correos impresos entre Richard y una firma de inversión. En ellos discutían el potencial de la propiedad debido a una
ampliación de la carretera estatal que todavía no se había anunciado públicamente. Si el proyecto se aprobaba, el terreno de Willowbrook multiplicaría su valor.
Uno de los mensajes, enviado por Richard, decía que la adquisición debía cerrarse antes de que los propietarios comprendieran lo que tenían.
—¿Cómo pensaban comprarla? —pregunté—. Mi madre nunca ha querido vender.
Emma bajó la mirada.
—Por eso Stephanie te necesitaba.
Encontré un borrador de correo escrito por mi prometida.
Después de la boda, convencería a Margaret de que vivir sola en la granja era peligroso. Si no aceptaba mudarse, Stephanie insistiría en que yo debía administrar formalmente la propiedad. Luego me propondría usar la tierra como garantía para invertir en un proyecto de su familia.
El plan no podía ejecutarse sin mi firma. Tampoco le daba a Stephanie ningún derecho automático sobre la granja. Pero ella contaba con algo que yo le había demostrado demasiadas
veces: mi disposición a ceder para evitar conflictos.
En otro mensaje, Stephanie escribió:
“Charles siempre termina haciendo lo que le pido si le doy tiempo. El problema es su madre. Hay que sacarla de ahí antes de que alguien le explique cuánto vale la tierra”.
Tuve que sentarme.
Recordé las ocasiones en que Stephanie me había hablado de la edad de mi madre, de los accidentes que podía sufrir y de lo “irresponsable” que era permitirle vivir sola. Yo había interpretado aquellas conversaciones como preocupación.
Ahora entendía que había estado preparando el terreno.
—Hay algo más —dijo Emma.
Sacó una tableta de su bolso y abrió varias fotografías. Eran imágenes de documentos internos de la empresa de Richard: presupuestos, proyecciones y el borrador de una carta de intención.
Ninguno estaba firmado por mí ni por mi madre. No habían conseguido apoderarse legalmente de nada. Pero habían ofrecido Willowbrook a inversionistas como si la adquisición fuera prácticamente segura.
—¿Por qué guardaba esto Stephanie en su departamento?
—Porque ella llevaba el proyecto. Mi papá no quería que quedara registrado con su nombre hasta tener el control de la propiedad.
—¿Y tú cuándo lo descubriste?
Emma apretó los labios.
—Hace tres semanas. Encontré una referencia a Willowbrook en una proyección. Stephanie me dijo que tú estabas de acuerdo y que solo faltaba hablar con Margaret después de la luna de miel.
—Nunca estuve de acuerdo.
—Lo comprendí ayer.
—¿Por lo que pasó en la iglesia?
—Por eso y por algo que escuché después.
Emma respiró hondo. Tras cancelar la boda, ella había regresado al salón reservado para la recepción. Stephanie y Richard discutían en una oficina. Emma se quedó afuera cuando oyó mi nombre.
Richard estaba furioso, pero no por el escándalo ni por el dinero de la ceremonia.
Estaba preocupado porque, sin matrimonio, perderían la influencia que esperaban ejercer sobre mí. Stephanie respondió que todavía podía arreglarlo, que yo acabaría sintiéndome culpable por avergonzarla frente a tanta gente.
Luego habló de mi madre.
—¿Qué dijo? —pregunté.
Emma tardó unos segundos en responder.
—Dijo que Margaret no duraría para siempre y que, cuando la granja fuera tuya, ella encontraría la manera de hacerte entrar en razón.
Sentí las uñas clavarse en mis palmas.
No era una amenaza de muerte. No había un plan para lastimar físicamente a mi madre. Pero había algo monstruoso en la tranquilidad con que Stephanie había reducido su vida a un obstáculo temporal.
—¿Por qué me cuentas esto?
Emma miró la carpeta.
—Porque yo ayudé a preparar algunos de estos informes. Creí que se trataba de una compra legítima. Después sospeché la verdad y no dije nada. Me convencí de que no era asunto mío.
—Hasta ayer.
—Cuando vi a tu mamá disculparse con Stephanie, entendí qué clase de persona estaba ayudando a proteger.
Escuchamos una llave en la cerradura de la entrada.
Emma palideció.
Stephanie había vuelto.
Capítulo completado
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