Javier seguía mirando el celular como si esperara que Karina lo desbloqueara por arte de magia.
Capítulo 3
Javier seguía mirando el celular como si esperara que Karina lo desbloqueara por arte de magia.
Sofía negó con la cabeza.
—Te voy a dar un consejo gratis: cuando nazca ese bebé, hazte una prueba de paternidad.
Javier levantó la mirada.
Toda la arrogancia con la que había entrado a la recámara unos minutos antes había desaparecido.
—Sofi… —murmuró—. Cometí un error. Podemos arreglar esto.
Dio un paso hacia ella.
—No.
—Escúchame, por favor. Estaba confundido. Karina me presionó. Yo…
Sofía empujó con la punta del pie un par de chanclas viejas que habían quedado dentro del departamento.
Las chanclas cruzaron el umbral.
—El error fue creer que podías regalar algo que nunca te perteneció.
Javier se quedó mirándola.
—Sofía…
—Buen viaje.
Y le cerró la puerta en la cara.
Giró la llave.
Una vuelta.
Después otra.
Durante los siguientes minutos, los sonidos del pasillo parecieron una extraña sinfonía: Javier arrastrando las enormes bolsas, soltando insultos entre dientes y llamando a Doña Mercedes a gritos.
—¡Mamá,
cancela lo de las flores! ¡Voy para tu casa! ¡Y prepara algo de cenar!
Sofía escuchó cómo su voz se alejaba por las escaleras.
Después oyó la puerta principal del edificio.
Un taxi.
Un portazo.
Y por fin, silencio.
Sofía se quedó unos segundos apoyada contra la puerta.
Luego fue a la cocina, limpió el jugo que Javier había derramado en el piso, abrió las ventanas y se preparó un café.
Por primera vez en mucho tiempo, el aire del departamento se sentía diferente.
Ligero.
Libre.
Durante tres días, Sofía disfrutó de aquella tranquilidad.
Hasta que una noche el timbre comenzó a sonar de manera insistente.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Sofía se acercó a la puerta y miró por la mirilla.
Ahí estaban Javier y Doña Mercedes, hombro con hombro, como si fueran un pequeño ejército dispuesto a recuperar algo que jamás les había pertenecido.
Javier llevaba un morral
colgado del hombro.
Doña Mercedes sostenía una bolsa del mercado y tenía un rosario enrollado alrededor de la muñeca.
Javier golpeó la puerta con el puño.
—¡Ábreme, Sofía! ¡No puedes dejarme en la calle!
Sofía no respondió.
—¡Karina me corrió y mi mamá ya no puede pagar todos mis gastos!
Entonces la voz de Doña Mercedes retumbó en el pasillo.
—¡Muchacha desgraciada! ¡Mi hijo te dio los mejores años de su vida! ¡Tienes la obligación de recibirlo!
Sofía respiró hondo.
Sacó su celular.
Y marcó el 911.
Capítulo completado
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