## PARTE 2 — Cincuenta mil pesos para desaparecer de mi propia casa
Al principio fueron comentarios pequeños.
Capítulo 2
## PARTE 2 — Cincuenta mil pesos para desaparecer de mi propia casa
Al principio fueron comentarios pequeños.
—Esas flores amarillas hacen ver la sala muy triste.
Eran las flores que Tomás me regalaba cada aniversario.
Luego cambió las cortinas sin preguntarme.
—Estas ya se veían viejísimas, Lucía. Te hice un favor.
Después retiró mis libros del estudio de Tomás.
—Aquí necesitamos espacio para que Rodrigo pueda trabajar cuando venga.
Un día encontré una caja con las cosas de mi esposo junto a los botes de basura. Había una lámpara que él usaba para leer, sus pantuflas de cuero y una bufanda verde que le regaló Rodrigo cuando tenía doce años.
Yo saqué las pantuflas de una bolsa negra.
Emilia me vio desde la cocina y soltó una carcajada.
—¿De verdad va a revisar la basura por los zapatos de un muerto?
La miré. No le respondí.
Porque Rodrigo estaba en Monterrey.
Porque yo no quería darle más problemas.
Porque Emilia ya había aprendido exactamente dónde pegarme para
que yo me quedara callada.
Seis meses después de la muerte de Tomás, Rodrigo y Emilia llegaron con dos maletas, una televisión, varias cajas y la promesa de que sería temporal.
—Solo unos meses, mamá —me dijo mi hijo, agotado—. La empresa anda mal. Necesitamos apretarnos tantito.
Yo miré la recámara vacía de Rodrigo y sentí algo parecido a la esperanza.
—Claro que sí, hijo. Esta siempre será tu casa.
No sabía que también sería la casa donde empezaría a sentirme como una visita.
***
Emilia no me gritaba cuando Rodrigo estaba presente.
Delante de él, me servía té, me preguntaba si había dormido bien y me hablaba con una dulzura tan perfecta que hasta yo llegaba a dudar de mí misma.
Pero cuando mi hijo se iba de viaje, todo cambiaba.
Emilia acomodaba mis medicinas en una cajita y se la llevaba a su recámara.
—Yo se las voy
a administrar, Lucía. Usted luego se confunde.
Yo no me confundía.
Me escondía las llaves del carro.
—No es buena idea que maneje sola. A su edad cualquier cosa puede pasar.
Yo tenía setenta y dos años, no cien.
Me quitó una vez mi celular mientras yo platicaba con mi comadre Marta.
—No la entretengas mucho, señora. Luego se pone nerviosa y no duerme.
Y cuando le reclamaba, Emilia bajaba la voz. Nunca dejaba de sonreír por completo. Eso era lo más cruel.
—Si hace que Rodrigo elija entre usted y yo, no esté tan segura de que la va a escoger.
Aquella frase me cayó en el pecho como una piedra.
Rodrigo era mi único hijo.
Y aunque yo sabía que él me amaba, también sabía que estaba cansado, preocupado por el dinero, por la empresa, por su matrimonio. No quería ser otra carga. No quería ponerlo en medio.
Así que cada vez que él me llamaba desde un hotel o desde una carretera, yo respondía lo mismo.
—Todo está bien, mi hijo. Cuídate mucho.
Mientras tanto, Emilia vaciaba mi casa.
Primero fueron los libros de Tomás.
Después sus discos.
Luego las fotografías del estudio.
Cada cosa que desaparecía parecía decirme que mi vida anterior no había valido nada.
***
La mañana de la fotografía rota, Emilia llegó a la cocina con una taza de café en la mano.
Yo estaba sentada junto a la ventana, viendo el patio. Tomás había plantado un limonero ahí cuando Rodrigo entró a la universidad. Nunca dio muchos limones, pero él lo cuidaba como si fuera una obra de arte.
—Tenemos que hablar —dijo Emilia.
—Dime.
—Ya no puedes seguir viviendo así.
No levanté la vista.
—¿Así cómo?
—Rodeada de cosas de Tomás. Aferrada a una casa que ya te queda enorme. Sin aceptar que necesitas ayuda.
—No necesito que me ayudes a olvidar a mi esposo.
Su sonrisa desapareció.
—No se trata de olvidarlo. Se trata de ser práctica.
—¿Práctica para quién?
Emilia dejó la taza sobre la mesa.
—Para todos.
Entonces me explicó su plan como si me estuviera haciendo un favor.
Quería que yo sacara las cosas de Tomás del garage, del estudio y de nuestra recámara. Quería que dejara libres dos habitaciones. Quería que Rodrigo y ella tuvieran más espacio, porque pronto “necesitarían pensar en una familia”.
—Esta casa puede funcionar para todos si dejas de convertirla en un mausoleo —dijo.
—No voy a sacar nada.
—No te estoy preguntando.
Esa vez la miré de frente.
—Esta es mi casa, Emilia.
Ella respiró hondo. Caminó hasta su bolsa, la abrió y puso sobre la mesa varios fajos de billetes.
Cincuenta mil pesos.
El dinero se quedó ahí, entre mi taza de café y el plato donde Tomás solía poner pan tostado.
—Tómalos —dijo Emilia—. Renta un departamento pequeño, cerca de Marta si quieres. Puedes llevarte lo que de verdad te importe. Pero déjanos esta casa.
No pude ni tocar el dinero.
—¿Rodrigo sabe que me estás diciendo esto?
—Rodrigo sabe que esta casa es demasiado para ti.
—Eso no fue lo que te pregunté.
Emilia bajó la mirada un segundo. Después volvió a alzarla, desafiante.
—No necesitas contarle todo. Él tiene suficientes problemas.
—¿Quieres pagarme para que me vaya de mi propia casa?
—Quiero evitar que hagas un drama.
—¿Y si no acepto?
Fue entonces cuando se inclinó hacia mí.
—Entonces le diré a Rodrigo que ya no estás bien. Que olvidas cosas. Que te pones agresiva. Que no puedes vivir sola.
Sentí que el aire se volvía pesado.
—Él no te va a creer.
—¿Estás segura?
La pregunta no era un grito.
Era una amenaza.
Yo vi el dinero sobre la mesa y pensé en mi hijo. Pensé en lo fácil que sería para Emilia llenar su cabeza de dudas. Pensé en las veces que él había llegado cansado, con la mirada perdida, y yo le había dicho que no se preocupara por mí.
Mi silencio le había abierto la puerta.
Emilia recogió los billetes y los regresó a su bolsa.
—Tienes hasta hoy en la noche para pensarlo.
Luego fue a la sala.
Y rompió nuestra foto de boda.
Capítulo completado
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