La cifra pasó de una mesa a otra en murmullos.
Capítulo 2
La cifra pasó de una mesa a otra en murmullos.
Una mujer volteó a verme y luego volvió la cabeza hacia Camden, esperando una explicación distinta.
Él también me miró.
Conocía el origen de aquellas acciones. Había celebrado conmigo cuando acepté una parte de mi bono en participación de la empresa, nueve años atrás, después de la integración de Northstar Logistics.
Recordaba el brindis. Lo que parecía haber olvidado eran los meses anteriores.
Los almacenes que visité. Las llamadas para renegociar contratos. Las cuentas que revisábamos buscando cómo evitar que una integración mal diseñada se convirtiera en una crisis de liquidez y dejara a miles de trabajadores pagando las consecuencias.
Más adelante compré otras acciones. Cuando August se retiró, me vendió una participación adicional mediante un acuerdo aprobado por el consejo.
Camden había usado aquel éxito en sus presentaciones muchas veces. En ellas, la integración se volvía una muestra de su visión.
Yo solía dejarlo pasar.
Pensaba que los dos
sabíamos lo que había ocurrido y que eso bastaba.
—Eso no puede ser correcto —dijo en voz baja.
No era una objeción dirigida a Margaret. Era una pregunta para mí.
Después de casarnos me había presentado un borrador para transferir la mayoría de mis derechos a un fideicomiso familiar bajo su control. Habló de simplificar las cosas, de proteger nuestro futuro, de evitar complicaciones.
Le pedí tiempo para revisarlo.
Después llegaron otros documentos, otras urgencias y una insistencia que, por alguna razón, nunca estuvo acompañada de disposición para responder mis preguntas.
Nunca firmé aquel borrador.
—Mis acciones siguen a mi nombre —le dije.
Camden apretó la mandíbula. Miró alrededor, consciente otra vez de las mesas y de la gente que escuchaba.
—Ser accionista no la hace intocable.
—No —respondí—. Pero despedir a una accionista relevante, directora de Integración Estratégica y testigo en una revisión de cumplimiento, horas antes de una
votación, exige algo más que un discurso.
Su expresión cambió al escuchar lo último.
Durante meses había intentado convencerme de que cada incidente era un malentendido aislado. Una invitación que no llegó. Una modificación de último momento. Un error atribuido a mi equipo.
Yo había dejado de discutir con él porque necesitaba entender qué estaba pasando.
Volví a mis entregas, revisé las fechas y comparé lo que había enviado con lo que después circulaba. Dejé de llevar mis dudas a nuestra mesa de la cocina y las planteé donde correspondía.
Eso no demostraba por sí solo todo lo que yo sospechaba. Sí daba razones para que alguien más lo examinara.
—El consejo tampoco recibió el informe completo sobre las supuestas faltas —añadió Margaret.
Una silla se movió detrás de nosotros. Alguien preguntó desde una mesa qué informe se había distribuido.
Camden levantó la mano, pero esta vez el gesto no
bastó para recuperar el silencio.
—¿Qué revisión de cumplimiento? —preguntó.
August respondió:
—La que ordené hace seis días.
Seis días antes yo había sentido alivio al saber que el asunto comenzaría a revisarse. El alivio duró poco. Después vino el miedo a que no alcanzara el tiempo, a que Camden consiguiera convertir sus acusaciones en una versión aceptada antes de que alguien hiciera preguntas.
Por eso estaba ahí.
Había considerado no asistir. La idea de sentarme a su lado, sonreír para las fotografías y escucharlo hablar del futuro me revolvía el estómago.
Pero mi ausencia también podía servirle.
Fui porque todavía tenía un cargo, una participación y trabajo que defender. No sabía que él había decidido despedirme desde el escenario.
—Esto es absurdo.
Sloane dejó la copa sobre la mesa y se acercó lo suficiente para entrar en la conversación.
—La gala trata sobre el futuro de la compañía, no sobre problemas matrimoniales.
Sentí varias miradas pasar de ella a mí.
Era la primera persona que había mencionado nuestro matrimonio.
—Estoy de acuerdo —le contesté—. Por eso no he mencionado el matrimonio.
Sloane se quedó inmóvil.
No sentí el placer que tantas veces había imaginado al pensar en enfrentarla. Tenía la garganta seca y los pies adoloridos dentro de los zapatos. Lo único que quería era conservar la claridad suficiente para no permitir que desviaran otra vez la conversación.
Camden se volvió hacia August.
—Podemos reunirnos mañana. No hay razón para hacer esto aquí.
Miré el escenario desde el que acababa de anunciar mi despido. El micrófono seguía encendido.
—Había razones suficientes para hablar de mi desempeño delante de todos —dije—. También las hay para aclarar que esas acusaciones están siendo revisadas.
August esperó a que terminaran los murmullos más cercanos.
—La votación para director ejecutivo queda pospuesta.
—No puedes decidirlo solo —replicó Camden.
—Correcto. Por eso seis consejeros ya firmaron la solicitud.
Margaret sacó varias carpetas.
Esta vez no hubo aplausos. Los miembros del consejo buscaron sus teléfonos y comenzaron a hablar entre ellos. En la pantalla seguía brillando el lema de la gala, pero ya nadie lo miraba.
Camden había llegado aquella noche esperando que el siguiente paso fuera suyo.
Ahora tendría que esperar respuestas como todos los demás.
Capítulo completado
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