Elisa abrió el primer sobre.
Capítulo 3
Elisa abrió el primer sobre.
—Dentro de cada carpeta hay una copia del estado financiero correspondiente a cada uno de ustedes, comprobantes de transferencias y conversaciones recuperadas del servidor de Salazar Consultores.
Mauricio agarró su sobre con brusquedad.
—No pueden hacer esto.
—Sí podemos —respondí—, porque todos ustedes recibieron dinero proveniente de las cuentas de mi abuela.
Mi tía Beatriz se puso rígida.
—Yo no sabía nada.
Elisa la miró.
—Usted firmó dos pagarés falsos y cobró una comisión por la venta de un terreno que nunca perteneció a la empresa.
Beatriz perdió el color.
Mi primo Daniel comenzó a leer su carpeta en silencio.
Su esposa, Marisol, miraba el documento por encima de su hombro.
Mi padre golpeó la mesa.
—Esto es ilegal.
Lo miré.
—Lo ilegal fue falsificar mi firma.
Saqué una hoja.
La levanté para que todos pudieran verla.
Era una autorización bancaria con mi nombre.
—Según este documento, yo solicité transferir
un millón doscientos mil pesos a una cuenta en Panamá.
Mi padre no parpadeó.
—No sé de qué estás hablando.
—La firma es falsa.
—Puede ser un error administrativo.
—La perita grafoscópica determinó que es una imitación hecha por alguien que conocía perfectamente mi firma.
Mi padre miró a mi madre.
Por primera vez en toda la noche, Renata perdió su expresión tranquila.
—Alejandro...
—Cállate.
La palabra cayó sobre la mesa como un vaso rompiéndose.
Sentí que algo dentro de mí se acomodaba.
—No le hables así a mi madre.
Mi padre giró hacia mí.
—¿Ahora sí te importa?
La pregunta venía cargada de veneno.
Pero también de cansancio.
Durante años había utilizado el desprecio como armadura.
Esa noche empezaba a cuartearse.
—Me importa la verdad.
—La verdad es que yo te di todo.
Negué con la cabeza.
—No. Me diste una identidad falsa, una deuda que no me correspondía
y una familia que solo me quería cuando podía servirle.
—¡Yo te crié!
—Y me lo cobraste todos los años.
Su cara se contrajo.
—¿Sabes cuánto gasté en ti?
—Sí. Exactamente. Mi abuela dejó todos los registros.
Apreté las manos sobre mi regazo.
—Pagaste mi escuela con su dinero. Pagaste mi departamento con su dinero. Usaste mi nombre para cubrir tus fraudes y después quisiste quedarte con su casa. No me criaste, Alejandro.
Hice una pausa.
—Me administraste.
Mauricio aventó su carpeta contra la mesa.
—¡Esto es una locura! ¡No puedes venir aquí a humillarnos así!
Lo miré.
—Ustedes me trajeron precisamente para hacerme eso.
—Era una cena.
—Era una emboscada.
En ese momento apareció el mesero.
Traía otra carpeta negra.
—Disculpen. La cuenta solicitada.
La colocó frente a mi padre.
No era la cuenta de setenta y nueve mil cuatrocientos ochenta y dos pesos.
Era una cuenta dividida en
dieciséis partes.
Cada persona tenía asignado exactamente lo que había consumido.
Al final había una nota.
Mi consumo ya estaba cubierto.
El resto debía pagarlo cada quien.
Mauricio miró la hoja.
—¿Qué significa esto?
—Que yo no voy a pagar su cena.
—Tu padre dijo que tú pagarías.
—Mi padre dice muchas cosas.
El gerente se acercó con una terminal bancaria en la mano.
—Señores, necesitamos liquidar las cuentas antes de las diez. La reservación está a nombre de la señora Salazar.
Mi padre volteó hacia mí.
—¿Cómo conseguiste reservar este lugar?
—Yo no lo reservé.
Frunció el ceño.
—¿Entonces quién?
Antes de que pudiera responder, las puertas del salón se abrieron.
Entró un hombre alto, de cabello completamente blanco, saco oscuro y bastón de madera.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
El hombre caminó lentamente hacia el extremo de la mesa.
Yo lo había visto antes.
En una fotografía guardada dentro de la caja gris.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Esteban Lara.
El hombre que, según toda mi familia, llevaba casi treinta años muerto.
Capítulo completado
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