Me llamo Sarah, tengo 30 años y soy estadounidense.
Capítulo 1
Me llamo Sarah, tengo 30 años y soy estadounidense.
Estaba casada con Greg, de 32.
Durante tres años, nuestra vida giró alrededor de una sola cosa: intentar tener un bebé… y perderlo.
Pruebas de embarazo. Análisis de sangre. Consultas médicas. Tres abortos espontáneos.
Llegó un momento en que dejamos de decir nombres de bebés en voz alta, como si mencionar alguno pudiera traer mala suerte.
Después del tercer aborto, mi médico me sentó frente a él.
—Tus embriones están bien, Sarah. El problema es que tu cuerpo está agotado. La gestación subrogada podría ser una opción.
Greg me apretó la mano.
—Lo vamos a hacer, cueste lo que cueste.
Así fue como Lisa entró en nuestras vidas.
Tenía 24 años, ojos brillantes y una personalidad cálida. Nos dijo que siempre había querido ayudar a una pareja a convertirse en padres.
Hicimos todo como debía hacerse.
Contratos. Abogados. Evaluaciones psicológicas. Autorizaciones médicas.
Los documentos eran muy claros: Lisa sería únicamente
la portadora gestacional. El bebé sería genéticamente mío y de Greg.
Legalmente, era nuestro hijo.
Leí esa parte del contrato como diez veces.
La transferencia del embrión funcionó.
Dos semanas después, el análisis salió positivo.
Lloré abrazada a Greg en el estacionamiento de la clínica mientras él repetía:
—Vamos a ser papás.
Al principio, Lisa parecía perfecta.
Íbamos juntos a los ultrasonidos. Nos mandaba fotografías de su vientre conforme iba creciendo.
“El frijolito está muy bien, mamá”, me escribía.
A mí me llamaba “mamá”.
A Greg lo llamaba “papá”.
En cada ultrasonido yo veía el corazón de mi hijo latiendo en la pantalla y pensaba lo mismo:
Quédate.
Por favor, quédate.
Después de todo lo que habíamos perdido, por fin sentía que nuestro hijo estaba cerca.
Pero cuando Lisa llegó aproximadamente al octavo mes de embarazo, algo cambió.
Empezó a tardar más en responder los mensajes.
Luego dejó de contestar
algunas llamadas.
—Debe estar agotada —me decía Greg—. Está en el tercer trimestre, Sarah. Es normal.
Quise creerle.
Entonces comenzaron las peticiones de dinero.
Lisa me mandó un mensaje.
“El seguro se está poniendo complicado con unos estudios. ¿Podrías adelantarme dinero? Voy a guardar todos los recibos.”
Revisé nuestro contrato.
Los gastos médicos ya estaban cubiertos.
Se lo mostré a Greg.
—Es nuestro bebé —me respondió—. No vamos a ponernos a discutir por dinero ahora.
Así que le mandé lo que pedía.
Unos días después apareció otra “emergencia”.
Luego otra.
Cada vez que hacía una transferencia sentía algo extraño en el estómago.
Y cada vez Greg encontraba la misma explicación.
—Está cargando a nuestro hijo, Sarah. Ten un poco de consideración.
Así que seguí mandando dinero.
Hasta que una tarde sonó mi celular.
En la pantalla apareció el nombre de Lisa.
Sonreí y contesté.
—Hola, ¿cómo estás? ¿Cómo está el
bebé?
—¡Sarah! —me interrumpió con una voz demasiado alegre—. Tengo una noticia enorme.
Algo en su tono hizo que se me helara el cuerpo.
—¿Qué noticia?
Hubo una pequeña pausa.
Y entonces dijo:
—Ahora soy parte de esta familia para siempre.
Fruncí el ceño.
—¿De qué estás hablando?
Lisa respondió como si estuviera contándome algo completamente normal.
—Greg y yo estamos juntos ahora.
Sentí que mi cabeza dejaba de funcionar.
—Perdón… ¿qué acabas de decir?
—Greg y yo estamos juntos —repitió—. Y otra cosa, ¿el dinero que me transferiste? Ya me lo gasté. La boda ya está apartada.
Me quedé completamente fría.
—¿Cómo que te lo gastaste? Ese dinero era para la gestación, para el bebé.
—Sí —contestó con una tranquilidad que me revolvió el estómago—. Y sobre el bebé… ya verás.
Y colgó.
Así de fácil.
Me quedé viendo la pantalla del celular, esperando que de alguna manera la realidad cambiara.
Pero no cambió.
Lisa, la mujer que llevaba a mi hijo dentro de su vientre, acababa de decirme que también se había quedado con mi esposo.
Y que estaba usando mi dinero para casarse con él.
Capítulo completado
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