CAPÍTULO 2
"Solicitante de financiamiento: Clara Salinas.
Capítulo 3
CAPÍTULO 2
"Solicitante de financiamiento: Clara Salinas.
Monto requerido: dieciocho millones quinientos mil pesos. Respaldo patrimonial propuesto: participaciones de David en su empresa".
Margarita leyó aquellas palabras tres veces.
Después se quitó los lentes.
Los limpió con el borde de su blusa.
Y volvió a colocárselos.
El documento seguía allí.
No había entendido mal.
Su nuera no solamente parecía haber desviado los ochenta y cinco mil pesos mensuales destinados a su alimentación.
También estaba intentando conseguir un financiamiento millonario utilizando información empresarial de su esposo.
Margarita sintió un dolor profundo en el estómago.
Se levantó lentamente.
Caminó hasta la cocina.
Abrió el refrigerador.
La luz parpadeó dos veces.
En el interior había un recipiente con arroz, medio limón y una pequeña bolsa de tortillas.
Observó aquellos alimentos durante varios segundos.
Pensó en los meses que había pasado preocupándose por el precio de la leche.
En las noches de frío.
En las despensas de la iglesia.
Y en
las compras de joyas que acababa de descubrir.
Cerró el refrigerador.
Esta vez no lloró.
Regresó a la computadora.
Comenzó a revisar los documentos con mayor cuidado.
La solicitud de financiamiento no estaba aprobada.
Era una propuesta preliminar.
Contenía información sobre una sociedad de inversión que Clara pretendía constituir.
También incluía referencias a cuentas relacionadas con varios negocios familiares.
Pero lo que más llamó la atención de Margarita fue una fecha.
El expediente había sido preparado cuatro meses antes.
Justamente cuando Clara comenzó a insistir en que David debía delegarle más responsabilidades financieras.
Margarita recordó aquellas conversaciones.
Su nuera hablaba de modernizar la administración.
De contratar asesores.
De separar las finanzas personales de las empresariales.
David siempre parecía satisfecho.
Confiaba en su esposa.
Y trabajaba demasiado para revisar personalmente cada detalle.
Margarita bajó la mirada hacia el expediente.
Entonces encontró una segunda página.
Era una relación de transferencias mensuales.
Ochenta
y cinco mil pesos.
Ochenta y cinco mil pesos.
Ochenta y cinco mil pesos.
Ocho registros consecutivos.
Pero el destinatario no era ella.
Los comprobantes identificaban una cuenta concentradora administrada por una oficina que prestaba servicios financieros a David.
Desde allí, según los archivos, debían realizarse las entregas destinadas a Margarita.
Había una columna adicional.
"Entrega confirmada por responsable".
Y en los ocho registros aparecía el mismo nombre.
Clara.
Margarita se llevó una mano al pecho.
Aún no podía demostrar por sí sola que todos aquellos importes hubieran terminado en las compras de lujo.
Pero sí podía demostrar algo fundamental.
Ella nunca había recibido el dinero que Clara había confirmado entregar.
Abrió su cuaderno.
Comparó las fechas.
Una de las supuestas entregas se había realizado un martes por la mañana.
Margarita recordaba aquel día perfectamente.
Había acompañado a una vecina al hospital.
No estuvo en su casa hasta después de
las cuatro de la tarde.
Sin embargo, en el archivo aparecía una entrega confirmada a las once y veinte.
Aquella discrepancia le heló la sangre.
Buscó otra fecha.
Era el día de una reunión parroquial.
También lo recordaba.
Había pasado toda la mañana ayudando a organizar alimentos para familias necesitadas.
Clara no había aparecido.
Y aun así, la entrega figuraba como completada.
Margarita apoyó ambas manos sobre la mesa.
Comprendió que necesitaba ayuda.
No quería presentar acusaciones sin revisar correctamente los registros.
Pero tampoco podía seguir fingiendo que aquello era una simple confusión.
Tomó su teléfono.
Buscó el número de una mujer que conocía desde hacía muchos años.
La licenciada Verónica Aguirre.
Había trabajado con ella en algunos asuntos de herencia después de la muerte de su esposo.
Contestó después de varios tonos.
"¿Margarita? Qué sorpresa tan agradable".
"Verónica, necesito que me ayudes a revisar unos documentos".
La abogada percibió inmediatamente la preocupación en su voz.
"¿Ocurrió algo?"
Margarita respiró profundamente.
"Creo que alguien ha estado utilizando dinero destinado a mí".
Hubo un silencio.
Después Verónica respondió:
"Cuéntame desde el principio".
Margarita le explicó la conversación del Día de las Madres.
Los ochenta y cinco mil pesos.
Las afirmaciones de Clara.
Las despensas de la iglesia.
Y los documentos financieros que acababa de encontrar.
Verónica escuchó sin interrumpirla.
Cuando terminó, hizo una pregunta.
"¿Tu hijo sabe que encontraste esos archivos?"
"No".
"Entonces debemos hablar con él cuanto antes. La información de su empresa tendrá que revisarse por personas autorizadas".
Margarita asintió.
"También quiero protegerme".
"Y vamos a hacerlo. Primero necesitamos distinguir lo que puedes acreditar de lo que todavía estamos investigando".
Quedaron de verse al día siguiente.
Antes de terminar, Verónica añadió:
"Margarita, no entregues documentos originales a nadie y conserva tu cuaderno".
Aquella recomendación la tranquilizó.
Por lo menos tenía un primer paso.
Pero cuando terminó la llamada, observó nuevamente la pantalla.
Había otro archivo.
Uno que no había revisado.
Su nombre aparecía en el título.
MARGARITA — SEGUIMIENTO PERSONAL.
Sintió un escalofrío.
Lo abrió.
Encontró una tabla con fechas de visitas a su domicilio.
Anotaciones sobre sus rutinas.
Información sobre sus medicamentos habituales.
Y observaciones relacionadas con su situación económica.
Margarita se acercó a la pantalla.
Entonces leyó una frase que hizo que las manos comenzaran a temblarle.
"La beneficiaria presenta dificultades para administrar recursos económicos. Se recomienda evaluar apoyo familiar para decisiones patrimoniales".
Se quedó inmóvil.
Aquellas palabras parecían sacadas de una conversación que Clara había mantenido con David.
La misma conversación en la que había insinuado que Margarita estaba olvidando las cosas.
Pero ahora aquella insinuación aparecía en un documento.
Escrita.
Organizada.
Como si alguien estuviera preparando un expediente para cuestionar su capacidad de decidir.
Margarita continuó leyendo.
Había una segunda anotación.
"Obtener autorización para administración de cuenta y bienes de la beneficiaria".
Sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
Porque hasta aquel momento había pensado que Clara solamente quería quedarse con el dinero.
Ahora comenzaba a sospechar que también quería controlar lo poco que Margarita todavía poseía.
Su pequeña casa.
Sus cuentas.
Y las decisiones sobre su propia vida.
Entonces escuchó un automóvil detenerse frente a la entrada.
Levantó la mirada.
Reconoció inmediatamente el vehículo.
Era el de Clara.
Margarita cerró el archivo.
Guardó su cuaderno.
Y apenas tuvo tiempo de apagar la pantalla cuando su nuera llamó a la puerta.
Tres golpes.
Firmes.
Impacientes.
"Margarita, soy yo".
La anciana respiró profundamente.
Abrió.
Clara entró llevando una pequeña bolsa de una tienda elegante.
Sonrió como siempre.
"Te traje unas vitaminas".
Margarita miró la bolsa.
Después levantó lentamente los ojos.
"Qué amable".
Clara dejó el regalo sobre la mesa.
Observó el refrigerador.
La sala.
Y finalmente la computadora.
Su sonrisa perdió fuerza.
"¿Qué estabas haciendo?"
Margarita respondió tranquilamente:
"Revisando unos papeles".
Clara permaneció inmóvil.
"¿Qué papeles?"
"Mis cuentas".
Durante un segundo, el rostro de su nuera cambió.
Después recuperó la sonrisa.
"Ay, Margarita, no tienes que preocuparte por esas cosas. Yo puedo ayudarte".
Margarita sintió una tristeza profunda.
Porque ahora sabía qué podía significar aquella supuesta ayuda.
Clara se acercó a la computadora.
"¿Te los organizó David?"
"Algunos".
Su nuera extendió la mano hacia el ratón.
"Déjame ver".
Margarita lo apartó suavemente.
"No es necesario".
Clara levantó lentamente la cabeza.
Por primera vez desde que la conocía, su expresión dejó de parecer amable.
"Margarita, creo que deberías confiar más en mí".
La anciana sostuvo su mirada.
"Eso mismo estaba pensando".
Clara sonrió.
Pero Margarita todavía no había terminado.
"Que he confiado demasiado".
Y entonces su nuera hizo algo que confirmó que aquellos documentos la preocupaban mucho más de lo que quería admitir.
Sacó su teléfono.
Escribió un mensaje rápidamente.
Margarita alcanzó a distinguir solamente el nombre del destinatario.
No era David.
Era alguien llamado Julián.
Y el mensaje comenzaba con cinco palabras:
"Tenemos que adelantar el trámite".
CAPÍTULO 3
"¿Qué trámite necesitas adelantar, Clara?"
Margarita hizo la pregunta mientras su nuera todavía sostenía el teléfono.
Clara levantó bruscamente la cabeza.
"¿Qué?"
"Acabas de decirle a alguien que tienes que adelantar un trámite".
La sonrisa desapareció de su rostro.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Después guardó el teléfono dentro del bolso.
"Son asuntos personales".
Margarita asintió.
"Entonces no tengo por qué preocuparme".
Clara pareció relajarse.
Pero la anciana continuó:
"Siempre que esos asuntos no tengan relación con mi dinero ni con mi casa".
El silencio fue inmediato.
Clara observó lentamente a su suegra.
"¿Por qué dices eso?"
Margarita se acercó a la ventana.
No quería provocar una discusión que pudiera hacer desaparecer los documentos antes de que David los revisara.
"Porque últimamente he comprendido que debo ocuparme mejor de mis asuntos".
Clara soltó una pequeña risa.
"Precisamente por eso queremos ayudarte".
"¿Quiénes?"
"David y yo".
Margarita se volvió.
"¿David te dijo que quiere administrar mi casa?"
La pregunta pareció tomarla desprevenida.
"No exactamente".
"Entonces prefiero que cualquier propuesta me la haga él personalmente".
Clara apretó los labios.
"Estás siendo desconfiada".
Margarita permaneció serena.
"Estoy siendo cuidadosa".
Su nuera recogió el bolso.
"Está bien. Hablaremos otro día".
Se dirigió hacia la puerta.
Pero antes de salir, se detuvo.
"Por cierto, la próxima semana vendrá una persona para ayudarte con unos documentos".
Margarita sintió un escalofrío.
"¿Qué documentos?"
"Nada importante. Solamente asuntos administrativos".
"Quiero saber su nombre".
Clara vaciló.
"Julián".
La anciana recordó inmediatamente el mensaje.
"¿Julián qué?"
"Julián Paredes. Es asesor financiero".
Margarita asintió lentamente.
"Entonces dile que no venga hasta que yo se lo pida".
Clara salió sin despedirse.
Cuando el automóvil desapareció por la calle, Margarita cerró la puerta.
Se apoyó contra la pared.
Y por primera vez desde que comenzó aquella investigación, sintió miedo.
No miedo de quedarse sin dinero.
Eso ya lo había vivido.
Sentía miedo de que alguien estuviera preparando documentos para intervenir en sus decisiones sin su consentimiento.
Tomó el teléfono.
Llamó a David.
Su hijo contestó desde su oficina.
"Hola, mamá. ¿Todo bien?"
"Necesito hablar contigo sobre Clara".
David guardó silencio.
Después respondió:
"¿Otra vez lo del dinero?"
La pregunta le dolió.
No porque su hijo sonara enojado.
Sino porque parecía cansado de escuchar un problema que todavía no se había resuelto.
"Encontré documentos que necesitas revisar".
"¿Qué documentos?"
"Transferencias y una solicitud de financiamiento".
La voz de David cambió inmediatamente.
"¿Financiamiento de qué?"
"De varios millones de pesos".
Hubo una pausa.
"¿Dónde encontraste eso?"
"En la carpeta electrónica que organizaste hace tiempo para ayudarme con mis trámites".
David respiró profundamente.
"Mamá, no quiero que compartas información empresarial con nadie".
"No lo he hecho. Pero hablé con una abogada para que me asesore sobre mis derechos".
Su hijo permaneció en silencio.
Después preguntó:
"¿Puedes enviarme los nombres de los archivos?"
Margarita aceptó.
No envió documentos que contuvieran información sensible de terceros.
Solamente le proporcionó los nombres y las fechas para que él pudiera localizarlos en los registros de su empresa.
David le prometió revisarlos personalmente.
Antes de terminar, Margarita le hizo una pregunta.
"¿Conoces a Julián Paredes?"
La respuesta llegó después de varios segundos.
"Sí".
Sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
"¿Quién es?"
"Un consultor que Clara nos presentó hace algunos meses".
Margarita cerró los ojos.
"¿Trabaja para ti?"
"No directamente".
"¿Qué hace?"
David respiró profundamente.
"Nos propuso algunas opciones para reorganizar inversiones familiares".
La anciana se quedó inmóvil.
"¿Incluyendo mi casa?"
El silencio fue absoluto.
Finalmente, David respondió:
"¿Por qué preguntas eso?"
Margarita comprendió que su hijo tampoco conocía todos los detalles.
"Porque Clara me dijo que ese hombre vendrá a traerme documentos".
David cambió de tono inmediatamente.
"Mamá, no firmes nada".
"Eso pensaba hacer".
"Voy a averiguar qué está pasando".
Terminaron la llamada.
Capítulo completado
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