Durante las horas siguientes, repasé cinco años de mi vida.
Capítulo 2
Durante las horas siguientes, repasé cinco años de mi vida.
Recordé cuando Javier apareció diciendo que necesitaba un automóvil mejor para vender más en la agencia.
—Los clientes no confían en un vendedor que llega en un coche viejo, mamá.
Yo pagué cincuenta y dos mil pesos de enganche y varias mensualidades.
Vendió dos automóviles en tres meses.
Después llegó el departamento. Valeria no quería seguir pagando renta porque “el dinero del alquiler era dinero perdido”. Les di ochenta mil pesos para la cuota inicial.
—Te lo devolveremos en cuanto mejore nuestra situación —prometieron.
La situación nunca mejoró.
O, mejor dicho, cada vez que mejoraba, encontraban una nueva forma de gastar.
Hubo préstamos para muebles, reparaciones, vacaciones, cenas y supuestas emergencias. Dos mil aquí. Cinco mil allá. Cantidades que parecían pequeñas por separado y se convertían en una fortuna al juntarse.
Yo siempre aceptaba.
Javier me abrazaba, me llamaba la mejor madre del mundo y prometía devolver hasta el último
centavo.
Nunca devolvía nada.
Cerca de la medianoche, mi teléfono comenzó a vibrar. Era un número desconocido.
Contesté.
—¿Mamá?
La voz de Javier.
—¿Qué quieres?
—¿Por qué me bloqueaste? Valeria está intentando llamarte.
—No tenemos nada de qué hablar.
—Sé que estás molesta.
—No estoy molesta.
—Entonces, ¿qué estás?
Respiré lentamente.
—Estoy cansada.
—Mamá, no hagas un drama por esto.
Aquella frase encendió algo dentro de mí.
—¿Un drama? Tú me pediste que pagara una fiesta para tus suegros. Permitiste que siguieran añadiendo gastos. Dejaste que comprara un regalo y un vestido. Y la noche anterior me llamaste para decirme que no soy lo bastante buena para sentarme con ellos.
—Nadie dijo eso.
—No fue necesario.
—Doña Patricia solo quiere evitar incomodidades.
—Deja de esconderte detrás de esa mujer. Quiero saber qué piensas tú.
Escuché voces al fondo. Valeria le preguntaba si yo había contestado.
—Mamá, hablamos después de la
fiesta, cuando todos estemos tranquilos.
—No habrá un “después de la fiesta”.
—¿Qué significa eso?
—Lo descubrirás mañana.
—No hagas ninguna locura.
—La locura fue financiar durante años una vida que tú no podías pagar.
Colgué y bloqueé también aquel número.
Por primera vez en mucho tiempo dormí profundamente.
Me desperté a las seis, como siempre. Preparé café, tosté una rebanada de pan de masa madre y le puse mermelada de frambuesa. Me senté en el balcón mientras el cielo pasaba del gris al rosa sobre los edificios.
A las ocho, Ricardo tocó el interfón.
Llegó con una carpeta gruesa y los ojos cansados.
—Aquí está todo.
Extendió los documentos sobre mi mesa. Los había separado por años y categorías. Cada página contenía fechas, cantidades y conceptos.
Automóvil.
Departamento.
Tarjetas.
Gastos médicos.
Vacaciones.
Fiesta.
Algunas transferencias tenían mensajes de Javier adjuntos:
“Solo es un préstamo, mamá”.
“Te lo devuelvo el
próximo mes”.
“En cuanto cierre una venta grande, te pago”.
Fui hasta la última página.
El total era de quinientos ochenta y siete mil cuatrocientos cincuenta pesos.
Tuve que leerlo dos veces.
—Es más de lo que imaginaba.
Ricardo se quitó los lentes.
—Doña Carmen, ¿qué piensa hacer?
—Cobrar.
Me miró en silencio.
—¿Crees que soy una mala madre?
—No me corresponde juzgarla.
—Te estoy preguntando.
Ricardo acomodó las páginas antes de responder.
—Tengo dos hijos. Los amo más que a nada. Pero el amor no significa permitir que te conviertan en un cajero automático.
Aquella frase terminó de ordenar mis pensamientos.
A las diez llamé a la licenciada Fernanda Salas, mi abogada y amiga desde hacía varios años. Le envié fotografías de los comprobantes y capturas de las conversaciones.
—Carmen —dijo después de revisarlas—, esto no parece una colección de regalos. En muchos mensajes Javier reconoce expresamente que son préstamos.
—Quiero que se lo notifiquen.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—Podemos enviar un requerimiento extrajudicial de pago. Tendrá treinta días para responder. Si no hay acuerdo, presentamos una demanda civil.
—Hazlo.
Fernanda guardó silencio.
—Como abogada, te digo que tienes pruebas. Como amiga, debo advertirte que esto puede destruir tu relación con Javier.
Cerré los ojos.
Vi a mi hijo con cuatro años corriendo entre sacos de harina. Recordé su primer uniforme escolar, su sonrisa cuando aprendió a andar en bicicleta y la noche en que me prometió que algún día compraría una casa para mí.
Después recordé su voz diciendo que sus suegros no me querían en la fiesta.
—La relación ya está destruida —respondí—. Yo solo fui la última en enterarme.
Fernanda preparó el documento.
El actuario entregaría la notificación a las cinco de la tarde, dos horas antes del comienzo de la fiesta.
Todavía faltaba una cosa.
Abrí el sobre dorado con el viaje a Los Cabos. Saqué los boletos, la reservación y la tarjeta escrita a mano. Durante un momento pensé en el dinero invertido y en la expresión que doña Patricia habría puesto al recibirlo.
Después llamé a la agencia.
—Quiero cancelar el nombre de los pasajeros y utilizar el crédito para una nueva reservación.
—Claro, señora. ¿A qué nombre desea transferirlo?
Miré mi reflejo en la ventana.
—Carmen López.
—¿Ocupación doble?
—Sencilla. Voy sola.
La empleada tardó un segundo en contestar.
—Perfecto. Podemos programarlo para la próxima semana.
Cuando colgué, sentí algo que no experimentaba desde hacía años.
Ligereza.
Por primera vez en cuatro décadas iba a hacer algo importante exclusivamente para mí.
El teléfono sonó poco después.
Otro número desconocido.
Contesté porque sabía quién era.
—¿Qué hizo? —gritó Valeria.
—Buenas tardes para ti también.
—Un actuario acaba de llegar. Dice que Javier debe casi seiscientos mil pesos. Esto es absurdo.
—Los comprobantes no opinan lo mismo.
—¡Usted está loca!
—Cuida tus palabras.
—No puede hacer esto hoy. La fiesta empieza en tres horas.
—Lo sé.
—¿Lo sabe y aun así envió esa notificación?
—Sí.
—¿Qué clase de madre hace algo así?
Mi voz salió tranquila.
—Una que se cansó de ser utilizada.
—Nadie la utilizó. Todo lo dio voluntariamente.
—Cada vez que necesitaban dinero prometían devolverlo.
—Era una manera de hablar.
—El juez decidirá eso si es necesario.
—Está destruyendo nuestra familia.
—No, Valeria. Ustedes lo hicieron cuando decidieron que mi dinero era bienvenido, pero yo no.
Escuché un golpe al otro lado. Algo cayó o fue arrojado contra una pared.
—Mi mamá está muy mal por su culpa.
—Que descanse. Era exactamente lo que ustedes me recomendaron hacer esta noche.
—Javier va a demandarla.
—Mi abogada estará esperando.
Colgué.
El teléfono no dejó de sonar durante toda la tarde. Me llamaron desde diferentes números. Javier rogó, Valeria insultó y algunos familiares de ella amenazaron con “contar la verdad” en redes sociales.
Bloqueé cada llamada.
A las siete, cuando la fiesta debía estar comenzando, llamó Leticia, mi socia y mejor amiga desde hacía veinte años.
—Carmen, ¿estás bien?
—Estoy cenando.
—Acabas de notificar a tu hijo por una deuda enorme el día de una fiesta familiar.
—Lo sé. Yo solicité la notificación.
—¿No podías esperar hasta el lunes?
—¿Para que disfrutaran tranquilamente la fiesta que yo pagué mientras me quedaba en casa preguntándome por qué no soy lo bastante refinada para entrar?
Leticia suspiró.
—Entiendo tu enojo.
—No es enojo.
—Entonces, ¿qué es?
Miré la sopa que había preparado y el pan que sostenía entre los dedos.
—Es el final de algo que debió terminar hace años.
—Sigues hablando de tu hijo.
—Precisamente. Por ser mi hijo debió tratarme con más respeto, no con menos.
Leticia se quedó callada.
—¿Tú qué habrías hecho? —pregunté.
—No lo sé.
—Entonces no me pidas que yo continúe soportando algo que tú tampoco aceptarías.
—No te lo estoy pidiendo. Solo tengo miedo de que esto te lastime más.
—Ya me lastimó. Ahora estoy evitando que continúe.
Después de colgar, me senté en el balcón con el tazón entre las manos. En algún lugar de la ciudad, Javier estaba viviendo el peor día de su vida. La fiesta se desarrollaba bajo una nube de acusaciones. Sus suegros estarían furiosos. Valeria estaría en pánico.
Y yo estaba en paz.
No feliz.
No satisfecha.
En paz.
Capítulo completado
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