—¿Cómo que no has reservado una mesa para veinte personas?
Capítulo 1
—¿Cómo que no has reservado una mesa para veinte personas?
Mi suegra, Teresa, me miró como si acabara de confesar un delito.
Yo permanecí de pie en medio de la cocina, con una copa de vino en la mano, intentando comprender de qué estaba hablando.
—¿Veinte personas? —repetí—. ¿Para qué?
Teresa dejó su bolso sobre la encimera y soltó un suspiro cargado de impaciencia.
—Para mañana, Laura. Para tu cumpleaños.
Parpadeé.
Al día siguiente cumplía treinta y cinco años.
Llevaba semanas esperando esa fecha, no porque quisiera una gran fiesta, sino precisamente por lo contrario.
Después de meses trabajando sin descanso, había decidido regalarme algo sencillo: una cena tranquila en un restaurante que me encantaba.
Solo estaríamos mi marido, Daniel, mis padres, mi hermana y dos amigas íntimas.
Ocho personas en total.
Yo había reservado la mesa y había dejado una señal de doscientos euros porque el restaurante era pequeño y los sábados siempre estaba lleno.
Teresa conocía perfectamente el
plan.
Por eso su pregunta me dejó desconcertada.
—La reserva es para ocho —respondí—. Ya lo sabes.
—Sí, pero eso era antes.
—¿Antes de qué?
Mi suegra sonrió.
Aquella sonrisa debió advertirme de lo que estaba a punto de decir.
—He invitado a algunos familiares.
Dejé lentamente la copa sobre la mesa.
—¿A qué familiares?
—Bueno… a mi hermana Carmen, por supuesto. Vendrá con su marido. También invité a sus dos hijos con sus parejas. Luego está el tío Ricardo, la prima Sofía con los niños…
Comencé a contar mentalmente.
—Teresa.
Ella continuó como si no me hubiera oído.
—Y también pensé que sería feo no llamar a Marta. Ya sabes cómo se pone cuando se entera de las cosas por otras personas.
—Teresa.
Esta vez levanté la voz.
Mi suegra se detuvo.
—¿Qué?
—¿Cuántas personas has invitado?
Hizo una pequeña mueca.
—No sé exactamente… unas doce o trece más.
Me quedé mirándola.
—¿Has invitado a trece personas a mi cumpleaños sin preguntarme?
—¡Son familia!
—Son tu familia.
Su rostro cambió inmediatamente.
—También son la familia de Daniel.
—Pero es mi cumpleaños.
—Precisamente —respondió—. Por eso pensé que sería bonito reunirnos todos.
Respiré profundamente.
—No.
Teresa frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
—Que no pueden venir. La reserva es para ocho personas.
—Entonces llama al restaurante y amplíala.
Lo dijo con tanta naturalidad que por un instante pensé que estaba bromeando.
No lo estaba.
—No voy a hacer eso.
—¿Y qué quieres que haga ahora? —preguntó indignada—. ¿Que llame a todo el mundo para decirles que no están invitados?
—Exactamente.
Teresa abrió mucho los ojos.
—¡Qué vergüenza!
—No para mí.
En ese momento apareció Daniel en la cocina.
Había estado duchándose y probablemente solo había escuchado el final de la conversación.
—¿Qué pasa?
Su madre se volvió inmediatamente hacia él.
—Tu mujer quiere dejarme en ridículo delante de toda la familia.
Daniel me miró.
—Laura…
Aquella forma de pronunciar mi nombre ya me indicó de qué lado iba a ponerse.
—Tu madre ha invitado a trece personas más a mi cena de cumpleaños.
Daniel se quedó callado unos segundos.
—Bueno… si caben…
Me reí.
No pude evitarlo.
—¿Si caben?
—Solo digo que quizá podamos llamar al restaurante.
—La cena cuesta sesenta y cinco euros por persona.
Daniel hizo un cálculo mental.
Entonces comprendió.
Con ocho personas, la cena ya suponía más de quinientos euros.
Con veinte o veintiuna, la cuenta superaría fácilmente los mil trescientos euros, sin contar bebidas.
—Bueno… —murmuró— quizá cada uno pueda pagar lo suyo.
Teresa se giró hacia él tan rápido que casi pareció ofendida físicamente.
—¿Cómo van a pagar? ¡Son invitados!
La miré.
—¿Invitados de quién?
Silencio.
Teresa cruzó los brazos.
—Tuyos. Es tu cumpleaños.
Y entonces todo quedó claro.
No solo había invitado a su familia sin consultarme.
Esperaba que yo pagara por todos.
—¿Les has dicho que yo invito?
Mi suegra evitó mirarme.
—Les dije que celebrábamos tu cumpleaños en un restaurante.
—No te he preguntado eso. ¿Les dijiste que la cena estaba pagada?
Teresa guardó silencio.
—Mamá… —intervino Daniel.
—Bueno, sí —admitió finalmente—. Les dije que Laura invitaba.
Sentí que algo dentro de mí se enfriaba.
Capítulo completado
Has llegado al final de este capítulo.
Seguir leyendo
Más mundos en los que perderte después de este capítulo.