—No sabía que conocieras al presidente de Meridional —dijo Claudia de pronto.
Capítulo 3
—No sabía que conocieras al presidente de Meridional —dijo Claudia de pronto.
Javier dejó los cubiertos.
Yo bebí agua.
—Conozco a mucha gente de ese sector.
—Javier me había dicho que trabajabas desde casa.
Ahí estaba.
No sonó ofensivo.
Eso lo hizo peor.
—Trabajo mucho desde casa.
—¿Consultoría?
—Entre otras cosas.
Javier intervino:
—Lucía gestiona unas inversiones familiares pequeñas.
Pequeñas.
Bajé lentamente el vaso.
Claudia asintió.
—Ah.
Una sílaba.
Nada más.
Pero la mesa entera entendió su significado.
Una mujer con algo de dinero heredado.
Un pasatiempo financiero.
No una profesión.
No una responsabilidad.
No poder.
Javier llevaba años utilizando expresiones así.
«Unas inversiones de su familia.»
«Cosas patrimoniales.»
«Ella tiene sus asuntos.»
Nunca le había corregido.
Al principio porque me daba igual.
Después porque me pareció útil observar qué hacía la gente cuando creía que no tenía nada que ofrecerles.
Mi abuelo, Tomás Aranda, me había enseñado aquella costumbre.
Había construido una pequeña empresa industrial, vendido su participación décadas después y
convertido el capital en una estructura de inversión extraordinariamente conservadora.
No éramos una familia de portadas ni de grandes fiestas.
Mi abuelo desconfiaba de quienes necesitaban demostrar cuánto poseían.
Cuando murió, yo heredé una parte importante del patrimonio y, más importante todavía, la responsabilidad de gestionar la sociedad familiar que agrupaba las participaciones.
Javier lo sabía.
O, mejor dicho, sabía una versión antigua.
Cuando nos casamos, los activos eran considerablemente menores.
Él nunca preguntaba.
Durante los primeros años, porque estaba ocupado sobreviviendo.
Durante los siguientes, porque su propia empresa empezó a crecer.
Y al final, porque asumió que todo aquello seguía siendo un pequeño fondo familiar sin relevancia comparado con su éxito.
Yo no sentí ninguna obligación de actualizar su ego.
El teléfono vibró dentro de mi bolso.
Un mensaje de Elena Rivas, directora jurídica de Aranda Capital.
«El comité confirma las condiciones. La decisión final sigue siendo tuya. También
hemos detectado una cuestión que debes ver antes de votar.»
Leí la segunda frase dos veces.
Luego bloqueé el teléfono.
Javier me observaba.
—¿Trabajo?
—Sí.
—¿Esta noche?
—Algunas decisiones no esperan.
Una sombra de irritación cruzó su rostro.
Quizá empezaba a darse cuenta de que existía una parte de mi vida a la que ya no tenía acceso.
Todavía no sabía cuánto le afectaba.
CAPÍTULO 3 — EL PRECIO DE SER INVISIBLE
Después del postre, los invitados comenzaron a levantarse.
Algunos se acercaron a felicitar a Ricardo.
Otros formaron pequeños grupos alrededor de las mesas con copas de vino.
Javier me encontró junto a una ventana.
—Necesito que me expliques lo de Meridional ahora.
—Yo necesito entender por qué creías razonable traer a Claudia aquí.
—No mezcles las cosas.
—Tú las has sentado a la misma mesa.
Su expresión se tensó.
—Claudia forma parte de mi vida.
—Desde hace cuánto.
Suspiró.
—Ocho meses.
No esperaba que la cifra me doliera tanto.
No hice ningún movimiento, pero noté cómo se me enfriaban los dedos.
Ocho meses.
Recordé nuestro aniversario en marzo.
Javier había llegado tarde.
Me regaló un pañuelo comprado en el aeropuerto.
Dijo que la negociación con unos inversores había sido interminable.
Claudia ya existía.
Recordé un fin de semana en Valencia que canceló porque tenía una presentación urgente.
Claudia ya existía.
Recordé preguntarle una noche si nos estaba pasando algo.
Él dejó el móvil sobre la mesilla con fastidio.
«No conviertas una temporada de trabajo en un problema matrimonial.»
Claudia ya existía.
—Ocho meses —repetí.
—Sí.
—Y has decidido contármelo en la jubilación de tu padre.
—No estaba previsto exactamente así.
Miré hacia la mesa principal.
Claudia hablaba con Carmen.
No parecía una mujer que hubiera aparecido por accidente.
—Le habías reservado mi asiento.
Javier calló.
Aquello fue respuesta suficiente.
—Querías hacerlo aquí.
—Quería evitar una situación peor.
—¿Peor para quién?
—Para todos.
—No. Para ti.
Por primera vez levantó un poco la voz.
—¿Qué esperabas que hiciera? Llevamos años desconectados.
—Entonces podías haberme pedido el divorcio.
—Sabes que no es tan sencillo.
—Era bastante más sencillo que esto.
—Siempre estás en tu mundo, Lucía. Tus reuniones, tus papeles, tus cosas. Hace años que dejaste de estar realmente en mi vida.
Lo observé con incredulidad.
—Me dijiste durante años que no querías hablar de trabajo en casa.
—No estoy hablando de eso.
—Cuando intentaba hablar de nosotros, estabas cansado. Cuando intentaba hablar de mis proyectos, cambiabas de tema. Cuando intentaba entender qué te preocupaba, decías que no quería escuchar problemas de empresa.
—Porque no los entendías.
Aquella frase quedó entre nosotros.
Sencilla.
Automática.
Sincera.
Javier se dio cuenta demasiado tarde.
—No quería decirlo así.
—Sí querías.
—Lucía...
—¿Sabes cuál ha sido tu error durante todos estos años?
—No quiero discutir aquí.
—Has confundido que yo no necesitara demostrarte algo con que no tuviera nada que demostrar.
Su mirada volvió a desviarse hacia el salón.
—Por favor, baja la voz.
Ni siquiera la había levantado.
—No te preocupes. No voy a avergonzarte.
Aquello sí le hizo daño.
Lo vi.
Pero no lo suficiente como para que comprendiera.
Carmen se acercó.
—Javier, Claudia quiere irse.
Mi marido miró hacia ella.
—Ahora voy.
Carmen se quedó conmigo.
—Espero que mañana estés más tranquila.
—Estoy bastante tranquila.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Perfectamente.
Bajó la voz.
—No conviertas la separación en una guerra económica. Javier ha trabajado muchísimo para conseguir lo que tiene.
Una risa casi escapó de mí.
—No he mencionado dinero.
—No hace falta. Sé cómo funcionan estas cosas.
—¿Qué cosas?
—Los divorcios.
Se acercó un poco más.
—Tienes una casa estupenda, has viajado, nunca te ha faltado de nada. Javier siempre ha sido generoso contigo. No sería justo que ahora intentaras aprovecharte.
La miré durante un largo segundo.
Aquella mujer había visto a su hijo pedirme dinero dieciséis años antes para pagar las nóminas.
Había cenado en nuestro pequeño piso cuando compartíamos una mesa plegable.
Sabía que yo había rechazado Londres.
Pero la memoria también obedece al estatus.
A medida que Javier ganó dinero, su familia reconstruyó el pasado hasta convertirlo en una historia mucho más agradable: él había triunfado, yo lo había acompañado.
—¿Recuerdas el piso de Arganzuela? —pregunté.
Frunció el ceño.
—Claro.
—¿Recuerdas quién pagó la fianza?
—Lucía, no veo qué tiene que ver...
—¿Y las primeras nóminas de la empresa?
—Eso fue hace muchísimo.
—Exacto.
Eso fue hace muchísimo.
Lo suficiente para que ya no contara.
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