Diego llegó a las diez de la mañana.
Capítulo 4
Diego llegó a las diez de la mañana.
Esta vez no traía a Paula.
Tampoco traía a Bruno.
Solo llevaba la llave vieja en la palma de la mano.
Elena abrió la puerta y él se la mostró.
—Aquí está.
Ella la tomó.
—Gracias.
Diego miró hacia el interior.
—¿Puedo pasar?
—Sí.
Elena preparó café. Durante varios minutos hablaron de cosas pequeñas: la recuperación de Rosa, el clima, una reparación en la calle. Ninguno mencionó el préstamo.
Finalmente Diego dejó la taza.
—Conseguí un acuerdo de pagos.
Elena lo miró.
—¿Para la deuda?
—Sí. No es cómodo, pero puedo pagarlo.
—Me alegra.
—Paula vendió una bicicleta que casi no usaba y yo cancelé unas suscripciones.
Elena tuvo que contener una sonrisa.
—Parece que encontraron una solución.
—Sí.
Diego bajó la mirada.
—No me gustó.
—Las soluciones no siempre tienen que gustarnos.
—Ya sé.
Elena esperó.
—Mamá, quiero preguntarte algo y no quiero que te enojes.
—Pregunta.
—¿De verdad
sentías que yo te usaba?
La palabra quedó flotando.
Elena pudo haber respondido que sí. Habría sido fácil. También habría sido incompleto.
—Creo que tú te acostumbraste a recibir y yo me acostumbré a dar antes de que me pidieras. Después ninguno de los dos sabía dónde terminaba una cosa y empezaba la otra.
Diego asintió lentamente.
—Paula dice que tú hacías todo porque querías controlar.
Elena sintió el golpe, pero no reaccionó.
—¿Tú qué piensas?
—No sé.
—Entonces piénsalo.
—A veces sí opinabas de todo.
—Eso es verdad.
Diego levantó la mirada.
—¿Lo admites?
—Poner límites no significa fingir que yo hice todo perfecto.
Aquello pareció desarmarlo.
Elena continuó:
—Tal vez usé la ayuda para sentirme necesaria. Tal vez tú aprendiste que si esperabas suficiente, yo resolvería. Las dos cosas pueden ser ciertas.
Diego se quedó callado.
—Pero entrar a mi casa después de que dije que no sigue
estando mal —añadió Elena.
—Sí.
—Y pedir que dejara a Rosa sola también.
—Sí.
—Entonces podemos hablar de mis errores sin borrar los tuyos.
Diego asintió.
Antes de irse, se detuvo junto a la puerta.
—Paula no está lista para hablar contigo.
—No le estoy pidiendo que lo haga.
—Está muy enojada.
—Tiene derecho a estarlo.
—¿No vas a intentar arreglarlo?
—Cuando ella quiera hablar con respeto, hablaré.
Diego se fue.
Elena pensó que quizá aquella conversación había sido un avance.
Tres días después descubrió que las cosas serían más complicadas.
Era el cumpleaños de Diego.
Cada año Elena organizaba una comida familiar. Preparaba su platillo favorito, compraba pastel y terminaba pagando casi todo.
Ese año, Diego le había dicho que no harían nada grande.
Elena compró un regalo sencillo y planeó pasar a saludarlo.
A las cuatro de la tarde, Rosa le mandó una captura de pantalla.
Paula había
publicado fotografías de una comida en su casa.
Había globos, pastel, amigos y familiares de Paula.
Elena no estaba invitada.
El mensaje de Rosa decía:
“¿Sabías?”
Elena respondió:
“No.”
Sintió el viejo impulso de llamar a Diego y preguntar qué había pasado.
No lo hizo.
A las seis, Diego le escribió.
“Gracias por el regalo. Paula organizó algo de último minuto.”
Elena miró el mensaje.
“Que lo disfruten”, respondió.
Nada más.
A las nueve, Paula publicó otra fotografía.
Bruno llevaba un pequeño pañuelo de cumpleaños.
Elena sintió una punzada absurda.
No porque quisiera estar en la fiesta.
Porque entendió el mensaje.
Paula quería demostrar que podían celebrar sin ella.
Rosa llamó.
—No vayas a hacer una locura.
—¿Qué locura?
—Mandar comida, dinero o un pastel porque te sientes culpable.
Elena sonrió.
—No iba a hacerlo.
—¿Segura?
—Casi.
—Eso ya es progreso.
Al día siguiente, Diego llamó.
—¿Estás enojada por ayer?
—No.
—Rosa te dijo, ¿verdad?
—Vi las fotos.
—Paula necesitaba espacio.
—Lo entiendo.
—Pensé que ibas a reclamar.
—¿Querías que reclamara?
Diego guardó silencio.
Elena entendió algo: su hijo también estaba acostumbrado al conflicto de una forma particular. Elena reclamaba, Diego se defendía, después ella cedía y todo regresaba a la normalidad.
Ahora no había pelea.
Y sin pelea tampoco había reconciliación falsa.
—Espero que hayas pasado un buen cumpleaños —dijo.
—Sí.
—Te quiero.
—Yo también.
Colgaron.
Dos semanas después, Rosa recibió autorización médica para viajar.
Elena abrió su computadora.
—Escoge.
—¿De verdad?
—De verdad.
Rosa eligió Oaxaca.
Reservaron cuatro noches.
Cuando Diego se enteró, pareció sorprendido.
—¿Vas a viajar?
—Sí.
—¿Cuándo?
Elena le dijo las fechas.
—Justo ese fin de semana tenemos una boda.
Elena esperó.
Diego se quedó callado.
—¿Y? —preguntó ella.
—Nada.
—Bien.
—Solo que Bruno...
Elena levantó una ceja.
Diego se rio incómodo.
—No. Olvídalo.
—Buena decisión.
—Ya conseguimos una pensión.
—Perfecto.
Era una conversación mínima, pero Elena sintió que algo se acomodaba.
El viaje con Rosa fue distinto a cualquier viaje que Elena hubiera hecho en años.
No estaba pendiente del teléfono.
No revisaba mensajes cada diez minutos.
No preguntaba si Diego necesitaba algo.
Caminaron por calles empedradas, comieron mole, compraron textiles y se sentaron una tarde a mirar cómo cambiaba la luz sobre las fachadas.
—Te ves diferente —dijo Rosa.
—¿Más vieja?
—Más descansada.
Elena sonrió.
—Tal vez porque nadie me ha pedido que resuelva una emergencia en cuatro días.
En ese instante sonó el teléfono.
Las dos se miraron.
Era Diego.
Elena dudó.
—Contesta —dijo Rosa—. Poner límites no significa desaparecer.
Elena respondió.
—Hola, hijo.
—Mamá, ¿estás ocupada?
—Estoy con Rosa. ¿Qué pasa?
—Bruno se enfermó.
Elena se incorporó.
—¿Qué tiene?
—Empezó a vomitar en la pensión. Lo llevaron al veterinario. Dicen que probablemente comió algo antes de entrar.
—¿Está bien?
—Sí, lo están observando.
Elena respiró.
—¿Qué necesitas?
Diego guardó silencio.
—No sé.
—¿Quieres que te ayude a pensar o necesitas algo concreto?
La pregunta era nueva para ambos.
—Solo quería hablar contigo.
Elena miró a Rosa.
—Entonces habla.
Diego le contó lo que había dicho el veterinario. Estaba asustado. Elena lo escuchó.
No ofreció dinero.
No ofreció volver antes.
No llamó al veterinario por él.
Solo escuchó.
Al final, Diego dijo:
—Gracias.
—Llámame cuando sepas cómo sigue.
—Sí.
Cuando colgó, Rosa sonrió.
—Eso sí fue ayudar.
Elena entendió.
Durante años había confundido acompañar con resolver.
Aquella noche Diego mandó una fotografía de Bruno dormido en casa.
“Ya está mejor.”
Elena respondió con un corazón.
Nada más.
Cuando regresaron del viaje, Diego fue por ellas al aeropuerto sin que se lo pidieran.
Rosa lo abrazó.
—Mira quién aprendió a hacer favores.
Diego se rio.
—No empieces, tía.
Elena subió al auto.
Durante el trayecto, Diego preguntó por el viaje y escuchó de verdad.
Parecía que las cosas estaban cambiando.
Pero cuando llegaron a casa de Elena, encontraron a Paula esperando frente a la puerta.
Tenía los brazos cruzados.
Diego frenó.
—¿Qué haces aquí?
Paula no respondió.
Miró a Elena.
—Necesitamos hablar.
Elena bajó del auto.
—Está bien.
Paula señaló la casa.
—A solas.
Diego quiso intervenir.
—Paula...
—A solas, Diego.
Elena abrió la puerta.
Rosa le tocó el brazo antes de entrar.
—No tienes que demostrar nada.
—Lo sé.
Paula entró detrás de Elena.
Se sentaron frente a frente.
Por primera vez desde aquella llamada sobre Bruno, no había un teléfono entre ellas.
Paula respiró hondo.
—Voy a decir algo que probablemente no le va a gustar.
Elena mantuvo la mirada.
—Entonces procura que al menos sea verdad.
Paula apretó los labios.
—Usted cree que Diego depende de usted porque él es un irresponsable.
—Nunca dije eso.
—Pero lo piensa.
—¿Viniste a decirme lo que pienso?
—Vine a decirle que durante años usted se metió en nuestro matrimonio usando el dinero y los favores.
Elena sintió que la sangre le subía al rostro.
Paula continuó.
—Y ahora que dejamos de hacer lo que usted esperaba, decidió cerrar la llave.
—¿Cerrar la llave?
—Dinero, ayuda, casa, todo.
—Mi casa nunca fue de ustedes.
—Pero Diego siempre sintió que podía contar con usted.
—Puede contar conmigo.
—Mientras haga lo que usted considera correcto.
Elena respiró lentamente.
Aquello era más difícil que discutir por un perro.
Porque había partes injustas.
Y partes que quizá no lo eran.
—Sigue —dijo.
Paula pareció sorprendida.
—¿Qué?
—Dijiste que necesitábamos hablar. Te estoy escuchando.
Paula se acomodó.
—Cuando Diego y yo nos casamos, usted pagó parte de la boda. Después opinó sobre la casa. Cuando compramos el auto, dijo cuál convenía. Cuando adoptamos a Bruno, dijo que era demasiada responsabilidad. Siempre había una opinión.
—Eso es cierto.
Paula se detuvo.
No esperaba esa respuesta.
—Pero una opinión no te da derecho a entrar a mi casa contra mi voluntad —continuó Elena—. Ni a decidir que debo dejar a mi hermana hospitalizada.
—Ya sé.
Elena la miró.
Era la primera vez que Paula decía esas dos palabras.
—¿Lo sabes?
Paula bajó la mirada.
—Sí.
La habitación quedó en silencio.
—Entonces quizá sí podemos hablar —dijo Elena.
Paula levantó los ojos.
Y por primera vez, la dureza de su rostro parecía esconder algo distinto al enojo.
—Yo también estaba asustada ese fin de semana —admitió.
—¿Por qué?
Paula tragó saliva.
—Porque ese viaje no era solo un viaje.
Elena frunció el ceño.
Paula continuó:
—Diego y yo estábamos pensando separarnos.
Capítulo completado
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