Durante dos días Rodrigo no me llamó.
Capítulo 3
Durante dos días Rodrigo no me llamó.
Eso era extraño.
Mi hijo podía enojarse, desaparecer unas horas y después regresar como si nada. Pero el silencio prolongado siempre había sido su manera de castigarme. Cuando era adolescente cerraba la puerta de su cuarto. De adulto dejaba de contestar mensajes hasta que yo terminaba buscándolo.
Esta vez no lo hice.
Elena me pidió cambiar contraseñas bancarias, bloquear el acceso desde dispositivos que no reconociera y guardar los documentos originales en una caja de seguridad. También recomendó avisar por escrito a la notaría que yo no autorizaba ningún trámite iniciado por terceros.
Hice todo.
Cada paso me hacía sentir más segura y más triste.
El viernes, mi hermana Leticia llegó con pan dulce.
—Traes cara de no haber dormido en una semana.
Le conté.
Leticia escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, golpeó la mesa.
—Yo sabía que ese muchacho estaba demasiado interesado en la casa.
—No digas “ese muchacho”. Es
mi hijo.
—Precisamente por eso me da más coraje.
—Está desesperado.
—Y tú estás buscando excusas para él.
No respondí.
Leticia suspiró.
—Graciela, ayudar a Rodrigo cuando perdió el trabajo fue una cosa. Dejar que te saque dinero del banco y quiera hipotecar tu casa es otra.
—Todavía no sabemos si él hizo esas transferencias.
—¿Quién más tenía tu teléfono?
La pregunta quedó flotando.
Esa tarde recibí una llamada de Santi.
—Abuela, ¿estás enojada conmigo?
El corazón se me apretó.
—Contigo nunca.
—Mi papá dijo que por mi culpa estás enojada.
Cerré los ojos.
—Escúchame bien, mi amor. Tú no hiciste nada malo. Los niños pueden contarle a su abuela lo que quieran.
—Papá y mamá están peleando.
—Lo siento.
—Mamá dice que nos van a sacar de la casa.
—¿De su departamento?
—Sí.
Escuché una puerta cerrarse del otro lado.
—Santi, ¿está alguno de tus papás contigo?
—Mi mamá
está llorando en el baño.
—¿Y tu papá?
—Salió.
—Está bien. Quédate cerca de tu mamá.
—Abuela...
—¿Sí?
—¿Ya no vamos a vivir contigo?
La inocencia de la pregunta me dolió.
—Eso es algo que los adultos tenemos que hablar.
—Yo quería vivir contigo.
Me mordí el labio.
—Y yo siempre voy a querer verte.
Cuando colgué, lloré.
No por la casa.
Por Santi.
Rodrigo había convertido al niño en una pieza de un problema que él ni siquiera entendía.
A las seis llegó un mensaje de mi hijo.
“Tenemos que hablar. Sin abogados.”
Respondí:
“Podemos hablar. Elena estará presente.”
Tardó menos de un minuto.
“Entonces no hay nada que hablar.”
No contesté.
El sábado por la mañana apareció de todos modos.
Venía con Paola.
Santi no estaba.
Abrí la puerta, pero no me hice a un lado.
—Elena llega en veinte minutos.
Rodrigo apretó los labios.
—Mamá, por favor.
Somos nosotros.
—Precisamente.
Paola parecía agotada. Sin maquillaje, con el cabello recogido y ojeras profundas.
—Graciela, solo queremos encontrar una solución.
—¿Una solución para quién?
—Para todos.
—Mi problema empezó cuando ustedes intentaron decidir qué hacer con mi casa.
Rodrigo explotó.
—¡Porque no tenía otra opción!
—Siempre hay otra opción que engañar a tu madre.
—¿Engañarte? Te iba a explicar.
—¿Cuándo? ¿Después de que firmara?
—El poder era para ayudarte.
—¿Y el crédito?
Se quedó callado.
Paola lo miró.
—Díselo.
—Cállate.
—Ya sabe casi todo.
Rodrigo caminó hacia la sala y se dejó caer en el sillón.
Yo seguí de pie.
—¿Cuánto debes exactamente?
—No importa.
—Si quieres mi ayuda, importa.
—Novecientos treinta mil.
Paola cerró los ojos.
—Ayer eran novecientos diez —dijo.
Rodrigo la fulminó con la mirada.
—Hay intereses.
—¿A quién le debes?
—Bancos, tarjetas, dos préstamos personales.
—¿Y “varias personas”?
Miró a Paola.
Ella había usado esas palabras.
—También.
—¿Cuánto?
—Mamá...
—¿Cuánto?
—Trescientos mil de eso es con un prestamista.
Sentí un escalofrío.
—¿Legal?
—Me prestó dinero, eso es todo.
—¿Con contrato?
No respondió.
Paola empezó a llorar.
—Yo le dije que parara.
Rodrigo se levantó.
—Tú disfrutaste el dinero igual que yo.
—¡Yo no sabía de todos los préstamos!
—Pero sí querías el departamento, el coche, la escuela privada.
—¡Porque tú decías que podíamos pagarlo!
Yo levanté la voz.
—Basta.
Ambos callaron.
—No voy a pagar novecientos mil pesos.
Rodrigo me miró como si lo hubiera golpeado.
—Tienes ahorros.
—Mis ahorros no son la salida de emergencia para tus mentiras.
—Papá me dejó parte de ese dinero.
—Tu padre te dejó lo que decía su testamento. Lo recibiste y lo gastaste.
—Esta casa también era de él.
—Y ahora es mía.
Su rostro cambió.
—Ahí está. Siempre se trata de “mío”.
Lo miré incrédula.
—¿De quién debería tratarse cuando hablamos de mi casa?
—Soy tu único hijo.
—Eso no te convierte en dueño mientras yo estoy viva.
Paola se cubrió la cara.
Rodrigo dio dos pasos hacia mí.
—¿Sabes qué es lo peor? Que podrías arreglar todo con una firma.
—¿Una firma que pone mi casa en garantía?
—Por unos meses.
—No puedes pagar tus deudas actuales y quieres que crea que pagarás una deuda nueva.
—Voy a vender el coche.
—Hazlo.
—Voy a cerrar el negocio.
—Hazlo.
—Podemos mudarnos aquí y dejar de pagar renta.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque después de lo que hiciste no voy a darte acceso permanente a mi casa.
Se quedó mirándome.
—Entonces prefieres ver a tu nieto en la calle.
Aquella frase sí me hirió.
Y él lo supo.
—No uses a Santi.
—Es la realidad.
—No. La realidad es que tú pusiste a tu familia en esta situación.
—Qué fácil decirlo desde una casa pagada.
En ese momento sonó el timbre.
Era Elena.
Rodrigo soltó una grosería en voz baja.
Elena entró, saludó y se sentó conmigo.
—¿Ya hablaron de las transferencias? —preguntó.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Qué transferencias?
Elena abrió una carpeta.
—Setenta y dos mil pesos enviados desde la cuenta de Graciela a la suya en operaciones que ella no reconoce.
—Ella me dio ese dinero.
—No todo.
—Claro que sí.
Lo miré.
—La transferencia de veinticinco mil del día de mi cita médica.
—Me dijiste que la hiciera.
—No.
—Sí.
—No, Rodrigo.
—No te acuerdas.
Fue una frase sencilla.
Pero me heló.
—¿Qué dijiste?
—Que no te acuerdas. Últimamente se te olvidan cosas.
Elena levantó la cabeza.
Paola miró a su esposo.
—Rodrigo...
—¿Qué? Es verdad.
—Tengo sesenta años —dije.
—No dije que estuvieras loca.
—Pero dijiste en una financiera que tenía problemas para manejar mis asuntos.
Su rostro se quedó inmóvil.
Ahora sabía que lo habíamos descubierto.
—Eso fue una forma de explicar por qué yo estaba haciendo los trámites.
—Una mentira.
—Una exageración.
—Sobre mi capacidad.
—Para conseguir dinero que iba a beneficiar a toda la familia.
Me levanté.
—Se acabó.
—Mamá...
—No quiero que vuelvas a utilizar mi edad, mi viudez o mi amor por Santi para justificar lo que hiciste.
—¿Me vas a denunciar?
No había pensado seriamente en eso hasta que él lo preguntó.
—Todavía no lo sé.
Paola se puso de pie.
—Graciela, por favor.
—Necesito tiempo.
Rodrigo se rio con amargura.
—Claro. Consulta con tu abogada para ver cómo destruir a tu propio hijo.
Elena no reaccionó.
Yo sí.
—Tú hiciste movimientos en mi cuenta sin mi permiso.
—¡Con tu teléfono!
—Eso no significa con mi autorización.
—No puedes probarlo.
El silencio que siguió fue espantoso.
Porque acababa de pasar de “tú me lo pediste” a “no puedes probarlo”.
Elena cerró la carpeta.
—Creo que es momento de que se retiren.
Rodrigo la ignoró.
—Mamá, si haces una denuncia, puedes arruinarme la vida.
—Y si firmo lo que quieres, tú puedes arruinar la mía.
Por primera vez pareció no tener respuesta.
Paola tomó su bolso.
—Vámonos.
Cuando llegaron a la puerta, dije:
—Paola.
Se volvió.
—¿Tú sabías de las transferencias?
—No.
Rodrigo se rio.
—Qué conveniente.
Ella lo miró con odio.
—Yo sabía del poder. Sabía del crédito. No sabía que tomabas dinero de su cuenta.
—No tomé nada.
—Te vi usar su celular varias veces.
El rostro de Rodrigo cambió.
—Cállate.
Paola abrió la puerta.
—Ya me cansé de callarme.
Se fueron discutiendo por el pasillo.
Elena esperó unos segundos.
—Eso fue importante.
—¿Qué cosa?
—Paola acaba de decir que lo vio usar tu teléfono.
—También dijo que sabía del poder.
—Sí.
—Entonces los dos participaron.
—En algunas cosas, aparentemente. No sabemos en cuáles.
Me dejé caer en la silla.
—¿Qué hago?
—Lo primero es decidir qué quieres proteger.
—Mi casa. Mis ahorros. A Santi.
—Eso podemos separarlo. Ayudar a tu nieto no requiere entregar dinero a Rodrigo.
La idea me dio un poco de paz.
Esa misma tarde llamé a la escuela de Santi para preguntar si podía pagar directamente las colegiaturas atrasadas sin entregar dinero a sus padres. Me explicaron el procedimiento.
También hablé con el propietario del departamento donde vivían. No le conté detalles. Solo pregunté cuánto adeudaban.
Tres meses.
Yo podía pagarlos.
Pero Elena me hizo una pregunta:
—¿Quieres pagar para resolver la emergencia de Santi o para rescatar otra vez a Rodrigo?
No supe responder.
Esa noche Paola me llamó.
Su voz era apenas un susurro.
—Me fui de la casa.
—¿Dónde estás?
—Con mi hermana.
—¿Y Santi?
—Conmigo.
Respiré aliviada.
—¿Qué pasó?
—Encontré cosas.
—¿Qué cosas?
—Estados de cuenta. Contratos. Mensajes.
—¿De las deudas?
—Sí, pero no solo eso.
Me senté.
—Paola, dime qué encontraste.
Escuché que lloraba.
—Rodrigo no perdió todo el dinero en un negocio.
—Entonces ¿en qué?
—Hay pagos de hoteles, restaurantes, regalos... durante casi un año.
No dije nada.
—¿Crees que tiene otra mujer?
—No lo creo.
Su voz se rompió.
—Encontré los mensajes.
La traición de Rodrigo acababa de crecer otra vez.
Pero esta vez yo ya no era la única persona a la que había engañado.
Capítulo completado
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