Demandaron.
Capítulo 2
Demandaron.
Y perdieron.
El juez escuchó los testimonios de los vecinos, revisó los documentos, leyó las cartas de Don Ernesto y consideró los años de abandono. El testamento había sido redactado en pleno uso de sus facultades y ratificado ante notario.
No había nada que discutir.
La casa pertenecía legalmente a Daniel.
Al salir del juzgado, Rogelio se acercó a su oído.
—Tú arruinaste mi vida desde que naciste.
Daniel no levantó la voz.
Lo miró con una tristeza vieja, cansada.
—No. Ustedes arruinaron su oportunidad de ser mis padres.
Creyó que ahí terminaría todo.
Pero ahora los tenía frente al portón.
—Esta casa me pertenece por sangre —insistió Rogelio.
Daniel apretó las llaves entre los dedos.
—Mis abuelos me la dejaron porque sabían perfectamente quién eras.
Teresa cruzó los brazos.
—Eres un mal hijo. Nosotros te dimos la vida.
Daniel soltó una risa amarga.
—¿Y eso les da derecho a
quitarme lo único que dejaron quienes sí me quisieron?
Rogelio dio un paso hacia él.
—Nos vamos a quedar aquí hasta que entiendas. Dormiremos en tu jardín, hablaremos con tus vecinos, con tu trabajo, con todos. Te vamos a exhibir como el miserable que eres.
Daniel metió una mano al bolsillo y activó la grabadora de su celular.
Luego caminó hacia la puerta.
—Entonces juguemos limpio. Voy a entrar a mi casa.
Metió la llave en la cerradura.
Apenas abrió, Rogelio intentó colarse, empujándolo con el hombro.
Daniel lo detuvo del brazo.
—Hazte a un lado.
—Voy a entrar aunque tenga que tirar la puerta a patadas.
Teresa no dijo nada.
Solo observaba.
Daniel cerró con seguro y llamó a la policía.
Cuando llegaron los oficiales, les mostró la grabación. Rogelio palideció al escuchar su propia amenaza.
Esa noche los obligaron a retirar la casa de campaña.
Pero antes de
irse, su padre volteó a verlo con una mirada que no parecía derrota.
**Parecía una promesa.**
Y Daniel sintió un frío horrible en el pecho al comprender que no habían venido a pedir ayuda.
Habían venido a quitarle la vida completa.
Durante los siguientes días, Daniel intentó convencerse de que había exagerado.
Cambió las cerraduras.
Instaló dos cámaras.
Habló con los vecinos.
También guardó los documentos del testamento en una caja de seguridad bancaria.
Aun así, cada ruido nocturno lo despertaba.
Una rama golpeando la ventana.
Un gato sobre el techo.
Una motocicleta estacionándose frente a la casa.
Todo le parecía una amenaza.
El viernes, al regresar del trabajo, encontró una nota pegada en el portón.
**“Última oportunidad. Danos lo que es nuestro.”**
La letra era de Teresa.
Daniel la reconoció por la forma redonda de las aes, idéntica a la de los recados que ella dejaba cuando él era
niño:
“Lava los platos.”
“No agarres comida.”
“Cuida a Karla.”
Guardó la nota en una bolsa transparente y fue al Ministerio Público. Le dijeron que podía presentar una denuncia por amenazas, pero que sería difícil probar que sus padres la habían escrito.
—Hasta que no hagan algo concreto, no podemos detenerlos —explicó el funcionario, sin levantar mucho la vista.
—¿Algo concreto como qué?
—Daños, allanamiento, agresión.
Daniel salió con la sensación de que tendría que esperar a que lo lastimaran para que alguien considerara real su miedo.
Esa misma noche, una piedra rompió la ventana de la sala.
Amarrado a ella había un pedazo de papel.
**“La casa va a volver a la familia, contigo o sin ti.”**
Daniel llamó otra vez a la policía.
Tomaron fotografías.
Le recomendaron no quedarse solo.
Pero ¿con quién podía quedarse?
Sus abuelos habían muerto.
Sus amigos conocían apenas la mitad de la historia.
Karla no le dirigía la palabra desde el juicio.
Pensó en llamar a Mariana, una compañera del trabajo con quien salía ocasionalmente a comer. Ella había notado que Daniel estaba distraído, pero él nunca le había contado demasiado.
No quería parecer débil.
No quería ser el niño abandonado otra vez.
Así que barrió los vidrios, cubrió la ventana con cartón y durmió vestido en el sillón, sosteniendo un martillo entre las manos.
A las tres de la madrugada escuchó pasos en el patio.
Se levantó de golpe.
Miró la aplicación de las cámaras.
La imagen del jardín estaba negra.
Alguien había cortado el cable.
Daniel encendió las luces y abrió la puerta trasera con el martillo levantado.
—¡¿Quién anda ahí?!
No obtuvo respuesta.
Caminó lentamente entre las macetas.
El suelo estaba húmedo porque había regado esa tarde. Cerca del limonero encontró marcas de zapatos y una pala vieja tirada junto al muro.
Lo extraño fue que la pala pertenecía al taller de Don Ernesto.
Llevaba años colgada en la pared.
Daniel entró al taller.
La puerta estaba abierta.
Faltaban varias herramientas.
Pero no las más caras.
No se habían llevado el taladro, la sierra eléctrica ni la caja de llaves.
Faltaban una barreta, un cincel, dos martillos y una lámpara de mano.
Herramientas para romper.
Herramientas para excavar.
En el piso había polvo fresco y una tabla del muro estaba movida.
Daniel la retiró.
Detrás encontró un hueco vacío.
No sabía qué había guardado Don Ernesto allí.
**Pero quienes habían entrado sí lo sabían.**
Capítulo completado
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