La cuarta vez que sonó el celular de Brandon, Emma dejó el tenedor.
Capítulo 3
La cuarta vez que sonó el celular de Brandon, Emma dejó el tenedor.
—¿Seguro que todo está bien?
—Sí.
—Puedes contestar.
—No hace falta.
Brandon apagó el teléfono.
Luego tomó su copa, pero no bebió.
Yo había aprendido durante veintiséis años de matrimonio que una persona puede mentir con la boca mientras las manos dicen la verdad.
Las de Brandon temblaban.
—¿Quién te está llamando? —pregunté.
Me miró.
Algo cambió.
No fue una transformación dramática.
Fue peor.
Pareció cansarse de actuar.
Dejó la copa.
Se limpió la boca con la servilleta.
Y habló con una tranquilidad que me heló la sangre.
—Cumplí mi parte del trato, el anillo ya está en su dedo, quiero el resto del dinero esta noche.
Emma soltó una pequeña risa.
No porque fuera gracioso.
Porque no entendió.
—¿Qué trato?
Brandon no respondió.
—¿Brandon?
Él miró hacia el pasillo.
—Puedes salir.
Mi corazón golpeó contra mis costillas.
—¿Con quién estás hablando?
Brandon se metió una mano dentro de la
chaqueta.
Sacó un sobre amarillo.
Lo dejó frente a mí.
Reconocí la letra antes de tocarlo.
Daniel.
Mi esposo muerto.
Sentí que el aire desaparecía del comedor.
—¿Dónde conseguiste esto?
—Pregúntaselo a él.
La puerta del estudio se abrió.
Raymond salió.
El hermano menor de Daniel.
El tío de Emma.
El hombre que había venido a nuestra casa durante años después del funeral.
Emma se levantó.
—¿Tío Raymond?
Quise hacer lo mismo, pero mis piernas no respondieron.
—¿Qué haces aquí?
Raymond lanzó una mirada furiosa a Brandon.
—Te dije que esperaras.
—Ya no puedo esperar.
—Ese no era el acuerdo.
Emma miró de uno al otro.
—¿Qué acuerdo?
Nadie respondió.
Entonces gritó:
—¡¿Qué acuerdo?!
Raymond se sentó despacio.
—Emma, escúchame antes de sacar conclusiones.
—Empieza a hablar.
Raymond miró el sobre.
—Tu papá dejó un fideicomiso.
Yo ya sabía de su existencia.
Pero no los detalles.
Después del funeral, Raymond
me había explicado que Daniel había reservado dinero para Emma y que él actuaría como administrador hasta que ella cumpliera ciertas condiciones.
En ese momento apenas podía levantarme de la cama.
Confié en él.
Confié en Daniel.
—Tu padre estaba preocupado por ti —continuó Raymond.
Emma palideció.
—¿Por mí?
—Tenías dieciséis años. Estabas pasando por una etapa muy difícil.
La silla raspó el piso cuando me levanté.
—Cuidado con lo que vas a decir.
—No estoy insultándola.
—Entonces deja de hablar de ella como si fuera incapaz.
Raymond me ignoró.
—Daniel temía que, cuando tú ya no estuvieras con Lucy, Emma quedara sola.
Emma lo miró sin pestañear.
—¿Qué tiene que ver eso con Brandon?
Raymond respiró hondo.
—El fideicomiso permitía liberar una parte importante del dinero si te casabas con una persona que cumpliera ciertos requisitos.
—¿Qué requisitos?
—Estabilidad económica, antecedentes limpios, referencias, una evaluación del administrador.
Emma soltó
una risa amarga.
—¿Mi papá hizo una lista para aprobar a mi marido?
—Quería protegerte.
—Eso no responde mi pregunta.
Señaló a Brandon.
—¿Qué hace él aquí?
Raymond guardó silencio.
Brandon respondió.
—Me pagó.
El rostro de Emma quedó vacío.
—¿Qué?
—Raymond me encontró hace casi un año.
—Cállate —ordenó Raymond.
—Ya se acabó.
Brandon miró a Emma.
—Sabía que habíamos estudiado juntos.
—¿Le dijiste lo que me hiciste?
Brandon no respondió.
Eso fue suficiente.
Emma dio un paso atrás.
—Dios mío.
—Necesitaba a alguien que pudiera acercarse a ti —dijo Raymond—. Alguien que no pareciera escogido por la familia.
Me lancé hacia él.
—¿Escogiste al hombre que acosó a tu sobrina?
—Yo no sabía todos los detalles.
—¡Sabías que había sido compañero suyo!
—Y sabía que necesitaba dinero.
Emma parecía tener problemas para respirar.
—¿Cuánto?
Brandon cerró los ojos.
—Emma...
—¿Cuánto te pagaron por enamorarme?
—Al principio fueron diez mil.
La habitación entera quedó en silencio.
—Después había otro pago si la relación avanzaba.
Emma se tocó el anillo.
—¿Y esto?
Brandon miró su mano.
—Veinticinco mil después del compromiso.
La voz de Emma se quebró.
—¿Y la boda?
Brandon no contestó.
—¡Dilo!
—Cincuenta mil.
Mi hija se llevó una mano a la boca.
Yo sentí ganas de vomitar.
—Eres un miserable.
Brandon me miró.
—No empezó como algo real.
Emma soltó una carcajada ahogada.
—Qué alivio.
—Déjame terminar.
—No quiero escucharte.
—Pero después sí me importaste.
Emma lo miró con un desprecio que jamás había visto en ella.
—¿En qué momento? ¿Antes o después de cobrar los diez mil?
Brandon apretó la mandíbula.
—Cometí un error.
—No.
Emma comenzó a quitarse el anillo.
—Un error es olvidar una fecha.
Lo colocó sobre la mesa.
—Tú construiste ocho meses de mi vida sobre una mentira.
Raymond intervino.
—Emma, Brandon no era el objetivo. El objetivo era cumplir la voluntad de tu padre.
Ella se volvió hacia él.
—¿La voluntad de mi papá?
Raymond abrió el sobre.
Dentro había una copia de una carta de Daniel.
No decía que contrataran a Brandon.
No decía que engañaran a Emma.
Pero sí decía algo que me revolvió el estómago:
*"No confío en que Emma pueda elegir pensando a largo plazo mientras siga siendo tan vulnerable. Necesitará orientación."*
Emma leyó la frase dos veces.
—Él escribió eso de mí.
—Estaba asustado —dijo Raymond.
—Estaba controlándome desde una tumba.
—Quería asegurarse de que estuvieras acompañada.
—No soy una mascota que necesitaba que alguien encontrara dueño.
Raymond bajó la voz.
—Yo interpreté sus instrucciones de la manera que creí más efectiva.
—¿Efectiva?
Emma señaló a Brandon.
—¡Ese hombre me hizo odiar mi cuerpo cuando tenía dieciséis años!
Raymond frunció el ceño.
—Daniel nunca supo eso.
Emma dejó de respirar por un instante.
Luego miró a Raymond.
—Tú sí.
Mi cuñado no respondió.
Emma se acercó.
Ya no estaba llorando.
Su voz salió sorprendentemente tranquila.
—Respóndeme una cosa.
Raymond evitó sus ojos.
Emma insistió:
—¿Mi papá sabía que elegiste precisamente al hombre que me destruyó?
Raymond levantó lentamente la mirada.
Y su silencio me dijo que lo que faltaba por saber era todavía peor.
Capítulo completado
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