## PARTE 2 — LO QUE FERNANDO HABÍA DESCUBIERTO
No abrieron el documento en la calle.
Capítulo 2
## PARTE 2 — LO QUE FERNANDO HABÍA DESCUBIERTO
No abrieron el documento en la calle.
Carmen insistió en hacerlo delante del abogado de la familia.
Una hora después estaban reunidos en el despacho de Don Ernesto Molina.
Alejandro y Victoria ocuparon un lado de la mesa.
Carmen el otro.
Ernesto comprobó el sello.
—Es auténtico.
Alejandro golpeó el brazo de la silla.
—Entonces ábralo.
Carmen lo hizo.
Dentro había un testamento actualizado y una carta de Fernando.
Ernesto comenzó a leer.
El patrimonio se dividía de manera muy distinta a lo que Alejandro esperaba.
La casa principal permanecía en propiedad de Carmen mientras viviera.
Después de su muerte, no pasaría automáticamente a Alejandro.
Entraría en una fundación familiar.
Alejandro conservaría una parte considerable del patrimonio financiero…
pero únicamente si se aclaraban determinadas operaciones realizadas durante los últimos años de Fernando.
Victoria se tensó.
—¿Qué operaciones?
Ernesto sacó otra hoja.
Ahí estaban los nombres de tres empresas.
Una de ellas hizo que Victoria cerrara los ojos:
**Montes Interior SL.**
Alejandro la miró.
—Es tu empresa.
—Era.
—Me dijiste que estaba cerrada.
Victoria no respondió.
Fernando había descubierto que varias reformas facturadas a empresas Valdés terminaban pagándose a sociedades relacionadas con Victoria.
Algunas reformas existían.
Otras estaban infladas.
Pero había algo todavía peor.
Dos meses antes de la muerte de Fernando, Alejandro había firmado garantías utilizando activos familiares sin autorización completa del consejo.
—Lo hice para salvar una inversión —dijo él.
Ernesto levantó la vista.
—Una inversión que perdió casi dos millones de euros.
Carmen cerró los ojos.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque iba a recuperarlo.
—¿Y lo recuperaste?
Silencio.
Victoria intervino:
—Fernando controlaba cada céntimo. Alejandro necesitaba demostrar que podía dirigir la familia.
Carmen la miró.
—¿Y por eso falsificasteis facturas?
—¡Yo no falsifiqué nada!
Alejandro se volvió hacia ella.
—¿Qué quiere decir?
Victoria respiró rápidamente.
—Las facturas eran reales.
—¿Las reformas también?
—Algunas.
Alejandro se levantó.
—¿ALGUNAS?
Por primera vez empezó a comprender que su padre no había cambiado el testamento simplemente por desconfianza.
Había encontrado algo que él mismo desconocía.
Victoria confesó una parte.
Su empresa tenía graves deudas antes de casarse con Alejandro.
Al principio utilizó contratos reales de decoración para conseguir ingresos.
Después empezó a cobrar servicios nunca terminados.
—Pensé que lo devolvería.
Alejandro soltó una amarga carcajada.
—Exactamente lo mismo que dije yo.
Carmen los miró a ambos.
Dos personas justificando las mismas decisiones con la misma frase.
“Lo devolveré.”
“Lo arreglaré.”
“Solo temporalmente.”
Fernando había visto aquello antes que todos.
Pero la carta contenía otra revelación.
**“Alejandro no conoce todo lo que Victoria ha hecho.”**
El hijo de Carmen levantó la cabeza.
Ernesto continuó leyendo.
Fernando había descubierto que Victoria había enviado correos en nombre de Alejandro para presionar a Carmen a transferir la mansión definitivamente.
No había
falsificado su firma.
Pero sí había preparado documentos para que Carmen creyera que un poder de administración era una transferencia futura.
Carmen miró a su nuera.
—Así que eras tú.
Victoria empezó a llorar.
—Yo solo quería que Alejandro tuviera lo que le correspondía.
—¿Lo que le correspondía?
—¡Lleva toda su vida esperando esta casa!
Carmen respondió:
—Eso no la convierte en suya.
Alejandro se sentó lentamente.
Toda su rabia desapareció.
—¿Tú me dijiste que mamá quería irse voluntariamente?
Victoria no contestó.
—¿Tú hablaste con la residencia?
—Pensé que sería mejor.
—¿Para ella?
Victoria mantuvo silencio.
Alejandro comprendió.
—Para nosotros.
Carmen esperaba sentir satisfacción.
No la sintió.
Era su hijo.
El mismo niño que a los seis años dormía en su cama durante las tormentas.
El adolescente que lloró cuando murió su primer perro.
El hombre que, poco a poco, había empezado a medir cada cosa por lo que algún día heredaría.
—Mamá —dijo Alejandro—, yo no sabía lo de los correos.
—Lo creo.
Él levantó la mirada.
—¿Sí?
—Sí.
Alejandro respiró con alivio.
Entonces Carmen continuó:
—Pero sabías lo suficiente.
La frase volvió a hundirlo.
—Sabías que yo no quería marcharme.
—Pensé que…
—Sabías que yo preguntaba por mis muebles.
—Mamá…
—Sabías que Victoria hablaba de esta casa como si yo ya estuviera muerta.
Alejandro no pudo responder.
—No hiciste todo —dijo Carmen—. Pero te resultaba demasiado cómodo no preguntar.
Eso era exactamente lo que Fernando había querido señalar.
El testamento no castigaba solo un fraude.
Era una última prueba para su hijo.
Capítulo completado
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