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MI NUERA ME EXCLUYÓ DEL VIAJE A EUROPA QUE YO PAGUÉ…
Capítulo 5 / 7

Capítulo 5

LA PERSONA DETRÁS DEL ENGAÑO

1431 palabras

Lucía insistió en que solo había querido regalarle un viaje a su madre.

Yo le respondí que los regalos se pagan con dinero propio o con ayuda ofrecida libremente.

No con el trabajo y los ahorros de alguien a quien habían decidido excluir.

Finalmente le pregunté directamente por la firma.

Lucía miró a Javier.

Después bajó los ojos.

"Tomé una firma de un documento que teníamos en las confirmaciones. Pensé que bastaría para hacer el cambio."

Sentí una mezcla de tristeza y repulsión.

Había utilizado mi confianza como si fuera un recurso más del viaje.

Le expliqué que conservaría los correos y las solicitudes, y que estaba dispuesta a informar formalmente lo ocurrido a las autoridades correspondientes.

Lucía comenzó a protestar.

Javier la interrumpió.

"Tenemos que hacernos responsables."

Por primera vez desde que empezó todo, mi hijo no intentó convencerme de que olvidara lo sucedido.

Pero tampoco aquello borraba sus decisiones.

Cuando se marcharon, permanecí sentada varios minutos.

Mi café estaba frío.

Sobre

la mesa había una pequeña servilleta arrugada que Javier había dejado entre sus manos.

Pensé en llamarlo otra vez.

En decirle que lo quería.

Que seguía siendo mi hijo.

Pero comprendí que ambas cosas podían ser verdad al mismo tiempo.

Podía amarlo profundamente.

Y necesitar distancia para recuperar la confianza.

Aquella tarde salí sola a recorrer Roma.

Caminé por calles empedradas.

Entré en una pequeña iglesia.

Me senté frente a una fuente y observé a las familias que pasaban tomadas de la mano.

Compré un helado.

Y por primera vez desde mi llegada sonreí sin tener que fingir.

No había recuperado a la familia que imaginaba tener.

Pero estaba comenzando a recuperar algo que también había perdido.

Mi tranquilidad.

Al regresar al hotel, decidí que continuaría el viaje.

Florencia.

París.

Barcelona.

No permitiría que aquella traición también me arrebatara los lugares que había soñado conocer.

Todavía tenía muchas conversaciones pendientes

con Javier.

Todavía debía completar los reportes por el uso indebido de mis datos.

Y todavía no sabía cómo sería nuestra relación cuando regresara a casa.

Pero no necesitaba resolverlo todo aquella noche.

Me preparé una taza de té y abrí mi computadora.

Quería confirmar nuevamente las reservaciones de Barcelona.

Entonces apareció un mensaje.

Venía del departamento de atención al huésped del último hotel de nuestro itinerario.

El asunto decía:

Solicitud de modificación recibida — Carmen Ríos.

Fruncí el ceño.

Había verificado aquella reservación hacía apenas unas horas.

Abrí el correo.

La empleada explicaba que habían recibido una nueva autorización para sustituirme como huésped titular.

Una solicitud diferente de las anteriores.

Más reciente.

Y acompañada de un documento que supuestamente confirmaba mi consentimiento.

Sentí que se me aceleraba el corazón.

Respondí inmediatamente que no había autorizado ningún cambio.

Después revisé la información del mensaje original que el hotel había incluido

en su respuesta.

Y entonces descubrí algo que me dejó completamente inmóvil.

La nueva solicitud no había sido enviada desde el correo de Javier.

Tampoco desde el de Lucía.

El remitente que aparecía era mi propia dirección electrónica.

Mi correo personal.

El mismo que llevaba utilizando durante años.

Miré la hora del envío.

11:26 de la mañana.

Recordé inmediatamente dónde me encontraba a esa hora.

Estaba sentada en la cafetería del hotel de Roma.

Frente a Javier y Lucía.

Exigiéndoles explicaciones por los documentos falsificados.

Mi computadora había permanecido cerrada dentro de la suite.

Y yo no había enviado ninguna autorización.

Abrí la carpeta de mensajes enviados.

Busqué la hora.

Busqué el nombre del hotel.

No encontré nada.

Regresé al correo recibido.

Había un archivo adjunto que todavía no había abierto.

Se llamaba:

Autorización_general_Carmen_Rios.pdf

Lo descargué.

En la primera página aparecían mis datos personales.

Mi nombre completo.

Mi número de pasaporte.

Y una declaración en la que supuestamente autorizaba a terceros a modificar todas las reservas del viaje.

Pero en la segunda página había algo todavía más inquietante.

Una fotografía de mi firma.

Debajo, una copia de un documento de identificación.

Y una fecha que hizo que me quedara sin respirar.

Aquella autorización había sido preparada mucho antes de que Lucía intentara cambiar la habitación de Roma.

Antes de las llamadas.

Antes de las discusiones.

Antes de que yo supiera que estaban planeando excluirme.

Alguien había comenzado a preparar los documentos para hacerse pasar por mí mientras yo todavía organizaba felizmente nuestras vacaciones.

Tomé el teléfono.

Estaba a punto de llamar a Javier cuando llegó otro mensaje.

Esta vez procedía de un número que no tenía guardado.

No había fotografías.

Ni nombre de contacto.

Solamente una frase.

"Carmen, Javier y Lucía no son los únicos que tienen acceso a los documentos de tu viaje. Si quieres saber quién preparó todo desde el principio, revisa quién recibió las primeras confirmaciones hace once meses."

Me quedé mirando aquellas palabras.

Once meses.

La fecha en que había comenzado a organizar el viaje.

Abrí inmediatamente mi carpeta azul de correos.

Busqué la primera confirmación que había enviado después de reservar los vuelos.

Allí estaba.

La había enviado para compartir la noticia con mi hijo.

Javier aparecía como destinatario principal.

Pero había otra dirección copiada.

Una dirección que yo había olvidado por completo.

Y cuando leí el nombre de la persona a quien pertenecía, sentí que todas las piezas de aquella historia comenzaban a cambiar de lugar.

Porque esa persona había sabido desde el primer día cuánto dinero pensaba gastar.

Qué hoteles iba a reservar.

Qué servicios iba a contratar.

Y qué documentos estaba utilizando.

Pero lo verdaderamente aterrador era que esa persona ni siquiera debía haber tenido acceso a mi pasaporte.

Sin embargo, acababa de descubrir que su dirección también aparecía en el historial de intercambio de documentos que el hotel de Barcelona me había enviado.

Y comprendí que la traición podía haber comenzado mucho antes de aquella mañana en la puerta de la casa de Javier.

CAPÍTULO 5 — LA PERSONA QUE HABÍA PREPARADO LA TRAICIÓN

Me quedé mirando aquella dirección de correo electrónico durante varios minutos.

Verónica Salgado.

No era una desconocida.

Tampoco era alguien que hubiera aparecido recientemente en nuestras vidas.

Verónica trabajaba en una pequeña agencia de viajes y llevaba casi doce años ayudándome a organizar vacaciones, comprar boletos y resolver problemas con reservaciones.

La conocía desde mucho antes de que Javier se casara con Lucía.

Habíamos tomado café juntas.

Habíamos hablado de nuestros hijos.

Incluso había asistido a una celebración de cumpleaños en mi casa.

Por eso, cuando decidí organizar nuestro viaje a Europa, me pareció natural pedirle ayuda para comparar algunos hoteles y revisar las condiciones de los servicios.

Yo había realizado personalmente las reservaciones importantes, pero Verónica me había asesorado durante los primeros meses.

Le había enviado copias de confirmaciones.

Horarios de vuelos.

Números de reservación.

Y, en una ocasión, una copia de mi pasaporte para verificar que mis datos coincidieran con los boletos.

Sentí un nudo en el estómago.

Aquella mujer había tenido acceso a prácticamente toda la información del viaje.

Pero había algo que todavía no comprendía.

¿Por qué habría querido perjudicarme?

Abrí nuestra conversación más reciente.

El último mensaje de Verónica había llegado tres días antes de nuestra salida de México.

«Carmen, espero que disfruten muchísimo sus vacaciones. Te mereces ese descanso».

Recordé que le había respondido agradeciéndole su ayuda.

Ahora aquellas palabras parecían una burla.

Sin embargo, no quería acusarla sin tener pruebas.

Había aprendido demasiado durante los últimos días como para seguir confundiendo mis sospechas con certezas.

Así que decidí llamar primero al hotel de Barcelona.

La empleada que me atendió se llamaba Andrea.

Le expliqué que necesitaba conocer el origen exacto de aquella solicitud.

«Señora Ríos, el mensaje llegó a través de una plataforma de gestión de viajes», me informó.

«¿Qué plataforma?».

Me proporcionó el nombre de la empresa.

La reconocí inmediatamente.

Era la misma que utilizaba la agencia de Verónica.

«¿Y por qué aparece mi dirección de correo como remitente?».

Andrea hizo una pausa.

«Porque la solicitud fue enviada desde un perfil de cliente asociado a su correo electrónico. Eso no significa necesariamente que usted la haya enviado personalmente».

Sentí que el corazón comenzaba a latirme con fuerza.

«¿Pueden identificar quién utilizó ese perfil?».

«La plataforma conserva registros de acceso. Tendríamos que solicitarlos formalmente».

Le pedí que conservara todo.

El mensaje.

Los documentos.

La hora del envío.

Y cualquier registro relacionado con aquella solicitud.

Después terminé la llamada.

Miré nuevamente el mensaje anónimo que había recibido la noche anterior.

Alguien sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo.

Y parecía querer que yo descubriera la verdad.

Decidí responder.

«Ya encontré el nombre. Necesito saber quién eres y por qué tienes esta información».

Pasaron casi diez minutos.

Finalmente llegó una respuesta.

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