Se burló de Alicia por ir “demasiado sencilla” a la reunión, hasta que escuchó el nombre de su empresa en una llamada
—¿Vienes a la reunión o a servir las mesas, Alicia?
Capítulo 1
—¿Vienes a la reunión o a servir las mesas, Alicia?
Porque con esa blusa hasta pensé en pedirte otra ronda de café.
Verónica soltó una carcajada y dos excompañeros sonrieron por compromiso. Alicia Rivera miró su camisa de lino color crema, sus pantalones negros y los zapatos bajos que había elegido para manejar desde Querétaro. Luego levantó los ojos.
—Vine a ver a gente que no veía desde hace treinta años.
—Ay, mujer, no te me ofendas. Tú siempre fuiste sencilla.
La palabra “sencilla” cayó con el tono de quien dice “menos”.
Alicia tomó su gafete y caminó hacia el salón. El reencuentro de la generación de 1996 se había organizado en un centro de eventos cerca de la antigua preparatoria. Había fotos viejas en una pared, un trofeo de básquetbol y una lista de apodos que ya nadie quería recordar.
Durante años, Alicia había rechazado esas reuniones. No por falta de tiempo, como decía. La verdad era menos elegante:
no le gustaba volver a lugares donde todavía podía sentirse como la muchacha que llegaba con el uniforme remendado.
Esa noche se había prometido algo simple: entrar, saludar, cenar y marcharse sin demostrarle nada a nadie.
Irene, que había sido su compañera de laboratorio, la abrazó apenas la vio.
—¡Alicia! Pensé que ibas a volver a cancelar.
—Yo también lo pensé.
—Te ves igual.
—Eso no sé si es cumplido.
Irene rio.
Desde el otro lado del salón, Verónica hablaba fuerte. Había llegado con un vestido verde oscuro, pulseras brillantes y un teléfono que no soltaba ni para abrazar. En la escuela había sido la que organizaba fiestas, decidía quién se sentaba dónde y sabía convertir un comentario en sentencia.
Treinta años después, seguía haciéndolo.
—A ver, foto de las exitosas —anunció, juntando a varias mujeres frente a la pared de recuerdos.
Irene jaló suavemente a Alicia del brazo.
—Ven.
Verónica miró a Alicia de arriba abajo.
—Mejor primero una con las que sí venimos arregladas, luego hacemos otra todos juntos.
El fotógrafo fingió revisar la cámara.
Alicia sintió el calor subirle al cuello. Antes de que respondiera, Irene soltó:
—¿Neta, Verónica? Tenemos cincuenta y tantos, no quince.
—Era broma.
—Pues no dio risa.
Alicia tocó el brazo de Irene.
—Déjalo.
Eso era lo que siempre hacía.
Dejarlo.
Durante la cena, Verónica ocupó la cabecera de una mesa larga y empezó a preguntar a qué se dedicaba cada quien. El ejercicio parecía inocente hasta que llegó el turno de Alicia.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Sigues con lo de las cajas?
Alicia tardó un segundo.
—Sí. Sigo en empaques.
—¡Mira nada más! Te acuerdas que en la prepa ayudabas a tu papá en aquel tallercito.
—Me acuerdo.
—Qué bonito que algunas cosas no cambian.
Mateo, un excompañero que ahora era contador, frunció
el ceño.
—¿Qué tiene de malo que no cambien?
—Nada, hombre. Yo admiro a la gente que se conforma con una vida tranquila.
Alicia tomó agua. Su teléfono vibró dentro del bolso. Lo sacó, miró la pantalla y rechazó la llamada.
Verónica alcanzó a leer una palabra en la notificación.
—¿“Consejo”? No me digas que te metiste a la mesa directiva de la colonia.
Alicia sonrió.
—Algo así.
Irene la miró de reojo, pero no preguntó.
Minutos después, el teléfono volvió a vibrar. Esta vez Alicia se levantó y salió al pasillo.
—Dime, Paula.
—Perdón por molestarte, Alicia, pero mañana tenemos que cerrar la lista de agencias para la expansión del corredor Bajío. Falta tu visto bueno en tres propuestas.
—Mándame solo las observaciones finales.
—Una es de Prisma Norte. Insisten en que pueden manejar toda la campaña y las activaciones.
Alicia se quedó callada. Ese nombre le sonaba.
—¿Quién firma?
—Verónica Salas.
Alicia miró hacia la puerta del salón.
—Mándame el expediente completo. Esta noche lo reviso.
—¿Les confirmamos la reunión del lunes?
—Todavía no.
Guardó el teléfono y regresó.
Verónica estaba contando que su agencia llevaba años trabajando “con empresas grandes”.
—De hecho —dijo al verla—, estamos por cerrar algo enorme. Una empresa de manufactura que va a abrir dos plantas nuevas. Si eso sale, este año nos cambia la vida.
—Qué bien —respondió Alicia.
—A ti te vendría bien modernizarte también. Hoy todo entra por imagen. Aunque vendas cajas.
Algunos bajaron la mirada.
Mateo cambió de tema, pero Verónica volvió unos minutos después.
—Oye, Alicia, no te lo tomes a mal, pero te digo algo porque te aprecio. A nuestra edad una mujer también tiene que cuidar cómo se presenta. Nunca sabes quién te puede estar mirando para una oportunidad.
Alicia soltó una risa breve.
—Eso sí es verdad.
Verónica creyó que le había dado la razón.
Después de cenar, Alicia ayudó a Irene a cargar dos platos porque la había visto batallar con una rodilla operada. Verónica pasó junto a ellas y le puso en las manos una charola vacía.
—Ya que vas para allá, ¿me llevas esto?
Alicia miró la charola.
—¿Por qué no la llevas tú?
—Ay, porque tú ya estás parada. No hagas drama.
Alicia dejó la charola exactamente donde estaba.
—Entonces tampoco te cuesta mucho.
Por primera vez, Verónica perdió la sonrisa.
—Qué carácter agarraste.
—No. Lo que pasa es que antes te lo aguantaba.
La mesa quedó en silencio.
Irene se acercó más a Alicia, como si con el cuerpo estuviera escogiendo bando.
Verónica cruzó los brazos.
—Mira, si vienes resentida por cosas de hace treinta años, no es mi problema.
—No vine resentida.
—Pues parece. Yo solo estaba jugando.
—El chiste siempre te funciona porque lo paga alguien más.
Mateo murmuró un “ya estuvo” intentando enfriar el ambiente.
Verónica tomó su copa.
—Bueno, perdón por no saber que ahora todo te ofende.
Alicia la miró.
—Eso no es una disculpa.
Y se alejó.
La reunión siguió, pero el ambiente cambió. Irene le contó después que Verónica llevaba meses especialmente insoportable.
—Su agencia anda mal —susurró—. Perdió dos clientes y creo que se separó de Ernesto.
Alicia la miró.
—No sabía.
—No justifica nada. Pero anda desesperada por aparentar que todo está perfecto.
Esa información incomodó a Alicia. Era fácil enfadarse con una mujer cruel. Más difícil era enfadarse con alguien asustado que había convertido su miedo en desprecio.
Antes del postre, Verónica recibió una llamada y se apartó.
No lo suficiente.
—Sí, ya sé que debemos dos meses —dijo en voz baja—. El lunes se resuelve, te prometo que se resuelve.
Al volver, se retocó el labial como si nada.
Alicia recordó la propuesta de Prisma Norte.
A las once, cuando casi todos se preparaban para la foto final, el organizador apareció con una hoja.
—Nos faltan unas personas por confirmar el pago, ¿alguien dejó transferencia pendiente?
Hubo confusión. Verónica agarró la hoja.
—A ver, yo lo reviso.
Luego levantó la vista hacia Alicia.
—¿Tú ya pagaste tu cuota completa?
—Sí.
—Es que no apareces marcada.
Alicia sacó el comprobante del correo.
Verónica ni siquiera lo revisó.
—Bueno, si falta algo, luego lo arreglamos. No pasa nada.
—Revísalo ahora.
—Alicia, son quinientos pesos, no hagas un escándalo.
—No es por quinientos pesos.
—Entonces ya déjalo.
Alicia extendió el teléfono.
—Lo pagué hace tres semanas. Quiero que corrijas la lista.
Verónica apretó la mandíbula. Mateo tomó la hoja, buscó el registro y señaló una línea.
—Aquí está. La pusieron como “Alma Rivera”.
—Ah, pues fue un error —dijo Verónica.
—Un error se corrige —respondió Alicia—, no se usa para insinuar que alguien no pagó.
Verónica dejó caer la hoja sobre la mesa.
—¿Sabes qué? Desde que llegaste estás buscando pleito. Si tan mal la estás pasando, te puedes ir.
Irene abrió los ojos.
Alicia se quedó quieta.
—¿Me estás corriendo de una reunión que no organizaste tú sola?
—Estoy diciendo que nadie te obliga a quedarte.
—Perfecto.
Alicia tomó su bolso.
Verónica sonrió con esa pequeña victoria de quien cree haber recuperado el control.
Entonces el teléfono de Alicia vibró otra vez.
Era Paula.
Alicia contestó sin salir del salón.
—Sí.
—Ya revisé Prisma Norte. Hay algo que debes ver antes del lunes. Declararon un equipo interno de veintidós personas, pero oficialmente aparecen siete. Y dos casos de estudio pertenecen a un proveedor externo.
Alicia cerró los ojos un instante.
—Entendido. No tomes ninguna decisión todavía. Yo me encargo.
Verónica había escuchado el nombre de su agencia.
—¿Prisma Norte? —preguntó.
Alicia bajó el teléfono.
—Sí.
—¿Por qué están hablando contigo de mi agencia?
Nadie se movió.
Alicia no respondió enseguida.
Y no disfrutó el momento.
Eso fue lo que más desconcertó a Verónica.
—Porque Empaques Rivera es mía —dijo por fin—. Y Prisma Norte está participando para manejar parte de nuestra expansión.
Verónica parpadeó.
—¿Tuya… cómo que tuya?
—La fundé con mi papá. El “tallercito” creció.
Mateo dejó escapar el aire lentamente.
Irene miró a Alicia, incrédula.
Verónica abrió la boca y la cerró.
—Yo no sabía.
—Ya sé.
—Alicia, lo de hoy…
—No cambió porque ahora sabes quién soy.
Esa frase la golpeó más que cualquier grito.
Verónica bajó la copa.
—No quise humillarte.
Irene resopló, pero Alicia levantó una mano.
—Sí quisiste. Tal vez no pensaste que importara.
Verónica tragó saliva.
—Estoy pasando por una etapa horrible. La agencia está al límite. Tengo gente que depende de mí. Ese contrato podría salvarnos.
Alicia sintió la tentación de decir: “Debiste pensarlo antes”.
Era una frase fácil.
También era verdad.
Pero recordó la llamada sobre las deudas, la manera en que Verónica se había reído de su ropa para sentirse por encima de alguien durante unas horas.
—Tu problema financiero no te da derecho a tratar a los demás como si valieran menos.
—Lo sé.
—Y que yo sea la dueña tampoco debería ser la razón por la que ahora lo entiendes.
Verónica se sentó.
La foto final se tomó sin ellas.
El lunes, Alicia pidió a compras que la sacara de la decisión sobre Prisma Norte.
—No quiero aprobarla por lástima ni rechazarla por enojo.
El comité encontró suficientes inconsistencias para descartar la propuesta grande. Sin embargo, uno de los directores consideró que la agencia podía competir por una campaña pequeña si corregía la información y aceptaba metas verificables.
Alicia aceptó que participaran.
No llamó a Verónica.
Tres días después, Verónica le escribió.
“Ya me dijeron que no quedamos en el proyecto grande. También me dijeron que podemos competir por uno pequeño. Gracias por no cerrarme la puerta.”
Alicia tardó una hora en responder.
“No te la abrí yo. Solo pedí que te evaluaran igual que a los demás.”
Verónica contestó casi de inmediato.
“Creo que eso es peor para mi orgullo, pero mejor para mí.”
Alicia sonrió sin querer.
Dos semanas después volvieron a verse, esta vez en una sala de juntas. Verónica llegó con una carpeta sencilla, sin pulseras brillantes y sin chistes.
Antes de empezar, dejó la carpeta sobre la mesa.
—Quiero decirte algo sin mezclarlo con la propuesta.
Alicia esperó.
—Te pedí perdón porque descubrí que eras la dueña. Eso fue miserable. Debí pedirte perdón cuando vi tu cara después del primer comentario.
Alicia sostuvo su mirada.
—Sí.
—No espero que volvamos a ser amigas.
—Nunca fuimos muy amigas.
Verónica soltó una risa pequeña.
—También es cierto.
La agencia no ganó ese contrato pequeño.
Su propuesta fue buena, pero otra empresa presentó mejores números.
Alicia no intervino.
Meses después, Irene armó una comida con seis excompañeros en un restaurante sencillo, sin fotógrafo ni lista de “exitosos”.
Verónica llegó tarde. Se acercó a la mesa y señaló la silla frente a Alicia.
—¿Está ocupado?
Alicia miró la silla.
Treinta años antes, probablemente habría dicho que no aunque quisiera decir que sí.
Tres meses antes, quizá habría disfrutado decir que sí solo para verla irse.
Esta vez movió su bolso.
—Siéntate.
No era perdón completo.
Tampoco era olvido.
Era algo más difícil.
Una segunda oportunidad sin privilegios.
Capítulo completado
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