—Daniel —susurró—, vámonos.
Capítulo 3
—Daniel —susurró—, vámonos.
Pero él siguió observando a sus padres.
—¿Por qué te pusiste nervioso?
Don Ernesto tomó la copa.
—Estás diciendo tonterías.
—Cuando mencionaste el apellido.
—Porque eres un malagradecido.
Lorena se acercó otra vez, incómoda.
—Disculpen. Hay otro asunto.
—¿Ahora qué? —espetó Patricia.
La coordinadora miró a Daniel.
—La mesa principal tiene una silla extra que no aparece en la distribución final. Necesitamos saber si se retira antes del video.
Daniel señaló la silla vacía.
—Esa era de mi hija.
Lorena negó.
—No. La silla de Camila fue reasignada a Regina.
Patricia palideció.
Daniel entrecerró los ojos.
—Entonces, ¿para quién es ésa?
Lorena revisó la tablet.
—Dice: “Invitado especial de la señora Guadalupe”.
Doña Guadalupe dejó de llorar.
La sangre se le fue del rostro.
—Quítenla —dijo.
—Pero el invitado confirmó hace una hora.
Don Ernesto se volvió hacia su esposa.
—¿Qué invitado?
—Nadie.
—Aquí dice que se llama Rafael —continuó
Lorena—. Rafael Mendoza.
La copa se le resbaló a Don Ernesto.
Cayó sobre el mantel.
El whisky se extendió como una mancha oscura.
Daniel observó a su padre.
—¿Quién es Rafael Mendoza?
Doña Guadalupe tomó su bolsa.
—Me siento mal.
—Mamá.
—Necesito aire.
Patricia se levantó.
—Yo te acompaño.
Pero antes de que pudieran moverse, la puerta del salón se abrió.
Entró un hombre de unos sesenta años.
Era alto, de cabello gris, piel morena y espalda recta. Vestía un traje sencillo, sin corbata. Caminaba con cautela, como alguien que había ensayado muchas veces un momento y, aun así, no sabía qué hacer con las manos.
Doña Guadalupe se quedó petrificada.
Don Ernesto susurró una grosería.
El desconocido miró alrededor.
Sus ojos se detuvieron en Daniel.
La expresión de su rostro cambió.
Fue una mezcla de dolor, reconocimiento y miedo.
Daniel sintió un escalofrío.
Aquel hombre tenía sus cejas.
Su
forma de pararse.
Incluso la pequeña hendidura en la barbilla que Camila solía tocarle cuando se quedaba dormida.
—Guadalupe —dijo el hombre.
Ella agarró el respaldo de la silla.
—No debiste venir.
—Tú me invitaste.
Todos miraron a Doña Guadalupe.
—¿Lo invitaste? —preguntó Don Ernesto.
Ella negó.
—No.
Rafael sacó del bolsillo un sobre color crema.
—Recibí esto hace dos semanas.
Se lo mostró.
La letra del frente era redonda, inclinada.
Daniel la reconoció.
Era la letra de su madre.
“Rafael Mendoza. Invitado especial. Mesa principal.”
Doña Guadalupe retrocedió.
—Yo no mandé eso.
Patricia frunció el ceño.
—Mamá, ¿quién es este señor?
Rafael observó a Daniel.
—Creo que ya lo sabes.
Daniel negó lentamente.
—No.
Don Ernesto golpeó la mesa.
—¡Lárgate de aquí!
Rafael no se movió.
—He pasado cuarenta años haciendo eso.
—¡Fuera!
—Esta vez no.
Daniel miró a su madre.
—¿Quién es?
Doña Guadalupe parecía buscar una salida.
—Un conocido.
Rafael soltó una sonrisa triste.
—Fui más que eso.
El silencio se volvió insoportable.
Mariana tomó la mano de Daniel.
—Señor —dijo ella—, ¿qué relación tiene con mi esposo?
Rafael bajó la mirada.
—Soy su padre.
Patricia dejó escapar una risa nerviosa.
—No manches.
Don Ernesto dio la vuelta a la mesa y empujó a Rafael del pecho.
—¡Eres un mentiroso!
Rafael perdió el equilibrio, pero no cayó.
Daniel se interpuso.
—No lo toque.
Don Ernesto lo miró, herido.
—¿Ahora lo defiendes?
—Estoy tratando de entender.
Doña Guadalupe comenzó a llorar de verdad.
No con el llanto controlado de antes.
Esta vez se dobló sobre sí misma.
Patricia la sostuvo.
—Mamá, di que no es cierto.
Doña Guadalupe no pudo.
Eso fue la respuesta.
Daniel sintió que el salón se alejaba.
Las lámparas doradas parecían borrosas.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó a Don Ernesto.
Él apretó los puños.
—No sabía nada.
Rafael lo miró.
—Sí sabías.
Don Ernesto volteó.
—Cállate.
—Lo supiste desde antes de casarte con ella.
Daniel sintió que el aire faltaba.
—¿Qué?
Rafael sacó unos documentos del sobre.
—Guadalupe y yo fuimos novios. Ella quedó embarazada. Mi familia era pobre. Yo trabajaba en una fábrica. Ernesto ya tenía el negocio de su padre y le ofreció casarse con ella.
Doña Guadalupe se cubrió el rostro.
—No sigas.
—Me dijeron que el niño había muerto.
Daniel apoyó una mano en la mesa.
—¿Quién te dijo eso?
Rafael señaló a Don Ernesto.
—Él.
Las miradas cayeron sobre el hombre que durante años había exigido respeto en cada reunión familiar.
Don Ernesto apretó la mandíbula.
—Era lo mejor para todos.
—¿Lo mejor? —preguntó Daniel.
—Yo te crié.
—¿Sabiendo que no era tu hijo?
—Te di mi apellido.
—Y me lo cobraste todos los días.
Don Ernesto se puso rojo.
—Todo lo que tienes comenzó conmigo.
Daniel soltó una risa amarga.
—No. Todo lo que tengo comenzó cuando entendí que no podía depender de ti.
Rafael colocó los papeles sobre la mesa.
Había fotografías.
Una mostraba a Doña Guadalupe joven, embarazada, junto a él.
Otra era una carta firmada por ella.
Otra contenía una prueba de ADN.
Daniel la tomó.
—¿Qué es esto?
Rafael tragó saliva.
—Hace seis meses me contactaron.
—¿Quién?
Rafael miró hacia Doña Guadalupe.
Ella levantó lentamente el rostro.
—Yo.
Don Ernesto se volvió hacia su esposa.
—¿Tú?
Doña Guadalupe respiró con dificultad.
—Me diagnosticaron insuficiencia renal.
Capítulo completado
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