Eleanor apenas había dado tres pasos por el pasillo central cuando vio a Isabella junto al altar.
Capítulo 1
Eleanor apenas había dado tres pasos por el pasillo central cuando vio a Isabella junto al altar.
La novia llevaba un vestido marfil cubierto de encaje francés, un velo que rozaba el piso y la misma sonrisa impecable que había mostrado durante meses en fotografías, cenas de compromiso y reuniones familiares.
Eleanor sonrió y abrió los brazos.
—Mi niña…
Isabella retrocedió antes de que pudiera tocarla.
No fue un movimiento discreto. Dio un paso completo hacia atrás, levantó una mano y torció el rostro con una expresión de disgusto tan evidente que varias personas de las primeras filas alcanzaron a verla.
—No me abraces —dijo—. Hueles a granja. Aléjate de mí.
La iglesia quedó en silencio.
Eleanor permaneció con los brazos abiertos durante un segundo que pareció demasiado largo. Después los bajó lentamente, tratando de controlar el temblor de sus manos.
Había salido de casa antes del amanecer para llegar a tiempo. Había alimentado a las gallinas, revisado una cerca dañada por la tormenta de la noche
anterior y ayudado a sacar un becerro recién nacido de un corral inundado.
Se había bañado dos veces.
Había usado el perfume que Charles le regaló en Navidad.
Pero Isabella no hablaba realmente del olor.
Todos lo entendieron.
Aquello era sobre quién era Eleanor.
Una mujer de sesenta y cuatro años que había pasado casi toda su vida trabajando la misma granja que su esposo, Thomas, había heredado de su padre. Una mujer cuyas manos conservaban pequeñas cicatrices de alambre, herramientas y años de trabajo.
Isabella miró alrededor como si esperara que los invitados comprendieran la broma.
—Ay, no pongas esa cara —añadió—. Solo digo que este vestido costó demasiado como para terminar oliendo a establo antes de la ceremonia.
Dos mujeres cercanas a su familia soltaron una risa nerviosa.
Eleanor sintió que algo le cerraba la garganta.
No respondió.
Entonces Charles se movió.
Hasta ese momento, el novio había
permanecido junto al altar conversando con el sacerdote y con su padrino. Caminó directamente hacia ellas.
—Isabella.
Ella giró.
—¿Qué?
—Discúlpate con mi madre.
Su sonrisa cambió.
—Charles, por favor.
—Discúlpate.
—Solo fue una broma.
—No tuvo nada de gracioso.
Isabella suspiró y miró hacia las bancas.
—¿De verdad vas a hacer una escena cinco minutos antes de nuestra boda?
Charles no levantó la voz.
Eso hizo que el momento resultara todavía más incómodo.
—Tú hiciste la escena.
La madre de Isabella, Victoria, se puso de pie desde la primera fila.
—Charles, todos estamos nerviosos. No conviertas un comentario desafortunado en un desastre.
Eleanor reaccionó por fin.
—Está bien.
Charles la miró.
—Mamá…
—No pasa nada.
—Sí pasa.
Eleanor trató de sonreír.
—Hoy debería ser un día feliz.
Isabella cruzó los brazos.
—¿Ves? Ella entiende.
Charles volvió lentamente la mirada hacia su prometida.
Algo cambió en su rostro.
Durante los
últimos dos años había escuchado comentarios que en aquel momento comenzaron a regresar con un significado distinto.
Isabella diciendo que la casa de Eleanor era “rústica”.
Isabella negándose a pasar Navidad en la granja porque “no había nada que hacer ahí”.
Isabella bromeando con sus amigas acerca de que algún día convencería a Charles de vender “ese montón de tierra”.
Charles había discutido con ella algunas veces.
Otras había dejado pasar los comentarios.
Y por primera vez comprendió que cada silencio suyo también había sido una elección.
Miró a Eleanor.
Su madre había preparado personalmente ciento veinte frascos pequeños de miel para colocarlos como recuerdos en las mesas de la recepción.
Isabella los había rechazado.
“Se ven demasiado caseros.”
Eleanor no se había quejado.
Cuando Isabella quiso orquídeas importadas en vez de flores locales, Eleanor tampoco dijo nada.
Cuando la lista de invitados pasó de ciento veinte a doscientas personas, tampoco.
Cuando decidieron comprar una casa antes de casarse, Eleanor fue la primera en ofrecer ayuda.
Charles respiró profundamente.
Luego extendió la mano.
—Quítatelo.
Isabella parpadeó.
—¿Qué?
Charles señaló el anillo de compromiso.
—El anillo. Quítatelo.
Por primera vez, la novia dejó de sonreír.
—Charles…
—Esta boda se acabó.
Un murmullo atravesó la iglesia.
Victoria caminó hacia ellos.
—¿Te volviste loco?
—No.
—Hay doscientas personas aquí.
—Lo sé.
—La recepción está pagada.
—Lo sé.
—Los fotógrafos, la música, las flores…
Charles mantuvo los ojos sobre Isabella.
—Lo sé.
Ella bajó la voz.
—No puedes cancelar nuestra boda por una frase.
—No la estoy cancelando por una frase.
Isabella apretó la mandíbula.
—Entonces, ¿por qué?
Charles miró a su madre.
Eleanor había bajado la cabeza.
Y Charles comprendió que esa pregunta era exactamente el problema.
Isabella realmente no sabía.
No entendía qué había hecho.
—Porque acabas de humillar a la mujer que más ha sacrificado por nosotros —respondió— y ni siquiera te importa.
—¿Nosotros?
La palabra salió acompañada de una pequeña carcajada incrédula.
—Charles, tu mamá vive en una granja.
Eleanor levantó la vista.
Charles quedó inmóvil.
Isabella continuó, sin darse cuenta de que acababa de empeorar todo.
—Mi familia ha pagado prácticamente todo lo importante para que nosotros pudiéramos empezar nuestra vida. La casa, los contactos, la recepción…
—¿La casa?
Capítulo completado
Has llegado al final de este capítulo.
Seguir leyendo
Más mundos en los que perderte después de este capítulo.