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MI HIJA DEJÓ A SUS HIJOS CONMIGO POR UNA HORA Y DESAPARECIÓ DOS DÍAS
Capítulo 3 / 7

Capítulo 3

LOS DEJÓ EN MI PUERTA

1548 palabras

Por un instante pensé que Natalia estaría bajando por el elevador para buscar algo en el carro.

Me asomé al pasillo.

Vacío.

—¿Dónde está su mamá? —pregunté.

Mateo señaló hacia el elevador.

—Se fue.

—¿Se fue?

—Dijo que tenía prisa.

Sentí una presión en el pecho.

—¿Les dijo cuánto tiempo se quedarían conmigo?

Sofía negó con la cabeza.

Mateo respondió:

—Hasta que salgas del trabajo.

Miré el reloj.

Yo tenía que estar en una reunión a las ocho y media.

Tomé el teléfono y marqué a Natalia.

Contestó al tercer intento.

—¿Qué pasó?

—¿Qué pasó? Dejaste a los niños afuera de mi departamento.

—No estaban afuera. Ya sabía que estabas en casa.

—Te dije anoche que no podía cuidarlos.

—Mamá, era una emergencia.

—Entonces debiste tocar la puerta y hablar conmigo.

—No tenía tiempo.

—Regresa.

—Ya voy manejando.

—Pues da la vuelta.

—No puedo.

Su voz sonaba irritada, no preocupada.

—Natalia, regresa por tus hijos.

—Mamá, tengo una junta.

—Yo también.

—La mía es importante.

Me quedé

helada.

—¿Y la mía no?

—No quise decir eso.

—Sí lo dijiste.

Mateo y Sofía me observaban.

Bajé la voz.

—No voy a discutir frente a ellos. Necesito que regreses.

—No puedo, mamá. Hazme este favor.

—No es un favor si me lo impones.

—Te llamo luego.

—Natalia…

Colgó.

Me quedé mirando el teléfono.

Durante años, cada vez que ella hacía algo así, yo resolvía el problema primero y reclamaba después.

Y como siempre terminaba resolviéndolo, para Natalia nunca existían consecuencias.

Pero había dos niños frente a mí.

No podía cerrarles la puerta para enseñarle una lección a su madre.

Los hice pasar.

Llamé a mi trabajo y expliqué que llegaría tarde.

Luego llamé a Ricardo.

—Los dejó en mi puerta esta mañana.

—¿Qué?

—Sin avisar. Yo le había dicho que no podía cuidarlos.

Ricardo tardó menos de veinte minutos en llegar.

Cuando Mateo lo vio, corrió hacia él.

Sofía

también.

Aquella reacción me produjo alivio y tristeza al mismo tiempo.

—Yo me los llevo —dijo Ricardo.

—¿Puedes?

—Sí. Voy a mover unas cosas.

Antes de salir, me miró.

—Elena, esto ya no es solamente desorganización.

Lo sabía.

Ese día, durante mi reunión, apenas pude concentrarme.

A mediodía Natalia me mandó un mensaje.

“Gracias por ayudarme.”

No respondí.

Una hora después:

“¿A qué hora recojo a los niños?”

Contesté:

“Ricardo vino por ellos.”

La llamada llegó inmediatamente.

—¿Por qué llamaste a Ricardo?

—Porque yo tenía que trabajar.

—Te dije que yo iba por ellos.

—No dijiste a qué hora.

—No tenías derecho a meterlo.

—Es su padre.

—Sabes cómo es.

—Sé que vino por sus hijos cuando lo llamé.

Natalia se quedó callada.

—¿Qué le dijiste?

—La verdad.

—¿Qué verdad?

—Que los dejaste en mi puerta después de que te dije que no podía cuidarlos.

—Mamá, me estás haciendo quedar

como una irresponsable.

—Yo no estoy haciendo que quedes de ninguna manera. Estoy contando lo que pasó.

—No sabes todo lo que estoy viviendo.

—Entonces cuéntamelo.

Silencio.

Por un momento pensé que finalmente iba a abrirse conmigo.

—No puedo hablar ahora —dijo.

—¿Cuándo?

—Luego.

—Eso dijiste el viernes.

Colgó otra vez.

Aquella tarde Ricardo me llamó.

Natalia había ido a su casa a buscar a los niños y habían discutido.

—Quiere llevárselos —me dijo.

—¿Y tú qué vas a hacer?

—Hoy se quedan conmigo.

—¿Puede hacer eso?

—Tenemos custodia compartida. Hoy, de hecho, me correspondían desde la tarde. Ella solo iba a tenerlos hasta después de la escuela.

Eso significaba que ni siquiera necesitaba dejarlos conmigo todo el día.

—Entonces, ¿por qué los trajo?

—No sé.

La respuesta llegó unas horas después.

Una amiga de Natalia, Karla, me escribió.

No éramos cercanas, pero nos conocíamos desde hacía años.

“Señora Elena, perdón que me meta, pero creo que debería hablar con Natalia.”

Contesté que llevaba días intentándolo.

Karla llamó.

—No quiero meterla en problemas —dijo—, pero esto se está saliendo de control.

Sentí que el cuerpo se me tensaba.

—¿Qué está pasando?

—Natalia lleva meses diciendo que está saturada. Yo pensé que era por el divorcio y el trabajo. Empezó a salir más, a irse fines de semana, a apagar el teléfono.

—¿Con quién?

—Con varias amigas. A veces con un hombre que conoció hace poco.

No me interesaba juzgar su vida sentimental.

—¿Estuvo con ustedes este fin de semana?

Karla dudó.

—El viernes sí. Fuimos a un hotel con spa. Yo me regresé el sábado porque mi hija se enfermó. Natalia decidió quedarse.

—¿Sabías que me había dicho que regresaría por sus hijos en una hora?

—No.

La vergüenza en su voz parecía genuina.

—Nos dijo que los niños estaban con usted todo el fin de semana porque ya lo habían planeado.

Cerré los ojos.

Otra mentira.

—¿Y hoy?

—Hoy no tenía ninguna junta.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Cómo sabes?

—Porque me pidió que fuera con ella a desayunar. Le dije que no podía.

Recordé la llamada de la mañana.

“La mía es importante.”

No había junta.

Había dejado a sus hijos en mi puerta para irse a desayunar.

—Gracias por decírmelo.

—Señora Elena, Natalia no era así.

Eso era lo más doloroso.

Yo también lo sabía.

Mi hija había sido responsable, trabajadora y profundamente cariñosa con sus hijos.

Después del divorcio empezó a cambiar.

Al principio eran cosas pequeñas.

Llegaba tarde.

Olvidaba citas.

Gastaba más de lo que podía.

Después empezó a pedir ayuda con mayor frecuencia.

Yo pensé que estaba pasando una mala etapa.

Quizá todavía lo estaba.

Pero una mala etapa no convertía en aceptable dejar a dos niños esperando.

Esa noche Natalia llegó a mi departamento.

Esta vez sí tocó.

Abrí, pero no la invité a pasar.

—¿Le hablaste a Karla? —preguntó.

—Ella me habló.

—No tenía derecho.

—¿Y tú tenías derecho a mentirme?

Natalia apretó la mandíbula.

—No entiendes.

—Entonces explícame.

—Estoy cansada, mamá.

—Todos estamos cansados.

—No como yo.

—No voy a competir contigo para decidir quién está más agotada.

—Desde el divorcio todo cae sobre mí.

—Ricardo tiene a los niños la mitad de la semana.

—No es lo mismo.

—Puede que no. Pero sigues siendo su mamá.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Por un momento vi a mi hija, no a la mujer desafiante de los últimos días.

—Siento que no puedo respirar —dijo.

Mi enojo cedió un poco.

—Entonces necesitas ayuda.

—Necesito que dejen de juzgarme.

—Ayudarte no significa fingir que esto está bien.

—¿Ya estás de su lado?

—No hay lados.

—Siempre hay lados.

—Yo estoy del lado de Mateo y Sofía.

Eso la hirió.

Lo vi en su cara.

—Claro —dijo—. Ahora resulta que soy una pésima madre.

—Yo no dije eso.

—No hace falta.

—Natalia, escucha lo que sí estoy diciendo. Estás haciendo cosas que están lastimando a tus hijos. Eso puede cambiar, pero primero tienes que dejar de actuar como si todos los demás fueran el problema.

Se secó una lágrima con rabia.

—No necesito un sermón.

—Entonces dime qué necesitas.

—Dinero.

La palabra me tomó por sorpresa.

—¿Dinero?

—Estoy atrasada con la renta.

—¿Cuánto?

—Dos meses.

—¿Cómo?

Yo sabía cuánto ganaba.

No era rica, pero tenía un empleo estable.

—He tenido gastos.

—¿Qué gastos?

—Cosas.

—¿Cuánto necesitas?

—Treinta mil pesos.

Me quedé mirándola.

—¿Treinta mil?

—Te los regreso.

La vieja Elena habría ido por la computadora para hacer la transferencia.

Esa noche no.

—Primero quiero ver tus cuentas.

Natalia retrocedió como si la hubiera insultado.

—¿Perdón?

—Si quieres que te preste treinta mil pesos porque no puedes pagar la renta, necesito saber qué está pasando.

—No soy una niña.

—Entonces no me pidas que resuelva tus problemas como si lo fueras.

Su rostro cambió.

—Olvídalo.

Se dio la vuelta.

—Natalia.

No se detuvo.

—No vuelvas a dejar a los niños en mi puerta sin mi permiso.

Giró la cabeza.

—No te preocupes. No volveré a pedirte nada.

Se fue.

A la mañana siguiente recibí una llamada de la escuela de Mateo.

La secretaria habló con mucha cautela.

—Señora Elena, su número aparece como contacto de emergencia.

—Sí.

—Necesitamos localizar a la mamá de Mateo.

—¿Qué pasó?

—Mateo está bien, pero hoy vino sin almuerzo y nos dijo que anoche durmió en casa de su papá. El problema es que su hermana Sofía no llegó a clases y nadie responde el teléfono de la señora Natalia.

Me puse de pie.

—¿Sofía está con Natalia?

—Eso creemos.

Marqué a mi hija.

Una vez.

Dos.

Cinco.

Nada.

Llamé a Ricardo.

—Mateo está en la escuela —me dijo—. Yo lo llevé. Natalia recogió a Sofía anoche porque hoy tenía una actividad especial con ella.

—Sofía no llegó.

Silencio.

—Voy para su departamento.

Yo también fui.

Llegamos casi al mismo tiempo.

El carro de Natalia estaba estacionado afuera.

Subimos.

Tocamos.

Nada.

Ricardo golpeó más fuerte.

—¡Natalia!

Escuchamos movimiento.

Finalmente abrió.

Tenía el cabello desordenado y los ojos hinchados.

—¿Qué hacen aquí?

Miré detrás de ella.

Sofía estaba sentada frente al televisor, todavía en pijama.

—¿Por qué no fue a la escuela? —preguntó Ricardo.

Natalia se llevó una mano a la frente.

—Me quedé dormida.

—Son casi las once.

—Ya sé.

Sofía nos miraba.

Bajé la voz.

—Natalia, esto no puede seguir así.

—Estoy bien.

—No, hija.

Por primera vez no lo dije con enojo.

Lo dije con miedo.

—No estás bien.

Natalia me miró.

Y entonces empezó a llorar.

Capítulo completado

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