Pero a unos cientos de metros, detrás de los árboles, un automóvil negro acababa de tomar el camino que rodeaba el parque.
Capítulo 2
Pero a unos cientos de metros, detrás de los árboles, un automóvil negro acababa de tomar el camino que rodeaba el parque.
Adriana Valdés miraba documentos en una tableta desde el asiento trasero.
A los treinta y nueve años dirigía una empresa tecnológica que había convertido en una corporación internacional. Esa mañana había salido de una reunión que llevaba semanas preparando y lo único que quería era llegar a casa, quitarse los tacones y llamar a su madre.
—Por aquí llegamos más rápido —dijo el conductor.
Adriana apenas levantó la vista.
—Está bien.
El vehículo avanzó lentamente por una curva.
Entonces Adriana escuchó algo.
Un grito.
Al principio pensó que provenía de unos jóvenes.
Luego volvió a escucharlo.
Más débil.
Más desesperado.
Levantó la cabeza.
—Detente.
—¿Señora?
—Detén el auto.
El conductor frenó.
Adriana bajó la ventanilla.
A través de los árboles distinguió dos figuras.
Una mujer de pie.
Otra persona junto a un árbol.
No veía los rostros.
La distancia era demasiado grande.
Entonces ocurrió algo que hizo que se le
cerrara el estómago.
La mujer de pie levantó el brazo.
Y golpeó.
—¿Qué demonios…?
Adriana abrió la puerta.
—Señora Valdés, espere.
No escuchó al conductor.
Comenzó a correr.
Los tacones se hundían en la tierra, así que se quitó uno y después el otro sin detenerse.
A cada paso la escena se volvía más clara.
La mujer del abrigo beige giró la cabeza.
La persona junto al árbol levantó lentamente el rostro.
Adriana redujo el paso.
Durante un segundo, su cerebro se negó a reconocer lo que estaba viendo.
Cabello gris.
Blusa azul.
Un pequeño dije dorado alrededor del cuello.
El mismo que Adriana le había regalado en el cumpleaños número sesenta de su madre.
—¿Mamá?
Elena abrió los ojos.
—Adriana…
El mundo pareció detenerse.
Adriana vio las marcas en el rostro de su madre.
Las manos atadas.
La cinta alrededor del árbol.
Y luego miró a Verónica.
—Aléjate de
ella.
Verónica dio un paso atrás.
—Esto no es lo que parece.
Adriana caminó hacia ella.
No gritó.
No necesitaba hacerlo.
—Aléjate. De. Mi. Madre.
El conductor apareció detrás de Adriana mientras llamaba a emergencias.
Verónica miró alrededor.
Por primera vez, parecía comprender que ya no controlaba la situación.
—Ella me robó algo.
—Entonces llamabas a la policía —respondió Adriana—. No atabas a una mujer de sesenta y ocho años a un árbol.
Adriana llegó hasta Elena y empezó a soltar la cinta con manos temblorosas.
—Mamá, mírame.
Elena lo hizo.
—Estoy bien.
—No estás bien.
—Puedo caminar.
Adriana respiró con dificultad.
Quería abrazarla.
Quería perseguir a Verónica.
Quería entender.
Pero su madre le apretó la mano.
—Mateo.
Adriana se quedó inmóvil.
—¿Qué pasa con Mateo?
Elena miró hacia Verónica.
El rostro de aquella mujer cambió.
No fue miedo.
Fue alarma.
—Mamá —insistió Adriana—. ¿Qué pasa con el niño?
Elena
tragó saliva.
—Todo esto empezó porque Mateo encontró algo.
Y entonces Adriana comprendió que lo ocurrido en el parque no era el principio del problema.
Era la consecuencia.
Los paramédicos llegaron doce minutos después.
Elena tenía moretones en el rostro y los brazos, pequeñas abrasiones alrededor de las muñecas y una presión arterial mucho más alta de lo habitual. Aunque insistió en que no necesitaba hospitalización, aceptó ir a una clínica para ser examinada.
Verónica intentó marcharse antes de que llegara la policía.
El conductor de Adriana se interpuso a varios metros de distancia, sin tocarla.
—No puede retenerme —dijo ella.
—Yo no lo estoy haciendo.
Señaló discretamente hacia el acceso.
Dos patrullas acababan de entrar al parque.
Adriana acompañó a su madre en la ambulancia.
Durante el trayecto apenas hablaron.
Adriana sostenía la mano de Elena y observaba las marcas rojizas alrededor de sus muñecas.
—¿Por qué no me llamaste?
Elena desvió la mirada.
—Estabas trabajando.
—¿Eso qué tiene que ver?
—Mucho, cuando durante veinte años te he visto cargar problemas que no te corresponden.
Adriana soltó su mano.
—¿Te estaban amenazando?
Elena guardó silencio.
Eso fue respuesta suficiente.
—Mamá.
—No sabía hasta dónde iba a llegar.
Adriana cerró los ojos.
Desde adolescente había conocido ese defecto de su madre: Elena era capaz de soportar demasiado si creía que con eso protegía a alguien más.
Durante años, Adriana había admirado esa fortaleza.
En aquel momento le daba miedo.
En la clínica, el médico confirmó que no había fracturas ni signos evidentes de lesión grave, aunque recomendó observación, control del dolor y seguimiento debido a los golpes.
La policía tomó fotografías de las lesiones.
Después pidió sus declaraciones por separado.
Verónica contó una historia distinta.
Dijo que Elena había robado su teléfono, la había amenazado y luego había intentado atacarla en el parque.
La cinta, según ella, había sido utilizada únicamente para impedir que Elena “se lastimara”.
Cuando Adriana escuchó esa versión, sintió una mezcla de rabia y asombro.
—¿En serio dijo eso?
El agente no respondió a la pregunta.
—Estamos documentando ambas versiones.
—Mi conductor vio a mi madre atada.
—Y su testimonio será incluido.
Elena permaneció callada.
Hasta que el agente preguntó por el teléfono.
—No lo tengo conmigo.
—¿Dónde está?
Elena miró a Adriana.
—En mi casa.
Dos horas después, acompañadas por un investigador, fueron a recogerlo.
Elena lo había guardado dentro de una caja de costura.
No lo había escondido para chantajear a nadie.
Lo había escondido porque Mateo se lo entregó temblando y le pidió que no se lo devolviera a su madre.
El dispositivo quedó bajo resguardo para determinar qué podía revisarse legalmente y qué resultaba relevante.
Adriana no pidió verlo.
Sin embargo, necesitaba saber lo que Mateo había contado.
Esa noche, sentadas en la cocina de Elena, su madre finalmente le explicó todo.
—El niño lleva semanas extraño.
—¿Verónica le pega?
—No lo sé.
—¿Te dijo algo?
—No exactamente.
Elena se pasó una mano por la frente.
—Eso es lo que más me preocupa. Hace preguntas. Preguntas que un niño de ocho años no debería estar haciendo.
—¿Como cuáles?
Elena la miró.
—Si es malo guardar secretos cuando un adulto te dice que los guardes. Si alguien puede ir a prisión por gritar mucho. Si una mamá puede mandar lejos a su hijo porque está enojada.
Adriana sintió un nudo en el estómago.
—¿Dónde está Mateo ahora?
—Con su padre.
Adriana parpadeó.
—Pensé que Verónica estaba separada.
—Lo está. Arturo se llevó al niño hace dos días después de una discusión. No sé exactamente qué pasó.
Adriana tomó su teléfono.
—Voy a localizarlo.
—Adriana.
—Mamá, alguien te amarró a un árbol porque un niño encontró algo en un teléfono. Ya no estamos en una situación donde podamos fingir que esto es una pelea familiar.
Elena no discutió.
Capítulo completado
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