No quise creerle a Camila.
Capítulo 3
No quise creerle a Camila.
No porque pensara que estaba mintiendo, sino porque una madre aprende a encontrar explicaciones para sus hijos incluso cuando las explicaciones empiezan a acabarse.
Volví a mirar la pantalla.
—¿Quién escribió esto?
—Iván.
—Ya veo que lo escribió él. ¿A quién se lo mandó?
—A Mauricio Salas, su socio.
Conocía el nombre. Iván había mencionado a Mauricio varias veces desde que abrió su despacho de consultoría. Siempre hablaba de proyectos, inversionistas, desarrollos y reuniones. Yo entendía poco de ese mundo, pero estaba orgullosa de que mi hijo se moviera entre personas que yo solo veía en revistas.
—Tal vez estás entendiendo mal.
Camila deslizó el dedo.
Había más mensajes.
“Con la boda se acaba la resistencia de tu papá.”
“Necesitamos la firma antes de diciembre.”
“Si Arturo entra, los demás inversionistas entran solos.”
No había una frase que dijera “me caso contigo por dinero”. Pero tampoco parecía una conversación inocente.
—¿Cómo encontraste esto?
—Anoche Iván dejó abierta su sesión en mi computadora. Yo iba a cerrar la ventana y vi el nombre de mi papá.
—¿Y le preguntaste?
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Que es un proyecto legítimo y que nunca pensó usarme.
—¿Le creíste?
Camila tardó demasiado en responder.
—No sé.
Le puse otro tamal en el plato aunque no había terminado el primero.
—No necesito otro.
—No es para que te lo comas. Es para que tengas algo que hacer con las manos.
Eso la hizo sonreír.
Me senté frente a ella.
—Camila, yo no puedo juzgar una relación que no conozco por dentro.
—Pero usted conoce a Iván.
—Lo conozco como madre. No necesariamente como pareja.
Ella bajó la mirada.
—Anoche me dijo que usted siempre exagera las cosas.
Me quedé quieta.
—¿Cuáles cosas?
—Dijo que usted usa todo lo que sacrificó por él para hacerlo sentir culpable.
Aquello
dolió más de lo que esperaba.
Durante años había evitado recordarle lo que me costó sacarlo adelante precisamente porque no quería convertir el amor en una factura.
—Tal vez él lo siente así.
—¿Es verdad?
—Lo que él siente es verdad para él, aunque yo no lo entienda.
Camila negó con la cabeza.
—No sé cómo puede defenderlo después de lo de anoche.
—No lo estoy defendiendo. Estoy tratando de no condenarlo antes de escucharlo.
A las siete y cuarto llegó Iván.
Se bajó del carro tan rápido que dejó la puerta abierta.
—Camila.
Ella se puso de pie.
—¿Cómo supiste que estaba aquí?
—Tu ubicación.
—Claro.
Iván me miró.
—Mamá, necesito hablar con ella.
—Hablen.
—A solas.
—Este es mi puesto.
Camila levantó una mano.
—Está bien, Chela.
Se alejaron unos metros.
Yo fingí concentrarme en los clientes, pero no podía evitar verlos. Iván hablaba con las manos. Camila
permanecía rígida.
Después de varios minutos regresaron.
—Mamá —dijo Iván—, dile que jamás me acercaría a ella por dinero.
—Eso tienes que demostrárselo tú.
—Pero tú sabes cómo soy.
—Sí. Y anoche también descubrí cosas de ti que no sabía.
Su mandíbula se tensó.
—¿Por lo de los tamales otra vez?
—No. Por lo fácil que te resultó pedir que escondiera una parte de nuestra vida.
—Mamá, no mezcles.
—Todo está mezclado cuando uno empieza a mentir.
Camila cerró los ojos.
Iván respiró hondo.
—El proyecto existe desde antes de conocer a Camila. Mauricio y yo llevamos tres años trabajando en él. Arturo tiene contactos e inversión suficiente para destrabarlo, sí. ¿Eso significa que me enamoré de su hija por eso? No.
—Entonces, ¿por qué escribiste que después de la boda tendría que aceptar? —preguntó ella.
—Porque Mauricio estaba desesperado y yo fui un idiota.
—Eso no explica nada.
—Pensé que al conocerme mejor tu papá confiaría en mí.
Camila soltó una risa amarga.
—¿Y casarte conmigo era parte de que te conociera mejor?
—No.
—¿Seguro?
Iván se quedó sin palabras.
Yo vi en su rostro algo que conocía desde niño: el momento exacto en que se daba cuenta de que una mentira pequeña había crecido demasiado.
Camila recogió su bolsa.
—Necesito tiempo.
—Camila…
—No me sigas.
Subió a su auto y se fue.
Iván pateó suavemente una llanta del suyo.
—Perfecto.
—No hagas eso.
—¿Qué quieres que haga?
—Empezar por dejar de comportarte como si todo lo que te pasa fuera culpa de los demás.
Se volvió hacia mí.
—¿Ahora tú también?
—Yo desde antes.
—¿Le contaste algo?
—Ella vino con los mensajes.
Iván se pasó las manos por la cara.
—No entiendes cómo funciona mi trabajo.
—Probablemente no.
—Ese proyecto puede cambiar mi vida.
—¿Y qué vida quieres cambiar?
—Mamá, por favor.
—Te estoy preguntando en serio. Tienes casa, trabajo, salud. Ibas a casarte con una mujer que te quiere. ¿Qué parte de tu vida te parece tan poca?
Iván miró mi puesto.
Fue apenas un segundo.
Pero lo vi.
—Ya entendí —dije.
—No, no entendiste.
—Sí. Sigues corriendo para alejarte de aquí.
—¡Porque yo no quiero pasar mi vida en una esquina!
Un cliente volteó.
Iván bajó la voz.
—Tú decidiste esto. Yo no.
—Nunca te pedí que lo decidieras.
—Pero crecí aquí, mamá. Crecí oliendo a masa, escuchando cómo la gente regateaba dos pesos, viendo cómo te quemabas las manos. En la escuela se burlaban de mí.
Me sorprendió.
—Nunca me lo dijiste.
—¿Para qué? ¿Para que te sintieras peor?
—Para poder ayudarte.
—No podías.
—Tal vez sí.
Iván negó.
—Yo juré que iba a salir de esto.
—Y saliste.
—No del todo.
Ahora entendía.
No estaba avergonzado de los tamales.
Estaba aterrorizado de volver a ser el niño que los vendía conmigo.
—Hijo —dije—, salir de la pobreza no significa fingir que nunca estuviste ahí.
—Es muy fácil decirlo cuando no tienes que sentarte con inversionistas que te miden por el apellido, la escuela y el código postal.
—Y es muy fácil culpar a tu origen cuando haces algo que sabes que está mal.
No respondió.
Se fue sin despedirse.
Ese mismo día Arturo volvió.
Esta vez llegó sin traje. Se sentó en el mismo banco donde había estado Camila.
—Un verde.
—¿También vienes a llorar?
—Todavía no.
Le serví.
Arturo comió en silencio.
—Camila me contó lo del proyecto.
—Eso es asunto de ustedes.
—El proyecto es conmigo.
—Pero la relación es de ellos.
Asintió.
—Por eso no voy a intervenir en la boda.
—Bien.
—Pero sí voy a revisar lo que Iván y su socio me presentaron.
—También bien.
Me miró.
—¿Sabe qué es lo raro? Ayer, cuando vi a Iván avergonzado de usted, me enojé muchísimo.
—No deberías.
—Hoy recordé que yo hice algo parecido.
Me sorprendí.
—¿Tú?
—Cuando empecé a trabajar en una firma importante, mi mamá todavía limpiaba casas. Una vez llegó a la oficina a llevarme comida. Yo le pedí al guardia que dijera que no estaba.
Arturo miró el tamal.
—Ella murió sin saber que hice eso.
No dije nada.
—Por eso reaccioné así con Iván. No solo estaba juzgándolo a él. Estaba viendo al muchacho que yo fui.
—Entonces no lo destruyas por un error que tú también cometiste.
—No pienso hacerlo.
—Pero tampoco le regales el proyecto.
—Eso jamás.
Sonreí.
—Ahí sí estamos de acuerdo.
Durante los días siguientes no vi a Iván.
Camila tampoco volvió.
Yo trabajé como siempre.
Hasta que el viernes por la tarde apareció Mauricio Salas.
Lo reconocí por fotografías.
Traía camisa blanca, lentes oscuros y una sonrisa demasiado segura.
—¿Doña Chela?
—Depende de quién pregunte.
—Soy socio de Iván.
—Ya sé.
Se quitó los lentes.
—Necesito hablar con usted.
—Si quieres tamales, todavía tengo verdes.
—No vine por tamales.
—Entonces llegaste al negocio equivocado.
No se rió.
—Iván está a punto de perder algo por lo que trabajó durante años.
—Que hable con Arturo.
—Arturo no quiere recibirnos.
—Será por algo.
Mauricio se acercó un poco.
—Usted tiene influencia sobre él.
Dejé las pinzas sobre la mesa.
—No.
—La tiene. Y mucha.
—No voy a usarla.
—No le estoy pidiendo nada malo. Solo que le diga que escuche la propuesta.
—Si la propuesta es buena, no necesita que una tamalera la empuje.
Su sonrisa desapareció.
—Con todo respeto, señora, usted no entiende el tamaño de esto.
—Eso mismo me dijo mi hijo.
—Estamos hablando de cientos de millones de pesos.
—Y yo estoy hablando de mi hijo.
Mauricio guardó silencio.
—Dígale a Iván que venga a hablar conmigo cuando quiera. Pero tú no vuelvas a buscarme para convertir una deuda vieja de Arturo en una palanca.
Se puso los lentes.
—No era mi intención.
—Qué bueno.
Antes de irse, se volvió.
—Iván tenía razón en algo.
—¿En qué?
—Para gente como nosotros, venir de abajo nunca deja de costar.
—Entonces procura que lo que pagues no sea tu dignidad.
Se fue.
Esa noche, al cerrar el puesto, encontré un sobre debajo de una de las mesas.
Pensé que algún cliente lo había olvidado.
Tenía mi nombre escrito.
Dentro había copias de documentos de una empresa.
No entendí casi nada.
Pero reconocí dos nombres.
Mauricio Salas.
Iván Mendoza.
Y en una hoja marcada con plumón amarillo había una cifra: 18 millones de pesos.
Debajo, una nota escrita a mano:
“Pregúntele a su hijo de dónde salió este dinero.”
Por primera vez desde que empezó todo, sentí miedo de verdad.
Capítulo completado
Has llegado al final de este capítulo.
Seguir leyendo
Más mundos en los que perderte después de este capítulo.