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Antes de echar a su esposo de casa, Sofía olvidó que él conocía el secreto que podía destruirla
Capítulo 9 / 11

Capítulo 9

La reunión donde todos esperaban verlo derrotado

1934 palabras

Chapter 9: La reunión donde todos esperaban verlo derrotado

Mateo llegó a la oficina de Andrea Morales a las ocho y media de la mañana siguiente.

Llevaba la caja de documentos de su padre, la carpeta azul, el teléfono de Daniel y las copias de las transferencias. Había dormido menos de tres horas, pero su mente estaba más clara que en cualquier otro momento de los últimos dos años.

Andrea lo recibió en la sala de reuniones.

Sobre la mesa había un mapa del terreno original, una copia del historial registral y una lista de documentos que la abogada había solicitado durante la noche.

—La situación es más complicada de lo que esperaba —dijo ella—, pero también hay algo a su favor.

Mateo se sentó.

—¿Qué encontró?

Andrea señaló el mapa.

—La venta del terreno se registró hace años, pero los derechos del fideicomiso no se actualizaron correctamente. Eso no significa automáticamente que usted sea propietario de toda la parcela, ni que la operación posterior sea inválida. Sin embargo, sí significa que nadie puede afirmar que

la cadena de titularidad está completamente resuelta.

Mateo sintió que una pequeña parte del peso que llevaba sobre los hombros comenzaba a ceder.

—¿Y los documentos que firmaron Gabriel y Daniel?

—Vamos a cuestionarlos formalmente. Necesitamos verificar si las firmas son auténticas, si se cumplieron las condiciones del fideicomiso y si hubo información engañosa. También he solicitado una copia certificada de los documentos notariales.

Andrea abrió otra carpeta.

—Hay algo más. La declaración jurada que usted encontró podría ser importante. Afirma que usted admitió haber falsificado documentos. Pero no hemos encontrado evidencia de que esa declaración se haya presentado ante una autoridad.

Mateo apretó los puños.

—¿Qué pasa si Gabriel la presenta hoy?

—Entonces responderemos con las pruebas disponibles y solicitaremos una investigación. No podemos controlar lo que él intente hacer, pero sí podemos preparar una respuesta documentada.

Mateo miró la hora.

La reunión con el abogado de Gabriel estaba

programada para las diez.

Sofía le había enviado tres mensajes desde temprano. El último decía:

Por favor, Mateo. Solo ven a escuchar. Si no firmas nada, Gabriel va a empeorar las cosas.

Mateo le mostró el mensaje a Andrea.

Ella lo leyó y se lo devolvió.

—No firme nada. Si necesita responder, diga que toda comunicación sobre las propiedades y las obligaciones financieras debe pasar por mí.

—¿Y mis hijas?

Andrea suavizó el tono.

—Su situación familiar es independiente de cualquier reclamación comercial. No podemos predecir cómo evolucionará un asunto de custodia, pero conviene que mantenga un registro de sus responsabilidades como padre y evite discusiones delante de las niñas.

Mateo asintió.

No quería utilizar a sus hijas como armas. Quería que pudieran crecer sin sentir que el amor de uno de sus padres exigía traicionar al otro.

A las nueve y cuarenta y cinco, Mateo y Andrea llegaron al

despacho donde se celebraría la reunión.

El edificio tenía una fachada de vidrio y un vestíbulo silencioso. En la recepción, una mujer les indicó que esperaran en una sala privada.

Gabriel ya estaba allí.

Llevaba un traje gris impecable, zapatos relucientes y un reloj que Mateo nunca había visto antes. A su lado estaba Sofía, con un vestido oscuro y los cabellos cuidadosamente peinados. Daniel no aparecía por ninguna parte.

Gabriel se levantó con una sonrisa.

—Mateo. Me alegra que hayas entrado en razón.

Mateo no le devolvió la sonrisa.

—Vine a escuchar.

—Excelente. Entonces podemos resolver esto hoy.

Gabriel extendió la mano hacia Andrea.

—¿Y usted es?

—Andrea Morales. Represento al señor Reyes en los asuntos relacionados con los documentos financieros y las propiedades familiares.

La sonrisa de Gabriel se tensó.

—Esto es una reunión familiar.

Andrea dejó su maletín sobre la mesa.

—Entonces no debería tener ningún problema con que las partes estén asesoradas.

Sofía miró a Mateo.

—¿De verdad trajiste una abogada?

—Sí.

—No era necesario llegar a esto.

Mateo sostuvo su mirada.

—Tú firmaste documentos para acusarme de fraude. Tu hermano utilizó mi empresa como garantía. Alguien comprometió la casa y ahora quieren que renuncie a los derechos de mi padre. ¿En qué momento pensaste que esto podía resolverse con una conversación familiar?

Sofía bajó la cabeza.

Gabriel intervino.

—No vamos a perder el tiempo discutiendo el pasado. El objetivo de hoy es firmar la transferencia pendiente y cerrar todos los asuntos.

Andrea abrió su carpeta.

—Antes de hablar de cualquier transferencia, necesitamos revisar la base legal de la operación.

Gabriel se reclinó en su silla.

—Los documentos están en orden.

—Entonces no tendrá inconveniente en proporcionar los originales y autorizar una revisión independiente de las firmas.

Por primera vez, Gabriel no respondió inmediatamente.

Mateo lo observó con atención.

El hombre que siempre tenía una respuesta para todo acababa de quedarse sin una.

Gabriel finalmente sacó una carpeta negra.

—Aquí están los documentos que necesitamos firmar hoy.

La colocó delante de Mateo.

El acuerdo tenía siete páginas. La primera establecía que Mateo reconocía determinadas obligaciones comerciales y aceptaba colaborar en la transferencia de los activos vinculados al terreno familiar. La última incluía una renuncia general a futuras reclamaciones contra Gabriel, Sofía y las compañías relacionadas con la operación.

Mateo no tocó el bolígrafo.

Andrea empezó a leer en silencio.

A medida que avanzaba, su expresión se volvía más seria.

—¿Quién preparó este documento? —preguntó.

Gabriel respondió con naturalidad.

—El abogado de la compañía.

—¿Qué compañía?

—Reyes Renovation Holdings.

Andrea cerró la carpeta.

—No recomiendo que mi cliente firme esto.

Gabriel soltó una carcajada.

—Por supuesto que no. Usted cobra por alargar los problemas.

Andrea no reaccionó.

—El documento le exige a mi cliente reconocer deudas que están siendo cuestionadas y renunciar a reclamaciones sobre una propiedad cuya titularidad no está completamente resuelta. No existe una razón para firmarlo antes de revisar los registros.

Gabriel se inclinó hacia Mateo.

—¿Vas a permitir que una desconocida destruya la única oportunidad que tienes de recuperar algo?

Mateo lo miró directamente.

—Tú destruiste mi empresa. Yo solamente estoy intentando descubrir cómo lo hiciste.

Gabriel dejó de sonreír.

—Ten cuidado con lo que dices.

—Estoy siendo cuidadoso. Por eso traje a una abogada.

Sofía se levantó.

—Mateo, por favor. Podemos arreglarlo.

Él volvió la cabeza hacia ella.

—¿También quieres que renuncie a la casa de mi padre?

—No se trata de eso.

—Entonces dime de qué se trata.

Sofía abrió la boca, pero Gabriel la interrumpió.

—Se trata de que tu esposa intentó protegerte de tus propias decisiones. Tú te endeudaste, perdiste tu empresa y ahora buscas culpables.

Mateo sintió la vieja vergüenza intentando abrirse paso.

Durante dos años, aquellas palabras lo habían hecho dudar de sí mismo. Había repasado cada decisión comercial, cada contrato y cada factura, preguntándose qué podría haber hecho diferente.

Pero esta vez tenía los documentos.

—Si todo fue culpa mía —dijo—, no deberías tener problema en que un investigador independiente revise las transferencias.

Gabriel se puso de pie.

—La reunión ha terminado.

Andrea recogió su carpeta.

—De acuerdo. En ese caso, le notificaremos por escrito las reclamaciones que correspondan.

Gabriel señaló a Mateo.

—No tienes idea de lo que estás haciendo.

—Eso me dijiste cuando me pediste que firmara los primeros documentos.

La puerta se abrió.

Un hombre de traje oscuro entró en la sala y entregó una carpeta a Gabriel. Este la tomó con rapidez y sacó una hoja.

—Ya que quieres convertir esto en una guerra —dijo—, veamos si sigues hablando cuando leas esto.

Deslizó el documento sobre la mesa.

Era la declaración jurada encontrada por Mateo en casa de Elena.

Pero había algo nuevo.

En la parte inferior figuraba un sello de presentación oficial y un número de expediente.

La declaración ya no era solamente una amenaza.

Había sido presentada.

Gabriel miró a Mateo con una sonrisa fría.

—Ahora existe un documento oficial en el que admites haber falsificado las firmas de tu familia y haber intentado apropiarte de sus bienes. Puedes negar lo que quieras. Tendrás que demostrarlo.

Sofía se llevó una mano a la boca.

Mateo sintió que el corazón le golpeaba con fuerza, pero no miró a su cuñado.

Miró a Andrea.

La abogada examinó la primera página, después la segunda y finalmente el sello.

—Necesito una copia certificada del expediente completo —dijo.

Gabriel se cruzó de brazos.

—Por supuesto.

Andrea tomó fotografías de cada página y revisó el número de registro.

Entonces se detuvo.

—¿Quién presentó esta declaración?

Gabriel respondió sin vacilar.

—La señora Sofía Reyes.

Mateo volvió la cabeza hacia su esposa.

Sofía estaba inmóvil.

—¿Tú presentaste esto? —preguntó él.

Ella comenzó a llorar.

—Gabriel me dijo que era necesario.

—¿Firmaste una declaración diciendo que yo confesé haber falsificado documentos?

—Yo no sabía que iba a presentarla.

Gabriel golpeó la mesa con la palma.

—¡Basta! ¡No vamos a discutir esto aquí!

Andrea levantó una mano.

—Nadie va a firmar nada hoy. Nos retiraremos y responderemos por los canales correspondientes.

Mateo recogió sus documentos.

Por un momento creyó que la reunión había terminado en otra derrota. Gabriel había logrado convertir una mentira en un documento oficial y ahora podía utilizarla para presionarlo.

Pero cuando Andrea volvió a examinar la declaración, frunció el ceño.

—Señor Reyes, necesito que mire esto.

Le mostró la última página.

La declaración afirmaba que Mateo había confesado el fraude ante dos testigos en una reunión celebrada el diecisiete de marzo.

Mateo leyó la fecha.

Después miró a Sofía.

—El diecisiete de marzo yo estaba en el hospital con Lucía. Le estaban tratando una infección y me quedé con ella toda la noche.

Sofía levantó la cabeza de golpe.

Andrea buscó la fecha en los documentos que Mateo había llevado.

Había una factura hospitalaria, un registro de admisión y varios mensajes que Mateo había enviado a sus empleados desde la sala de espera.

Todo coincidía.

Gabriel dejó de sonreír.

—Eso no demuestra nada —dijo.

Andrea señaló la declaración.

—Demuestra que necesitamos investigar la autenticidad del documento y las circunstancias en que supuestamente se firmó.

Mateo observó a su cuñado.

Por primera vez, Gabriel parecía estar calculando sus opciones en lugar de controlar la situación.

Pero antes de que pudieran salir, el teléfono de Sofía vibró.

Ella miró la pantalla y dejó escapar un grito ahogado.

Era un mensaje de Daniel.

*Estoy en el vestíbulo. Tengo el contrato original y las grabaciones. Gabriel no sabe que las conservé.*

Sofía levantó la mirada hacia su hermano.

Gabriel vio su expresión.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Ella bloqueó el teléfono.

—Nada.

Pero Mateo ya había visto el nombre.

Se volvió hacia la puerta.

Si Daniel realmente tenía las grabaciones, quizá podrían demostrar cómo se había preparado la operación. Quizá podían descubrir quién había falsificado las firmas y quién había presentado la declaración.

Entonces escucharon pasos rápidos en el pasillo.

Daniel apareció en la puerta, pálido y sudoroso, con una carpeta bajo el brazo.

No miró a Sofía.

No miró a Gabriel.

Miró directamente a Mateo.

—Tengo que decirte algo antes de que sea demasiado tarde —dijo.

Gabriel se levantó.

—Daniel, no te atrevas.

Su hermano menor apretó la carpeta contra el pecho.

—No, Gabriel. Ya se acabó.

Sacó una memoria USB y la colocó sobre la mesa.

—Aquí está la grabación de la noche en que preparaste la declaración falsa. Y aquí está el documento que demuestra quién dio la orden de utilizar la firma de Mateo.

Mateo sintió que la habitación se quedaba en silencio.

Daniel abrió la carpeta y deslizó una hoja hacia él.

En la parte superior aparecía el nombre de la persona que había autorizado la operación.

Mateo leyó una vez.

Después otra.

Y cuando levantó la vista, no miró a Gabriel.

Miró a Sofía.

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