Durante diecisiete días, Adele Jacob esperó sentada frente a la tienda de Brennan porque su padre le había prometido que volvería.
Capítulo 1
Durante diecisiete días, Adele Jacob esperó sentada frente a la tienda de Brennan porque su padre le había prometido que volvería.
Y la noche en que todos en Prospect pensaban que el hambre terminaría obligándola a marcharse, Adele encontró un sobre que demostraba que alguien había cobrado por mantenerla esperando.
Prospect, Wyoming, invierno de 1893. El viento recorría la calle principal como una hoja afilada y se colaba bajo el vestido gastado de Adele hasta entumecerle las piernas, pero ella permanecía en los mismos escalones de madera desde el amanecer hasta que las lámparas comenzaban a encenderse detrás de las ventanas.
Tenía los pies tan fríos que apenas podía sentirlos. Aun así, cada vez que una carreta aparecía por el camino del Rancho Dalton, levantaba inmediatamente la cabeza.
Su padre, Samuel Jacob, había tomado ese camino diecisiete días antes.
—Voy a buscar trabajo —le había dicho aquella mañana—. Espérame aquí. Volveré por ti.
Samuel tenía cincuenta y seis años, una tos que empeoraba con el frío y dos monedas en el
bolsillo cuando se marchó. A pesar de todo, Adele le creyó.
Había tenido razones para hacerlo.
Después de la muerte de su madre, Samuel había sido la única persona que nunca la dejó atrás. Podían perder una habitación alquilada, un trabajo de temporada o hasta la última moneda para la cena, pero él siempre regresaba por ella.
Adele tenía veinticuatro años. No era una niña incapaz de cuidarse, aunque algunos habitantes de Prospect comenzaban a hablar de ella como si lo fuera.
—Pobre muchacha.
—Debería aceptar que ese hombre se fue.
—Si pensara regresar, ya habría vuelto.
Adele escuchaba los comentarios sin responder. Samuel había pronunciado una promesa, y mientras no tuviera una razón para creer que la había roto, ella seguiría esperando.
Aquella tarde, Brennan salió de su tienda con una escoba de paja.
Barrió una mezcla de polvo y nieve seca directamente hacia los escalones donde Adele estaba
sentada.
—¿Todavía aquí?
Ella movió apenas los pies para dejarle espacio.
—Todavía.
Brennan tenía más de cincuenta años, un abdomen pesado bajo el chaleco oscuro y una forma de sonreír que nunca llegaba hasta los ojos.
—Tu padre sí que te enseñó a esperar.
Adele apretó las manos sobre el regazo.
—Va a volver.
Brennan soltó una risa corta.
—Pues espero que vuelva con pan. Las promesas no llenan el estómago.
Adele levantó la mirada.
Detrás de él había sacos de harina apilados hasta media pared, frascos de conservas, tocino curado, azúcar, café y cajas de galletas. Brennan podía haberle dado un pedazo de pan sin notar siquiera la pérdida.
Nunca lo hizo.
Algunos habitantes del pueblo eran diferentes. Martha Bell, la dueña del pequeño restaurante de enfrente, había dejado dos veces una taza de caldo cerca de Adele sin decir nada. Una anciana le había dado una manzana. El
hijo del herrero le acercó una manta una noche particularmente fría.
Otros simplemente cruzaban la calle.
Adele entendía por qué.
La pobreza incomodaba menos cuando uno podía fingir que no la veía.
Cerca de las cuatro de la tarde apareció un jinete desde el norte. El caballo era grande, oscuro y llevaba espuma seca alrededor de la silla.
El hombre que lo montaba se detuvo frente a la tienda.
Adele lo había visto varias veces en Prospect.
Isaac Rhodes.
Era un ranchero de unos cuarenta años que vivía a varias millas al norte del pueblo. Compraba herramientas, café y sal una vez cada dos semanas, hablaba poco y nunca permanecía más tiempo del necesario.
Isaac desmontó.
Miró a Adele.
No lo hizo como Brennan, con diversión. Tampoco con esa lástima incómoda que hacía que algunas personas bajaran la voz.
—¿Espera a alguien?
—A mi padre.
—¿Cómo se llama?
—Samuel Jacob. Fue al Rancho Dalton buscando trabajo.
Isaac dejó de acomodar las riendas.
—¿Cuándo?
—Hace diecisiete días.
Algo cambió en su expresión.
Fue muy pequeño.
Pero Adele lo vio.
—¿Conoce a mi padre?
—No.
—Entonces, ¿qué pasa?
Isaac observó unos segundos el camino que salía hacia Dalton.
—Nada que yo sepa con certeza.
Aquellas palabras fueron peores que una mentira tranquilizadora.
Adele se puso de pie.
El movimiento hizo que el mundo se inclinara alrededor de ella.
Isaac extendió una mano sin tocarla.
—¿Cuándo comió por última vez?
—Esta mañana.
Él miró el pequeño trozo de manzana seca que había quedado junto a los escalones.
—Eso no cuenta.
Adele siguió su mirada.
—Tengo que quedarme aquí.
Isaac señaló el restaurante de Martha.
—Puede sentarse junto a la ventana. Desde ahí se ve todo el camino.
—No puedo pagar.
—Yo no le pregunté eso.
—No quiero caridad.
—Entonces considere que necesito compañía para cenar.
Adele casi sonrió.
—Ni siquiera me conoce.
—Por eso quizá la conversación no sea tan mala.
Ella quiso negarse otra vez.
Entonces Martha abrió la puerta del restaurante y el olor a carne guisada, cebolla y papas calientes llegó hasta la calle.
El cuerpo de Adele decidió antes que su orgullo.
Entró.
Martha no hizo preguntas.
La acomodó junto a la ventana y colocó frente a ella un plato hondo lleno de guiso, dos rebanadas gruesas de pan y una taza de café aguado.
Adele tomó la cuchara con manos temblorosas.
—Despacio —dijo Martha—. Si comes demasiado rápido después de tantos días casi sin alimento, te vas a enfermar.
Adele asintió.
Isaac se sentó frente a ella.
—¿Su padre había trabajado antes en Dalton?
—No.
—¿Sabía con quién debía hablar?
—Brennan le dijo que necesitaban hombres.
Adele vio cómo los dedos de Isaac se detenían alrededor de su taza.
—¿Brennan?
—Sí.
Antes de que pudiera preguntar por qué aquello parecía importante, una voz se escuchó detrás de la pared lateral.
El restaurante de Martha compartía una división de madera con el almacén de Brennan.
Una puerta interior comunicaba ambos edificios para recibir mercancía durante las tormentas.
Era Brennan quien hablaba.
—Si la muchacha finalmente se marcha, nadie preguntará por ese dinero.
Adele dejó de masticar.
Isaac levantó la cabeza.
Otra voz masculina respondió.
—¿Y el sobre?
Brennan bajó la voz.
Pero no lo suficiente.
—Dalton pagó lo de Samuel después de la fiebre. La muchacha apenas entiende esos papeles. Mientras siga esperando afuera como una tonta, nadie hará preguntas.
La cuchara cayó sobre el plato.
El sonido pareció demasiado fuerte.
Isaac ya estaba de pie.
—Adele...
Ella no respondió.
Cruzó el restaurante antes de que él pudiera detenerla y abrió la puerta lateral.
El pequeño almacén estaba vacío.
Brennan y el otro hombre habían salido por la entrada trasera.
Sobre una mesa había un libro de cuentas abierto.
Debajo sobresalía la esquina amarillenta de un sobre.
Adele tiró de ella.
En el frente estaba escrito, con letra firme:
**SAMUEL JACOB.**
Sintió que las manos le dejaban de responder.
Abrió el sobre.
Dentro había veintisiete dólares.
También había una nota firmada por Thomas Reed, capataz del Rancho Dalton.
Samuel había llegado diecisiete días antes buscando trabajo.
Le habían dado empleo reparando una cerca del lado sur y ayudando a descargar alimento para el ganado.
Cuatro días después comenzó la fiebre.
Había intentado trabajar una mañana más.
No pudo.
Adele siguió leyendo.
Las letras comenzaron a borrarse detrás de sus lágrimas.
Samuel había permanecido enfermo en una habitación del rancho mientras su estado empeoraba. El dinero correspondía a las jornadas trabajadas y debía ser entregado a su hija.
Pero fue una frase cerca del final la que hizo que Adele dejara de respirar.
**Samuel pidió que Adele supiera que intentó volver.**
Leyó aquellas palabras una vez.
Después otra.
Y una tercera.
Su padre no la había abandonado.
Había intentado regresar.
Debajo de la nota había otro papel.
Era un recibo.
Veintisiete dólares entregados por un empleado de Dalton a la tienda de Brennan, porque Brennan había confirmado que Adele Jacob continuaba esperándolo allí.
La fecha era de diez días antes.
Al final aparecía la firma del comerciante.
**Elias Brennan.**
Diez días.
Durante diez días Brennan había tenido el dinero de Samuel.
Durante diez días había sabido que Adele seguía sentada a unos cuantos pasos de la puerta, con hambre, creyendo que su padre podía aparecer en cualquier momento.
Y no había dicho una palabra.
Adele dobló cuidadosamente ambos documentos.
No gritó.
No corrió detrás del comerciante.
No quería darle el placer de verla destruida.
Regresó al restaurante.
Puso el sobre frente a Isaac.
—Necesito que vea esto.
Isaac leyó primero la nota y después el recibo.
Su rostro se endureció.
—Ya entendí.
—Brennan sabía.
—Sí.
—¿Desde hace diez días?
Isaac señaló la fecha.
—Eso dice su propia firma.
Adele miró por la ventana.
Desde allí podía ver los escalones.
El mismo lugar donde había dormitado de hambre mientras Brennan abría y cerraba su tienda todos los días.
—Mi padre no me abandonó.
Isaac guardó silencio.
Adele apretó la nota entre los dedos.
—¿Dónde está Samuel?
Isaac levantó lentamente los ojos.
No respondió.
Entonces Adele comprendió que todavía faltaba algo.
Y que aquella sería la pregunta más difícil de todas.
Capítulo completado
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