Martha cerró la puerta del restaurante antes de que Adele pudiera salir a buscar a Brennan.
Capítulo 2
Martha cerró la puerta del restaurante antes de que Adele pudiera salir a buscar a Brennan.
—Primero siéntate.
—Necesito saber dónde está mi padre.
—Y lo sabrás —respondió Martha—. Pero no vas a conseguir nada si te desmayas en mitad de la calle.
Adele quiso protestar, pero Isaac señaló la silla.
—La nota no dice que Samuel haya regresado a Prospect.
Adele se sentó.
—Tampoco dice que haya muerto.
Nadie respondió.
Ese silencio le dijo más que cualquier palabra.
Isaac conocía a Thomas Reed, el capataz de Dalton. No eran amigos, pero habían hecho negocios varias veces durante los últimos años.
—Puedo ir al rancho al amanecer —dijo—. El camino tarda unas horas si el clima aguanta.
—Voy con usted.
—Adele...
—Voy con usted.
Isaac la observó durante varios segundos.
No intentó discutir.
—Entonces necesita dormir esta noche.
Martha le prestó una habitación pequeña sobre el restaurante. Tenía una cama estrecha, una palangana y una ventana desde la que Adele podía ver el techo de la
tienda de Brennan.
No durmió.
Cada vez que cerraba los ojos escuchaba a Samuel.
*Espérame aquí. Volveré por ti.*
Durante diecisiete días, aquellas palabras habían sido una promesa sobre el futuro.
Ahora parecían una despedida.
Al amanecer, Isaac llegó con un pequeño trineo tirado por dos caballos.
Brennan abrió su tienda justo cuando Adele cruzaba la calle.
—¿Adónde vas?
Ella siguió caminando.
—A Dalton.
El comerciante salió al porche.
—Ese camino está casi cerrado por nieve.
Adele se detuvo.
—¿Le preocupa mi seguridad ahora?
Brennan bajó la voz.
—No entiendes lo que encontraste.
—Entonces tendrá oportunidad de explicarlo.
—Ese dinero no estaba robado.
—Nunca dije que lo estuviera.
Brennan se quedó inmóvil.
Adele lo miró.
—Curioso que eso sea lo primero que quiso aclarar.
Subió al trineo.
Isaac sacudió las riendas.
Durante la primera hora ninguno habló.
Prospect desapareció detrás de las colinas y el camino se convirtió en una
línea blanca entre cercas cubiertas de hielo.
Finalmente Adele rompió el silencio.
—Usted sospechó algo cuando le dije que mi padre llevaba diecisiete días fuera.
Isaac no fingió no entender.
—Escuché que un trabajador nuevo había enfermado en Dalton.
—¿Cuándo?
—Hace poco más de una semana.
Adele giró hacia él.
—¿Por qué no me lo dijo inmediatamente?
—Porque no sabía su nombre.
Era una respuesta razonable.
Adele la odiaba de todos modos.
—Todos sabían algo menos yo.
—No todos.
—Brennan sí.
Isaac apretó las riendas.
—Sí.
Llegaron al Rancho Dalton poco antes del mediodía.
Thomas Reed salió del establo cuando vio acercarse el trineo.
Era un hombre delgado, de barba gris, con una bufanda enrollada dos veces alrededor del cuello.
Cuando Isaac dijo el nombre de Adele, Reed se quitó el sombrero.
Ese gesto fue suficiente.
Adele bajó del trineo.
—¿Mi padre murió aquí?
Reed respiró profundamente.
—Sí.
No hubo
relámpagos.
No se detuvo el viento.
Ninguna parte del mundo pareció darse cuenta de que Samuel Jacob acababa de morir por segunda vez para su hija.
Adele simplemente quedó inmóvil junto al trineo.
—¿Cuándo?
—Hace diez días.
La misma fecha del recibo.
Reed miró hacia la casa principal.
—Entre. Por favor.
Adele negó.
—Dígamelo aquí.
Thomas Reed asintió.
Samuel había llegado cansado, pero dispuesto a trabajar. Había dicho que no necesitaba alojamiento permanente, solamente algunos días de empleo para reunir suficiente dinero y marcharse con su hija.
—Hablaba de usted constantemente —dijo Reed—. Decía que lo esperaba en Prospect.
Adele miró la nieve.
—¿Intentó volver?
—Dos veces.
La primera vez había intentado ensillar un caballo mientras tenía fiebre.
Lo encontraron tambaleándose junto al establo.
La segunda vez logró caminar casi media milla por el camino antes de desplomarse.
Después ya no pudo levantarse de la cama.
—Le expliqué que alguien podía ir a buscarla —continuó Reed—, pero se negó al principio. Decía que si usted sabía que estaba enfermo, caminaría hasta aquí aunque hubiera tormenta.
Eso sonaba exactamente como Samuel.
Protegiéndola incluso cuando hacerlo complicaba todo.
—Cuando empeoró, me pidió que mandara su salario y una nota.
—¿Por qué a Brennan?
Reed pareció confundido.
—Porque su padre dijo que usted esperaba frente a su tienda. Uno de nuestros hombres viajaba a Prospect por medicinas. Brennan era la persona más fácil de encontrar.
—¿Él sabía para quién era el dinero?
—Claro.
Reed entró al establo y regresó con un pequeño libro.
Abrió una página.
—Nuestro empleado entregó veintisiete dólares, la nota y un recibo. Brennan firmó que los recibió para Adele Jacob.
Adele cerró los ojos.
No quedaba espacio para una equivocación.
—¿Mi padre dijo algo antes de morir?
Reed guardó silencio un momento.
—Sí.
Adele esperó.
—Me hizo prometerle que le diría que no rompió su palabra.
La nieve comenzó a caer suavemente entre ellos.
—¿Eso fue todo?
—No.
Reed miró hacia el camino.
—Dijo que había pasado demasiados años enseñándole a esperar por él cuando quizá debió enseñarle a marcharse cuando alguien no la tratara bien.
Adele sintió que algo se quebraba dentro de su pecho.
No era solamente dolor.
Era reconocimiento.
Durante años, Samuel había decidido adónde irían, cuánto tiempo permanecerían y qué trabajo aceptarían. No lo hacía por crueldad. Había sido un hombre viudo intentando mantener a su hija con vida.
Pero Adele siempre esperaba.
Esperaba afuera de las fábricas.
Esperaba en habitaciones alquiladas.
Esperaba mientras Samuel negociaba otro trabajo.
Esperaba cuando él decía que regresaría.
Y aquella vez había esperado hasta casi enfermar.
—¿Dónde lo enterraron?
Reed señaló una pequeña elevación detrás del rancho.
La tumba era sencilla.
Una cruz de madera.
**SAMUEL JACOB**
Nada más.
Adele permaneció allí durante mucho tiempo.
Isaac y Reed se alejaron.
Ella se arrodilló y limpió con la mano la nieve acumulada sobre la base de la cruz.
—Regresaste —susurró—. Solo que no de la forma que prometiste.
Sacó la nota.
Quiso dejarla junto a la tumba.
No lo hizo.
Todavía la necesitaba.
Cuando regresaron a Prospect, ya estaba oscureciendo.
Había cuatro personas frente a la tienda de Brennan.
El comerciante esperaba en la puerta.
—Necesitamos hablar.
Adele bajó del trineo.
—Mañana.
—No.
Brennan descendió un escalón.
—Ese sobre estaba dentro de mi propiedad.
Isaac se colocó junto a Adele.
Ella levantó una mano.
No necesitaba que nadie hablara por ella.
—Y mi nombre estaba dentro del sobre.
Brennan endureció la mandíbula.
—No sabes cómo funcionan estas cosas.
Adele sintió por primera vez que ya no le tenía miedo.
—Diecisiete días sentada frente a su puerta me dieron bastante tiempo para aprender cómo funciona usted.
Entró al restaurante.
A la mañana siguiente, todo Prospect sabría lo que había encontrado.
Y Adele pensaba obligar a Brennan a elegir entre dos cosas que había evitado durante diez días:
decir la verdad o mentir frente a todos.
Capítulo completado
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