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DIECISIETE DÍAS FRENTE A LA TIENDA DE BRENNAN
Capítulo 4 / 5

Capítulo 4

PARTE 4: DEJAR DE ESPERAR

940 palabras

Adele salió de la tienda sin saber qué ocurriría con Brennan.

Por primera vez, tampoco sintió necesidad de quedarse para averiguarlo.

Ese pequeño cambio la sorprendió.

Durante diecisiete días había vivido pendiente de una puerta, un camino y una promesa ajena. Ahora podía caminar hacia cualquier dirección.

Llegó hasta el restaurante de Martha.

Isaac la alcanzó unos momentos después.

—Brennan está devolviendo el dinero.

Adele miró las monedas que todavía llevaba dentro del sobre.

—El dinero ya estaba ahí.

—Me refiero a otras cosas.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué cosas?

—No se sabe todavía.

Adele negó inmediatamente.

—No quiero convertir esto en historias sobre cosas que nadie ha probado.

Isaac la observó.

—Tiene razón.

Aquella respuesta le gustó más de lo que habría admitido.

La gente de Prospect estaba enfurecida y, como suele ocurrir en los pueblos pequeños, la indignación comenzó a producir rumores. De repente alguien recordaba un paquete perdido, otro un cambio mal calculado y otro una factura extraña.

Adele se negó a participar.

Ella podía demostrar una sola cosa.

Brennan había recibido veintisiete dólares destinados a Adele Jacob junto con noticias de Samuel.

Había ocultado ambos durante diez días.

Eso bastaba.

Martha convenció al juez de paz, Horace Webb, de revisar los documentos esa misma tarde.

No hubo esposas.

No hubo una escena espectacular.

Webb simplemente examinó el recibo, escuchó a Adele, escuchó a Martha y luego pidió a Brennan explicar por qué había conservado dinero ajeno sin notificar a su destinataria.

Brennan presentó tres versiones diferentes.

Primero dijo que había olvidado el sobre.

Luego afirmó que quería esperar hasta tener certeza de que Samuel realmente había muerto.

Finalmente aseguró que temía que Adele gastara el dinero demasiado rápido.

El juez levantó una ceja.

—¿Desde cuándo administra usted el dinero de la señorita Jacob?

Brennan no respondió.

Webb ordenó que los documentos quedaran registrados y que el asunto

fuera enviado a la autoridad del condado para revisión.

Adele entendió entonces algo importante.

La justicia real era más lenta de lo que las historias hacían parecer.

Brennan no desapareció aquel día.

Su tienda tampoco cerró instantáneamente.

Pero algo sí cambió.

La gente dejó de confundir su reputación con su carácter.

Dos familias devolvieron sus cestas de invierno cuando descubrieron que parte de aquellas donaciones provenía realmente de otros comerciantes y Brennan se presentaba como único benefactor.

Martha colocó una caja junto a su restaurante para recibir aportaciones directamente.

El herrero comenzó a comprar harina en otro pueblo cuando podía.

Y cada mañana Brennan abría su negocio frente a una calle donde las personas ya conocían la pregunta que él no había podido responder.

¿Por qué había esperado que Adele se marchara?

Tres días después, Adele estaba ayudando a Martha a pelar papas cuando Isaac entró.

—Necesito una cocinera.

Martha

levantó la cabeza.

—No me la robes.

Isaac sonrió.

—Entonces necesito alguien que lleve cuentas.

Adele secó sus manos.

—¿Es una oferta de trabajo?

—Sí.

—¿Porque le doy lástima?

—No contrataría a alguien por lástima para llevar mis cuentas.

—¿Por qué yo?

Isaac sacó una libreta de su bolsillo.

—Porque ayer corrigió dos errores en la factura de suministros de Martha sin usar lápiz.

Adele miró a Martha.

La mujer encogió los hombros.

—Te vi.

Isaac continuó.

—Mi hermana llevaba las cuentas del rancho. Se casó en otoño y se mudó a Cheyenne. Desde entonces tengo tres cuadernos que no coinciden entre sí y un proveedor que probablemente piensa que soy idiota.

—¿Cuánto paga?

Isaac mencionó una cantidad.

Adele hizo una pausa.

—Eso es más de lo que pagaría por una ayudante.

—No busco una ayudante.

—¿Qué busca?

—A alguien que haga el trabajo.

Adele pensó en Samuel.

Siempre había aceptado primero y preguntado después.

Ella respiró profundamente.

—Quiero ver los libros antes de responder.

Isaac sonrió.

—Bien.

—También quiero saber dónde dormiría.

—Hay una habitación junto a la cocina.

—¿Tiene cerradura?

Isaac pareció sorprendido.

—Sí.

—Quiero la llave.

—Será suya.

—Y mi salario se me entrega a mí.

La sorpresa desapareció.

—Por supuesto.

Adele extendió la mano.

—Entonces mañana iré a revisar los libros.

No dijo que aceptaba.

Todavía no.

Aquella noche regresó a la habitación de Martha y contó los veintisiete dólares.

Era poco dinero.

También era todo lo que Samuel había conseguido antes de morir.

Adele separó dos dólares.

A la mañana siguiente compró una pequeña piedra plana al hombre que fabricaba lápidas para el cementerio de Prospect.

Le pidió que grabara cuatro palabras.

Después Isaac la llevó nuevamente a Dalton.

Colocaron la piedra al pie de la cruz de Samuel.

Debajo de su nombre ahora decía:

**CUMPLIÓ SU PALABRA.**

Adele permaneció en silencio.

—Me equivoqué contigo, papá —susurró finalmente—. Pensé que esperar era la única manera de demostrar que confiaba en ti.

El viento movió la tela de su chal.

—Pero tú mismo me dijiste que continuara.

Se levantó.

Esa tarde revisó los libros del Rancho Rhodes.

Encontró siete errores en menos de una hora.

Isaac dejó de fingir que no estaba impresionado después del cuarto.

—¿Quién le enseñó?

—Mi madre.

—¿Trabajaba con números?

—Llevaba las cuentas de una lavandería.

Adele cerró una libreta.

—Cuando murió, papá y yo empezamos a movernos demasiado. Dejé de hacerlo.

Isaac señaló los cuadernos.

—Parece que no olvidó.

Adele miró la habitación donde podría trabajar.

Había una ventana grande.

Una estufa.

Una mesa.

Y algo que no había tenido en años.

Un lugar donde podía decidir quedarse.

—Acepto —dijo.

Isaac asintió.

No intentó tomar la decisión por ella.

Aquello importaba.

Sin embargo, Prospect todavía no había terminado con Brennan.

Una semana más tarde, el comerciante apareció en el Rancho Rhodes.

Y traía el mismo sobre amarillo en la mano.

Capítulo completado

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