Adele vio a Brennan desde la ventana de la oficina.
Capítulo 5
Adele vio a Brennan desde la ventana de la oficina.
Durante un instante volvió a sentir el frío de aquellos diecisiete días.
La madera debajo de sus piernas.
El hambre retorciéndole el estómago.
La campanilla de la tienda sonando detrás de ella mientras Brennan pasaba a pocos pasos con la verdad escondida entre sus papeles.
Después miró la mesa frente a sí.
Había tres libros de cuentas abiertos.
Una taza de café.
Su salario de la primera semana guardado dentro de un pequeño cajón cuya llave llevaba en el bolsillo.
Ya no estaba esperando.
Salió.
Brennan permanecía junto a su caballo.
Parecía distinto.
No más pequeño exactamente, pero sí menos importante.
Adele comprendió que gran parte del poder de aquel hombre siempre había dependido de que otras personas creyeran que él lo tenía.
—¿Qué quiere?
Brennan levantó el sobre.
—Hablar.
—Puede hacerlo.
Miró hacia la casa.
—¿A solas?
—Estamos solos.
Isaac trabajaba en los corrales, suficientemente lejos para no escuchar
y suficientemente cerca para acudir si fuera necesario.
Brennan entendió el mensaje.
—El asunto llegó al condado.
Adele esperó.
—Me hicieron entregar una declaración.
—Bien.
—También tuve que pagar una sanción y cubrir algunos gastos.
Ella no respondió.
Brennan frunció el ceño.
—¿Eso es todo lo que vas a decir?
—No sé qué espera.
—Arruinaste mi nombre.
Adele sintió una vieja reacción intentando aparecer.
La necesidad de disculparse.
De explicar.
De suavizar la incomodidad de otro.
La dejó pasar.
—Yo no firmé ese recibo.
Brennan apretó la mandíbula.
—La gente ya no entra a mi tienda.
—Eso deberían hablarlo ellos con usted.
—Tú les diste una historia.
—Les mostré un documento.
—Es lo mismo.
—No.
La respuesta salió tan tranquila que hasta Brennan pareció desconcertado.
Adele continuó.
—Una historia puede cambiar dependiendo de quién la cuente. Su firma no.
Brennan bajó la mirada hacia el sobre.
—No pensaba quedarme con
el dinero.
Adele casi sintió cansancio.
—Entonces, ¿por qué dijo que si yo me marchaba nadie preguntaría por él?
—Estaba enojado.
—¿Durante diez días?
Él levantó la cabeza.
—No entiendes cómo era la situación.
—Explíquemela.
Brennan abrió la boca.
Adele esperó.
Él volvió a cerrarla.
—Pensé que te marcharías.
Ahí estaba.
La verdad más sencilla.
—¿Y después?
—No sé.
—Sí sabe.
—No iba a robar veintisiete dólares.
—Entonces, ¿qué iba a hacer?
Brennan apartó la mirada.
—Usarlos temporalmente.
Adele sintió una tristeza extraña.
Todo aquello.
Diecisiete días de hambre.
Diez días sin saber que Samuel había muerto.
La última petición de su padre escondida debajo de un libro de cuentas.
Y detrás no había un gran plan.
Solo un hombre convencido de que la necesidad de otra persona era una oportunidad.
—¿Por qué vino?
Brennan extendió el sobre.
—Esto apareció entre los papeles que devolvió Dalton.
Adele no lo tomó.
—¿Qué es?
—Una carta.
—¿De quién?
—De tu padre.
El corazón de Adele golpeó una vez contra su pecho.
Brennan levantó inmediatamente una mano.
—Yo no la tenía antes.
Adele siguió sin moverse.
—Thomas Reed la encontró dentro de la ropa de Samuel. La mandó al juez de paz para que te la entregara y Webb me pidió que la trajera porque...
Brennan se detuvo.
—Porque dijo que yo debía hacerlo.
Adele tomó el sobre.
Reconoció la letra.
Samuel.
No había sello.
Probablemente había empezado a escribirla antes de enfermar.
Brennan dio un paso atrás.
—Lo siento.
Adele levantó la mirada.
Parecía esperar algo.
Perdón.
Absolución.
Quizá incluso agradecimiento por haber recorrido unas millas con una carta que otra persona le había obligado a entregar.
Adele guardó el sobre dentro de su chal.
—¿Por cuál parte?
La pregunta lo sorprendió.
—¿Qué?
—¿Lamenta haber ocultado mi dinero? ¿Que pasara hambre? ¿Que creyera que mi padre me abandonó? ¿O solamente lamenta lo que ocurrió después de que la gente se enteró?
Brennan no respondió.
Adele asintió lentamente.
—Eso pensé.
—Adele...
—Puede irse.
—¿Así nada más?
—Así nada más.
Brennan miró hacia el rancho.
—Tu padre habría querido que perdonaras.
Por primera vez, Adele sintió verdadera ira.
No levantó la voz.
—No use a mi padre para pedirme algo que él nunca le pidió.
Brennan quedó inmóvil.
—Samuel quería que yo siguiera adelante.
Adele señaló el camino.
—Eso estoy haciendo.
Brennan subió al caballo.
No hubo amenazas.
No hubo súplicas.
Se marchó.
Adele esperó hasta que desapareció detrás de la colina.
Después regresó a la oficina y cerró la puerta.
El sobre permaneció unos minutos sobre la mesa antes de que se atreviera a abrirlo.
La carta era corta.
La letra de Samuel se inclinaba hacia abajo en las últimas líneas, como ocurría siempre que escribía cansado.
*Adele:*
*Si este trabajo sale bien, tendremos suficiente para llegar a Cheyenne. Si no sale bien, tendremos suficiente para otra cosa. Siempre hacemos eso, ¿verdad? Seguimos.*
Adele sonrió entre lágrimas.
Continuó.
*Sé que te he pedido que esperes demasiadas veces. Tal vez un padre piensa que mientras su hija siga donde la dejó, todavía puede protegerla.*
*Pero ya tienes veinticuatro años y tu madre habría dicho que soy un necio por seguir tratándote como si tuvieras catorce.*
Adele tuvo que detenerse.
Podía escuchar a su madre riéndose.
Samuel también habría escuchado esa risa mientras escribía.
La última parte estaba escrita con trazos más firmes.
*Si alguna vez no regreso cuando digo que voy a regresar, no desperdicies tu vida mirando el camino.*
*Espérame lo razonable.*
*Después levántate.*
Adele bajó la carta.
No lloró de inmediato.
Miró por la ventana.
Isaac estaba abriendo una puerta del corral mientras dos caballos jóvenes daban vueltas alrededor.
Más allá, las montañas parecían azules bajo la luz de la tarde.
Había pasado diecisiete días creyendo que honrar a Samuel significaba permanecer exactamente donde él le había dicho.
Ahora comprendía lo contrario.
Honrarlo significaba escuchar la última cosa que había intentado enseñarle.
Adele dobló la carta y la guardó junto a la nota de Dalton.
Dos semanas después regresó a Prospect para comprar suministros.
La tienda de Brennan continuaba abierta, aunque tenía menos clientes.
Adele no entró.
Compró harina al nuevo puesto que Martha y otros comerciantes habían organizado junto al restaurante.
Mientras esperaba que pesaran el azúcar, vio los escalones.
Seguían siendo exactamente iguales.
Madera gris.
Dos tablas ligeramente torcidas.
Una mancha oscura donde durante tantos días había apoyado la espalda.
Una joven que Adele no conocía estaba sentada allí acomodándose la bota.
Por un momento, la imagen fue tan parecida que Adele sintió un nudo en el pecho.
Después la muchacha se levantó y continuó caminando.
Nada la retenía.
Martha salió con un paquete.
—¿Todo bien en Rhodes?
—Sí.
—Isaac dice que pusiste sus cuentas en orden.
—Isaac habla demasiado.
Martha soltó una carcajada.
—Eso sí que es nuevo.
Adele pagó.
Antes de marcharse, cruzó la calle.
Se detuvo frente a los escalones.
No se sentó.
Sacó del bolsillo una moneda pequeña y la sostuvo entre los dedos.
No era una de las monedas de Samuel.
Aquellas veintisiete habían sido usadas para comida, ropa, una parte de la lápida y algunas cosas necesarias para empezar de nuevo.
La moneda que Adele sostenía provenía de su propio salario.
Entró al restaurante otra vez.
La dejó dentro de la caja destinada a ayudar a viajeros que llegaban al pueblo sin comida.
Martha la vio.
—No tienes que hacer eso.
Adele sonrió.
—Lo sé.
Esa era precisamente la razón por la que quería hacerlo.
Salió.
Isaac esperaba con el trineo al otro lado de la calle.
—¿Lista?
Adele miró una última vez el camino hacia Dalton.
Durante meses había imaginado que si Samuel aparecía por allí, todo volvería a ser como antes.
Ahora sabía que algunas promesas no se cumplen regresando.
A veces se cumplen dejando a la otra persona la fuerza necesaria para continuar.
Subió al trineo.
—Lista.
Isaac soltó las riendas.
Mientras Prospect quedaba atrás, Adele llevó una mano al bolsillo interior de su abrigo.
Allí guardaba la carta de Samuel.
No necesitaba abrirla.
Conocía de memoria sus últimas palabras.
*Espérame lo razonable.*
*Después levántate.*
Adele miró hacia adelante.
Y esta vez no volvió la cabeza.
Capítulo completado
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