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SE BURLÓ DE SU VESTIDO… PERO CAMILA DEJÓ DE PEDIRLE PERMISO PARA SENTIRSE BIEN
Capítulo 1 / 3

Capítulo 1

EL VESTIDO QUE DESATÓ TODO

903 palabras

—Ese vestido te queda fatal, Camila.

No sé cómo te atreves a salir así.

Sebastián lo dijo en voz suficientemente alta como para que la empleada de la boutique lo escuchara.

Camila se quedó inmóvil frente al espejo.

Hacía apenas unos segundos había salido del probador sonriendo. El vestido verde le encantaba. Le gustaba cómo le quedaba, cómo se movía la tela cuando caminaba y, sobre todo, cómo se sentía al llevarlo puesto.

Pero bastó un comentario de Sebastián para que aquella sonrisa desapareciera.

—¿De verdad se me ve tan mal? —preguntó, mirándose de nuevo.

Sebastián, que estaba sentado en uno de los sillones de la tienda, soltó una risita.

—Pues sí. Te estoy haciendo un favor al decírtelo.

Camila bajó la mirada hacia el vestido.

No había nada malo con él. Era elegante, de un verde precioso, y le quedaba exactamente como había imaginado.

Sin embargo, ya estaba empezando a dudar.

Renata, la empleada que

llevaba casi una hora atendiéndolos, se acercó discretamente.

—A mí me parece que te queda muy bonito —comentó con una sonrisa amable—. Pero lo importante es que tú te sientas cómoda.

Sebastián levantó la vista.

—Bueno, tú quieres venderlo. Obviamente vas a decir que se ve bien.

Renata se quedó sorprendida por el comentario.

—No necesariamente, señor. Si una prenda no convence a la clienta, podemos buscar otra opción.

—Pues busca otra, porque esa no le favorece nada.

Camila sintió que se le calentaban las mejillas.

No era solamente lo que Sebastián estaba diciendo. Era la facilidad con la que hablaba por ella, como si Camila no estuviera presente.

—Sebastián, a mí sí me gusta —intervino.

Él la miró con impaciencia.

—Entonces, ¿para qué me pides mi opinión si no me vas a hacer caso?

Camila abrió la boca para responder, pero se detuvo.

Era una pregunta que había escuchado

muchas veces.

Cuando quería cortarse el cabello, Sebastián opinaba que largo se veía mejor.

Cuando escogía ropa para una cena, siempre encontraba algún detalle que no le gustaba.

Incluso cuando Camila le mostraba una fotografía antes de publicarla, él solía decirle cuál debía elegir.

Al principio ella pensaba que era normal. Después de todo, eran pareja y llevaban años juntos.

Pero últimamente empezaba a notar algo que antes había pasado por alto: si sus gustos eran diferentes, Sebastián siempre esperaba que ella terminara aceptando los de él.

—Solo te pregunté qué te parecía —respondió Camila—. No te dije que fueras a decidir por mí.

Sebastián dejó escapar un suspiro exagerado.

—Ay, Camila, no empieces. Siempre te pones sensible cuando alguien te dice la verdad.

Renata fingió acomodar unas prendas cercanas, intentando darles privacidad.

Camila volvió a observarse en el espejo.

Recordó la emoción que había sentido al encontrar aquel vestido

entre tantos otros. Había entrado a la boutique buscando algo bonito para una cena y, después de probarse varias opciones, por fin había encontrado uno que realmente le encantaba.

No era una compra impulsiva.

Tampoco necesitaba que Sebastián lo pagara.

Camila trabajaba, administraba su propio dinero y podía darse aquel gusto sin problema.

Aun así, Sebastián siguió hablando.

—Además, ¿ya viste cuánto cuesta? Está carísimo para algo que ni siquiera te queda bien.

—Ya vi el precio.

—Entonces deberías pensarlo dos veces.

Camila lo miró.

—¿Por qué?

—Porque no voy a gastar mi dinero en un vestido así.

La respuesta la tomó por sorpresa.

—¿Tu dinero?

Sebastián señaló la etiqueta que colgaba discretamente de la prenda.

—Sí. Conmigo no cuentes para pagarlo, ni siquiera un peso.

Camila sintió una mezcla de vergüenza y enojo.

Renata alcanzó a escuchar aquella última frase. Por un instante dejó de acomodar la ropa y miró a Camila, sin saber si debía intervenir.

Sebastián parecía satisfecho. Se recargó en el sillón, convencido de que el asunto estaba terminado.

Otras veces, después de un comentario semejante, Camila habría regresado al probador.

Se habría quitado el vestido.

Tal vez habría escogido algo más sencillo para evitar otra discusión.

Pero aquella tarde hizo algo distinto.

Volvió a mirar su reflejo.

El vestido seguía siendo el mismo.

El color seguía encantándole.

Lo único que había cambiado era la opinión de Sebastián.

Y de pronto se preguntó por qué estaba a punto de renunciar a algo que le gustaba solamente porque él lo había criticado.

—Me lo voy a llevar —anunció.

Renata sonrió.

—Claro. ¿Quieres que te lo prepare?

—Sí, por favor.

Sebastián se enderezó en el sillón.

—¿Cómo que te lo vas a llevar? Acabo de decirte que no pienso pagarlo.

Camila giró hacia él.

—No te lo pedí.

Sebastián frunció el ceño, sorprendido por la respuesta.

No estaba acostumbrado a que Camila le contestara de aquella manera.

—Bueno, pues haz lo que quieras —murmuró—. Pero luego no digas que no te advertí.

Camila no respondió.

Se volvió hacia Renata, que intentaba contener una sonrisa al verla defender su decisión.

Sebastián todavía tenía algo más que decir.

—Y otra cosa, Camila, ¿para dónde piensas ir vestida así?

Ella lo miró durante un segundo.

Podría haberle explicado lo de la cena. Podría haber intentado convencerlo de que el vestido era adecuado.

Pero ya estaba cansada de justificar cada pequeña decisión.

En lugar de discutir, se volvió hacia Renata.

—Oye, ¿tú dónde estrenarías este vestido?

Renata miró la prenda y sonrió.

—En una terraza elegante, definitivamente.

Camila soltó una pequeña risa.

Y por primera vez en toda aquella tarde, volvió a sentirse bien con lo que llevaba puesto.

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