Cuando Isabel abrió la puerta de la casa de su madre, todavía llevaba puesto el vestido negro del funeral.
Capítulo 1
Cuando Isabel abrió la puerta de la casa de su madre, todavía llevaba puesto el vestido negro del funeral.
Habían pasado apenas tres horas desde que ella y su hermana Mónica vieron bajar el ataúd de Elena a la tierra. Isabel sentía que seguía escuchando la voz del sacerdote, el ruido de las paladas y los sollozos discretos de los vecinos que habían acompañado a la familia al cementerio.
Lo único que quería era entrar, quitarse los zapatos y sentarse unos minutos en el sillón donde su madre acostumbraba tejer por las tardes.
Pero apenas puso un pie en la sala, se quedó inmóvil.
Había pequeños papeles pegados por todas partes.
Uno sobre la mesa de centro.
Otro en la vitrina.
Otro en el juego de porcelana que Elena sacaba únicamente en Navidad.
Incluso el viejo reloj de madera de su padre tenía una etiqueta colgando.
Isabel dejó caer lentamente las llaves sobre la mesa de la entrada.
—Mónica, ¿por qué hay precios pegados en las cosas de mamá?
Su hermana estaba frente a un aparador con un plumón negro en la mano. Ni siquiera pareció sorprendida.
—Porque alguien tiene que limpiar esta casa y yo no pienso perder semanas haciéndolo.
Isabel la miró sin entender.
—Acabamos de enterrarla esta mañana.
Mónica suspiró, como si la conversación fuera una molestia.
—Y llorar frente a sus muebles tampoco la va a traer de vuelta.
La frase le cayó a Isabel como una bofetada.
Durante los últimos ocho meses ella había acompañado a Elena a consultas, comprado medicamentos, cocinado cuando su madre ya no tenía fuerzas y pasado noches enteras en aquella casa. Mónica aparecía algunos domingos, casi siempre con prisa, preguntaba cómo estaba su madre y se iba antes de la cena.
Isabel no se lo había reprochado.
Hasta ese momento.
Caminó hacia el reloj.
Era grande, de madera oscura, con pequeñas marcas en una esquina. Su padre, Ernesto, lo
había comprado cuando Isabel tenía nueve años. Después de que él murió, Elena nunca permitió que nadie lo moviera.
Había una etiqueta colgando del costado.
Isabel la arrancó.
—Ese reloj era de papá, quítale el precio ahora mismo.
Mónica cruzó los brazos.
—Si tanto significa para ti, págame y llévatelo.
Isabel tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Que te pague?
—No voy a regalarte todo solo porque tú decidiste encariñarte con cada cosa vieja de esta casa.
—No es tuyo para que me lo vendas.
—También es mío.
Mónica tomó otra etiqueta y escribió un número.
Isabel se la quitó de la mano.
—¿Quién te dio permiso para hacer esto?
Por primera vez, Mónica dejó de fingir indiferencia.
—No necesito tu permiso, Isabel. Esta casa también me pertenece.
—Mamá ni siquiera lleva un día enterrada.
—Precisamente por eso hay que empezar cuanto antes.
Entonces sonó el timbre.
Mónica cambió de expresión
inmediatamente.
—Debe ser el señor de la mesa.
Isabel frunció el ceño.
—¿Qué señor?
Mónica caminó hacia la puerta.
—La vendí esta mañana.
Isabel sintió que se le helaba el cuerpo.
—¿Esta mañana estabas vendiendo los muebles mientras enterrábamos a mamá?
Mónica no respondió.
Abrió la puerta.
Un hombre de unos cincuenta años esperaba afuera con otro más joven. Dijo que había ido por la mesa de comedor que había comprado por internet.
Isabel miró hacia el comedor.
La mesa había pertenecido a sus abuelos. Sobre ella habían celebrado cumpleaños, graduaciones y la última Navidad de Elena.
—Esa mesa no se va a ninguna parte —dijo Isabel.
El comprador levantó las manos, incómodo.
—Señora, yo ya pagué un anticipo.
Isabel volteó hacia su hermana.
—Devuélveselo.
—No.
—Mónica.
—Ya está vendida.
El hombre, al percibir la tensión, dijo que podía volver después y salió de la casa.
Cuando la puerta se cerró, Isabel perdió la paciencia.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Mónica dejó el plumón sobre el aparador.
—Estoy resolviendo lo que mamá dejó pendiente.
—Mamá no dejó pendiente vender su vida por partes.
—Tú siempre fuiste así —respondió Mónica—. Todo lo conviertes en un recuerdo sagrado.
—¿Y tú todo lo conviertes en dinero?
Mónica apretó la mandíbula.
Por un instante pareció que iba a contestar, pero en vez de hacerlo tomó su bolso.
—Mañana viene gente a ver varias cosas. Si quieres quedarte con algo, sepáralo hoy.
Isabel se interpuso frente a ella.
—No vas a vender nada más hasta que sepamos qué dejó mamá y qué dice el testamento.
Mónica soltó una risa seca.
—No hay ningún misterio. La casa es de las dos.
—Entonces las dos decidimos.
—Eso ya lo veremos.
Mónica salió dando un portazo.
Isabel se quedó sola.
El silencio de la casa se sintió distinto.
Caminó lentamente por la sala retirando etiquetas. Las fue poniendo una encima de otra sobre la mesa.
Ochocientos pesos.
Mil quinientos.
Tres mil.
Cada cifra le parecía una falta de respeto.
Cuando llegó al reloj de su padre, pasó la mano por la madera.
—Perdón, papá —murmuró.
Al retirar el resto de la cinta adhesiva notó algo extraño.
La parte trasera del reloj no estaba completamente cerrada.
Pensó que Mónica la habría movido al colocar el precio, así que intentó acomodarla. Entonces escuchó un pequeño golpe en el interior.
Abrió la tapa.
Detrás del mecanismo había un sobre amarillo.
En el frente, con la letra temblorosa de su madre, estaba escrito:
“Para Isabel. No se lo enseñes a Mónica hasta hablar con el licenciado Salgado.”
Isabel sintió que el corazón se le aceleraba.
Sacó el sobre.
Dentro había una llave pequeña y una hoja doblada.
Reconoció inmediatamente la letra de Elena.
“Hija, si estás leyendo esto, probablemente ya descubriste que tu hermana tenía más prisa de la que yo imaginaba.
No discutas con ella todavía.
Hay cosas sobre esta casa y sobre mi dinero que tú no sabes.
Mañana a las diez ve con el licenciado Arturo Salgado.
Lleva esta llave.
Y, por favor, antes de confiar en cualquier cosa que diga Mónica, pregúntale qué pasó con los cuatrocientos mil pesos que salieron de mi cuenta en marzo.”
Isabel leyó la última línea tres veces.
Cuatrocientos mil pesos.
Marzo.
En marzo su madre apenas podía levantarse sola de la cama.
Isabel cerró la mano alrededor de la pequeña llave.
Entonces escuchó un ruido detrás de ella.
La puerta principal acababa de abrirse.
Mónica estaba de regreso.
Y miraba directamente el sobre que Isabel tenía entre las manos.
Capítulo completado
Has llegado al final de este capítulo.
Seguir leyendo
Más mundos en los que perderte después de este capítulo.