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MI HERMANA EMPEZÓ A VENDER LAS COSAS DE MAMÁ HORAS DESPUÉS DE SU FUNERAL
Capítulo 2 / 7

Capítulo 2

LOS CUATROCIENTOS MIL PESOS

1561 palabras

Mónica se quedó parada junto a la puerta, con una mano todavía sobre la perilla.

—¿Qué tienes ahí?

Isabel dobló la carta con rapidez y la metió de nuevo en el sobre.

—Nada.

Mónica soltó el bolso sobre una silla.

—No parecía nada.

—¿No habías dicho que te ibas?

—Olvidé las llaves del coche.

Sus ojos no se apartaban del sobre.

Isabel conocía esa mirada. Desde niñas, Mónica siempre había tenido una forma particular de observar cuando quería algo: no preguntaba directamente, esperaba, calculaba y luego encontraba la manera de obtenerlo.

—¿Dónde lo encontraste? —preguntó.

—Entre las cosas de mamá.

—Déjame verlo.

—No.

Mónica dio un paso hacia ella.

—Isabel, no empieces.

—Dice mi nombre.

—Mamá estaba medicada durante sus últimos meses. Escribía cosas y luego ni se acordaba.

La respuesta fue demasiado rápida.

Isabel sintió un escalofrío.

—Qué curioso que sepas exactamente qué puede decir una carta que ni siquiera has leído.

Mónica se quedó callada.

Isabel guardó el sobre dentro de su bolso.

—Mañana hablaremos.

—¿Con quién?

—Contigo, cuando esté lista.

Mónica sonrió con evidente irritación.

—Siempre te encantó hacer drama.

Tomó las llaves del coche de una pequeña bandeja y salió otra vez.

Esa noche Isabel no durmió en su departamento. Se quedó en la casa de Elena.

No quería dejar solos los documentos ni los recuerdos mientras Mónica tenía llaves.

A las nueve de la mañana siguiente recibió una llamada de un número desconocido.

—¿Señora Isabel Torres?

—Sí.

—Soy Arturo Salgado. Fui abogado de su madre durante muchos años. Elena me pidió que la llamara si usted no se comunicaba conmigo después del funeral.

Isabel se incorporó en el sillón.

—Encontré una carta.

Hubo una pausa.

—Entonces también encontró la llave.

A las diez en punto, Isabel estaba sentada en un despacho pequeño del centro. Arturo Salgado era un hombre de cabello canoso, lentes delgados y voz tranquila.

Isabel puso la

llave sobre el escritorio.

—Mi mamá escribió que debía preguntarle a Mónica por cuatrocientos mil pesos.

El abogado no pareció sorprendido.

Abrió un cajón y sacó una carpeta azul.

—Antes de morir, su madre me pidió que preparara varias cosas. Algunas son parte de su sucesión. Otras no.

—¿Qué significa eso?

Arturo giró la carpeta hacia ella.

Había copias de estados de cuenta.

—En marzo salieron cuatrocientos mil pesos de una cuenta de inversión de su madre.

—¿Quién los retiró?

—La operación se hizo mediante transferencia.

Isabel recorrió las hojas con los ojos.

El nombre de la cuenta receptora le resultó familiar.

Mónica Torres.

—No puede ser.

—Su madre descubrió la transferencia en abril.

—¿Mónica tenía acceso?

—Durante un tiempo tuvo autorización para ayudarla con pagos. Elena se la retiró después de esto.

Isabel recordó marzo. Su madre había estado débil, pero consciente. Ella misma la acompañaba al banco cuando

necesitaba hacer algo importante.

—¿Mamá denunció a Mónica?

—No.

—¿Por qué?

Arturo juntó las manos.

—Porque era su hija.

Aquello dolió más de lo que Isabel esperaba.

—Entonces, ¿qué hizo?

—Le pidió que devolviera el dinero.

—¿Lo devolvió?

—Una parte.

Arturo mostró otra hoja.

Ciento veinte mil pesos habían regresado a la cuenta dos semanas después.

Faltaban doscientos ochenta mil.

—¿Para qué los quería?

—Eso tendrá que preguntárselo a su hermana.

Isabel pensó en las etiquetas, en la mesa vendida antes de que terminara el funeral, en la urgencia de Mónica por vaciar la casa.

—¿Está vendiendo las cosas para pagar lo que falta?

—No puedo afirmarlo.

—¿Y el testamento?

Arturo abrió otra carpeta.

Elena había firmado su último testamento siete meses antes.

La casa no quedaba dividida automáticamente entre ambas hijas.

Elena había dejado a Isabel el derecho de permanecer en ella y administrar el inmueble durante dos años. Durante ese periodo no podía venderse sin su consentimiento.

Después de esos dos años, la propiedad se repartiría por partes iguales, salvo que aparecieran deudas pendientes con el patrimonio de Elena.

—¿Deudas pendientes? —preguntó Isabel.

—Su madre quiso incluir una cláusula específica. Cualquier cantidad comprobable que una de ustedes le debiera al momento de su muerte sería descontada de la parte correspondiente de la herencia.

Isabel entendió.

—Los doscientos ochenta mil.

—Entre otras posibles cantidades.

—¿Hay más?

Arturo no respondió inmediatamente.

—Elena sospechaba que sí.

Sacó un pequeño estuche metálico.

—La llave que encontró abre esto.

Dentro había una memoria USB y una tarjeta escrita a mano.

“Revisa primero la carpeta llamada CASA.”

Arturo conectó la memoria a su computadora.

La carpeta contenía fotografías de documentos, recibos y capturas de conversaciones.

Una de las primeras imágenes era una cotización de una inmobiliaria.

La fecha era de seis semanas antes de la muerte de Elena.

Dirección: la casa de Elena.

Solicitante: Mónica Torres.

—¿Intentó venderla?

—Parece que estaba averiguando cuánto valía —dijo Arturo.

Había también mensajes.

“Mamá ya casi no entiende nada.”

“Cuando esto termine, la casa se vende rápido.”

“Mi hermana va a querer guardar hasta las cortinas, pero yo me encargo.”

Isabel sintió náuseas.

—¿Quién recibió estos mensajes?

—Su madre nunca me dijo cómo los consiguió.

Isabel siguió bajando.

Otro documento la hizo detenerse.

Era un contrato de préstamo.

Deudora: Mónica Torres.

Monto: seiscientos mil pesos.

Garantía propuesta: derechos hereditarios futuros sobre un inmueble.

—¿Se puede poner como garantía algo que todavía no heredaste?

—No de esa manera —respondió Arturo—. Pero el documento explica por qué su hermana podría necesitar dinero con tanta urgencia.

El teléfono de Isabel vibró.

Era Mónica.

No contestó.

Volvió a vibrar.

Después llegó un mensaje:

“Hay compradores en casa. Si quieres salvar tus recuerdos, ven antes de que se los lleven.”

Isabel se puso de pie.

—Tengo que irme.

Arturo cerró la computadora.

—Isabel, no confronte a su hermana sin guardar copias de todo.

—¿Por qué?

El abogado la miró seriamente.

—Porque su madre no escondió esos documentos dentro de un reloj por casualidad.

Cuando Isabel llegó a la casa, había una camioneta estacionada afuera.

Dos hombres cargaban la vitrina de su madre hacia la puerta.

—¡Bájenla!

Los hombres se detuvieron.

Mónica apareció desde el comedor.

—Llegaste justo a tiempo.

—Te dije que no vendieras nada.

—Y yo te dije que esta casa también es mía.

Isabel caminó hacia ella.

—No durante los próximos dos años.

El rostro de Mónica cambió.

—¿Qué?

—Ya vi el testamento.

Los hombres dejaron la vitrina en el piso.

—Pueden irse —les dijo Isabel—. Ningún objeto de esta casa está autorizado para venta.

Uno de ellos miró a Mónica.

—Señora, nosotros ya pagamos.

Mónica sacó dinero de su bolso y se lo entregó con furia.

Esperó hasta que salieron.

Después cerró la puerta.

—¿Qué te dijo Salgado?

—Lo suficiente.

—Ese viejo siempre quiso poner a mamá en mi contra.

—¿También él transfirió cuatrocientos mil pesos a tu cuenta?

El color desapareció del rostro de Mónica.

Durante varios segundos ninguna habló.

—Mamá te lo contó.

—Mamá dejó pruebas.

—No sabes lo que pasó.

—Entonces explícame.

Mónica se pasó una mano por el cabello.

—Necesitaba el dinero.

—Eso ya lo veo.

—Fue un préstamo.

—¿Un préstamo que tomaste sin permiso?

—Ella me había dado acceso a la cuenta.

—Para pagar servicios y medicinas, no para llevarte cuatrocientos mil pesos.

Mónica levantó la voz.

—¡Yo también soy su hija!

—¿Y eso te daba derecho a vaciar su cuenta?

—No la vacié.

—Te faltó tiempo.

Mónica golpeó la mesa con la palma.

—¡No tienes idea de lo que estaba pasando!

—Pues cuéntamelo.

Mónica respiraba rápido.

Por primera vez desde el funeral, su seguridad había desaparecido.

—Mi negocio estaba quebrando.

Isabel sabía que Mónica tenía una pequeña empresa de decoración de eventos. Siempre hablaba de clientes importantes, nuevos contratos y crecimiento.

—Dijiste que te iba muy bien.

—Mentí.

La palabra quedó suspendida entre las dos.

Mónica explicó que había perdido a dos clientes grandes. Después pidió créditos para mantener el negocio. Luego pidió más dinero para pagar los primeros créditos.

—Debía casi un millón.

Isabel la miró horrorizada.

—¿Y pensabas pagar todo con la casa de mamá?

—Pensaba vender mi parte.

—Antes de que ella muriera ya estabas calculando cuánto valía.

—Porque sabía que esto iba a pasar.

—¿Qué cosa?

Mónica señaló alrededor.

—Esto. Tú aferrándote a cada plato y cada silla mientras yo me hundo.

Isabel sintió rabia.

—Mamá estaba muriendo y tú estabas calculando tu herencia.

—No me juzgues.

—No necesito hacerlo. Tus mensajes hablan por ti.

Mónica palideció otra vez.

—¿Qué mensajes?

Isabel comprendió que había dicho demasiado.

Mónica se acercó.

—¿Qué más tenía esa memoria?

—Aléjate.

—Dámela.

—No la tengo aquí.

Mónica abrió el bolso de Isabel antes de que pudiera detenerla.

Isabel se lo arrebató.

—¿Qué te pasa?

—Mamá no sabía lo que hacía.

—Sabía lo suficiente para proteger sus documentos de ti.

Mónica la miró con una mezcla de rabia y miedo.

Entonces sonó el teléfono de la casa.

Isabel contestó.

Una mujer preguntó por Elena Torres.

—Mi mamá falleció ayer.

—Lo siento mucho —respondió la mujer—. Llamo de la Notaría 18. Necesitamos confirmar la cita para entregar la copia certificada de la escritura modificada.

Isabel frunció el ceño.

—¿Escritura modificada?

Mónica dio un paso hacia ella.

La mujer continuó:

—Sí. La señora Elena Torres realizó una modificación de copropiedad hace cinco meses.

Isabel miró a su hermana.

Mónica estaba completamente inmóvil.

—¿A nombre de quién? —preguntó Isabel.

Del otro lado de la línea hubo unos segundos de silencio mientras la mujer revisaba el expediente.

—La nueva copropietaria registrada es usted, señora Isabel Torres.

Capítulo completado

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