A la mañana siguiente apareció una mujer que yo no había visto en diecisiete años.
Capítulo 3
A la mañana siguiente apareció una mujer que yo no había visto en diecisiete años.
Mi tía Elena.
Hermana menor de mi padre.
Entró llorando.
—Vale.
Sentí que volvía a ser adolescente.
—Tía.
Nos abrazamos como pudimos.
Ella olía al mismo perfume de gardenias que usaba cuando yo era niña.
—¿Por qué viniste?
—Porque vi las noticias.
—¿Qué noticias?
—Santiago está detenido.
Todavía no me habían informado.
—¿Por qué?
—Fraude, tentativa de homicidio… no sé todo.
Mi tía respiró hondo.
—Pero hay algo que tú debes saber antes de que él hable.
El miedo regresó.
—¿Qué?
Se sentó.
—Tu papá conocía a los Montes.
—¿A Santiago?
—A su padre.
—Nunca me dijo.
—Porque los odiaba.
Aquello no tenía sentido.
—Entonces ¿por qué permitió que me casara con él?
Mi tía me miró con tristeza.
—Tu papá murió seis meses antes de que conocieras a Santiago.
Cierto.
Yo lo había olvidado dentro del caos.
—¿Qué pasó entre ellos?
—Negocios.
—¿Qué negocios?
—Tu papá descubrió que Esteban
Montes lavaba dinero usando constructoras.
Esteban.
El padre de Santiago.
Murió hacía años.
—¿Lo denunció?
—Estaba por hacerlo.
—¿Y?
Mi tía apretó las manos.
—Murió.
El cuarto se quedó en silencio.
Mi padre había muerto por un infarto.
Igual que…
No.
—Tía.
Ella empezó a llorar.
—Nunca creí que fuera natural.
Sentí que me faltaba aire.
—¿Estás diciendo que mataron a mi papá?
—Estoy diciendo que desaparecieron documentos de su despacho la misma noche.
Mi corazón retumbaba.
—¿Y tú nunca me dijiste?
—Tenías veintitrés años. Estabas destrozada. No tenía pruebas.
—¿Santiago sabía quién era yo cuando me conoció?
Mi tía asintió lentamente.
—Estoy segura.
---
Santiago fue detenido cuando intentó salir de la Ciudad de México rumbo a Querétaro.
No preguntó por mí.
Preguntó por el fideicomiso.
Eso me contó Elena.
La licenciada.
Cuando me lo dijo, me reí.
No porque fuera gracioso.
Porque después de once años, todo se
había reducido a una cifra.
Dinero.
Siempre dinero.
Pero quedaba una pregunta.
¿Por qué tanta prisa por sacarme del hospital?
Si ya había intentado matarme, ¿por qué arriesgarse entrando a mi habitación?
La respuesta llegó esa tarde.
Patricia cerró la puerta.
—Valeria, necesito enseñarte algo.
Sacó su celular.
Era un video de seguridad.
Santiago entrando a mi habitación.
Luego otro.
De doce días antes.
Yo estaba sedada.
Santiago estaba junto a mi cama.
Solo.
—¿Qué hace?
Patricia acercó la imagen.
Metía algo en el puerto del suero.
Se me helaron las manos.
—No.
—El sistema registró una caída severa de tu presión arterial a las 2:18 de la mañana.
—Pensaron que era por las cirugías.
—Sí.
—¿Qué me puso?
—No sabemos.
—¿Intentó matarme aquí?
Patricia bajó el teléfono.
—Eso parece.
Sentí ganas de vomitar.
—¿Y nadie lo vio?
—Alguien sí.
La miré.
—¿Quién?
Patricia dudó.
—Camila.
Se me congeló la
sangre.
—No.
—Tu suegra la trajo al hospital esa noche.
—A mí me dijeron que nunca vino.
—Mercedes pidió que no la registraran como visitante. Tenía contacto con un administrativo.
—¿Camila vio a Santiago?
—Parece que sí.
—¿Por qué nadie me lo dijo?
Patricia respiró.
—Porque Camila se escondió.
—¿Dónde?
—En el baño de tu habitación.
Recordé el pequeño baño junto a la cama.
—¿Cuánto tiempo?
—No sabemos.
—Dios mío.
—Cuando una camillera la encontró, la niña estaba llorando. Dijo que su papá te había puesto “medicina escondida”.
Todo mi cuerpo tembló.
—¿Por eso Santiago quería sacarme?
Patricia negó.
—Hay más.
Sacó una hoja.
—Esa noche alguien reportó de forma anónima al área jurídica que un visitante había manipulado tu suero.
—¿Quién?
—No sabemos.
—Entonces por eso empezaron a vigilar.
Patricia asintió.
La sombra.
El celular grabando.
La puerta abriéndose.
Todo había sido preparado.
No para provocarlo.
Para documentarlo.
—¿Esperaban que volviera?
—Sí.
—¿Por qué no me dijeron?
—Porque había sospecha de intento de homicidio y necesitaban preservar evidencia.
Sentí enojo.
—Yo era la evidencia.
Patricia bajó la mirada.
—Lo sé.
Quise gritar.
Pero estaba demasiado cansada.
---
Santiago pidió verme.
Me negué.
Pidió otra vez.
Me negué.
La tercera vez mandó una carta por su abogado.
No la abrí.
La cuarta envió una sola frase:
“Pregunta quién cambió realmente el beneficiario.”
Eso sí me detuvo.
Llamé a Elena.
—Quiero saberlo.
La investigación encontró que la solicitud había salido desde una dirección IP de mi casa.
Pero la firma electrónica no pertenecía a Santiago.
Pertenecía a mí.
O mejor dicho, a mi certificado digital.
—Me lo robó —dije.
—Probablemente.
—Entonces él hizo el cambio.
Elena negó.
—La hora del trámite fue a las 11:36 de la mañana.
—¿Y?
—Santiago estaba en una junta presencial con cuarenta personas.
—Pudo hacerlo alguien por él.
—Sí.
—Mercedes.
—Tampoco.
—Entonces ¿quién?
Elena respiró.
—Camila estaba en la escuela.
—¿Qué tiene que ver?
—Nada.
Sentí impaciencia.
—Entonces dime.
Sacó una fotografía.
Un hombre saliendo de mi casa aquel día.
Gorra.
Cubrebocas.
Camisa gris.
No se veía bien el rostro.
Pero reconocí la forma de caminar.
—No.
Elena me observó.
—¿Lo conoce?
—No puede ser.
—¿Quién es?
Sentí que la garganta se me cerraba.
—Mi hermano.
—¿Cómo se llama?
—Andrés.
—¿Dónde está?
—Murió hace nueve años.
Elena no parpadeó.
—Entonces tenemos otro problema.
---
Andrés era mi hermano mayor.
Murió en Guadalajara.
Accidente automovilístico.
Yo identifiqué el cuerpo.
O creí hacerlo.
Estaba quemado.
Me dijeron que era él por el reloj, la cartera y el vehículo.
Mi mamá ya había muerto.
Mi padre también.
Yo era la única familia.
No pedí ADN.
¿Por qué habría de hacerlo?
Pero el hombre en la cámara tenía la misma cojera que Andrés arrastraba desde adolescente después de una lesión de futbol.
—Quiero una prueba.
—Ya la pedimos.
—¿Exhumación?
Elena asintió.
Los resultados llegaron cuatro días después.
El cadáver enterrado como Andrés Rivas no compartía ADN conmigo.
Mi hermano estaba vivo.
Y había entrado en mi casa usando mis credenciales digitales mientras yo estaba en el hospital.
Pero lo más extraño fue lo que modificó.
No puso a Santiago como beneficiario.
Lo removió.
—¿Qué? —pregunté.
El abogado del seguro me enseñó los documentos.
—La cobertura de vida quedó dividida.
—¿Entre quiénes?
—Su hija Camila, setenta por ciento.
—¿Y el treinta?
El hombre bajó la vista.
—Un fideicomiso especial.
—¿Para quién?
—Para usted.
Me reí, confundida.
—Si yo muero, no puedo recibir dinero.
—No en caso de fallecimiento.
—Entonces…
—En caso de incapacidad permanente.
Me quedé inmóvil.
—¿Quién administra ese fideicomiso?
El abogado giró la página.
ANDRÉS RIVAS.
Mi hermano había aparecido de la nada y había evitado que Santiago controlara el dinero si yo sobrevivía discapacitada.
No estaba ayudando a Santiago.
**Me estaba protegiendo de él.**
Capítulo completado
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