Jebediah Rooker no me dio la bienvenida cuando bajé del carruaje en Silvercliff.
Capítulo 1
Jebediah Rooker no me dio la bienvenida cuando bajé del carruaje en Silvercliff.
No preguntó si el viaje había sido difícil, no intentó cargar mi maletín y ni siquiera sonrió como el hombre que durante seis meses había llenado mis noches con cartas sobre una casa de madera, caballos en el valle y una vida que, según él, podíamos construir juntos. Solo señaló un carromato estacionado al borde del camino y dijo:
—Sube.
Me quedé quieta con una mano cerrada alrededor del asa de mi maletín. Todo lo que poseía estaba ahí dentro: dos vestidos, un cepillo, las últimas cartas de Rooker y la escritura de cuarenta acres que mi padre me había dejado antes de morir.
—No.
La expresión de Rooker cambió.
Detrás de él había dos hombres que no conocía. Ninguno parecía sorprendido por su tono. Uno llevaba las manos metidas en los bolsillos del abrigo; el otro miraba de mí al carromato como si estuviera esperando que algo ocurriera.
Rooker
se acercó.
—Clara, llevas días viajando. Estás cansada. No armes una escena.
—Usted me escribió que me esperaría para llevarme a la casa de su hermana.
Sus ojos se endurecieron.
—Los planes cambiaron.
—Entonces explíqueme cómo.
En vez de responder, me sujetó del brazo.
Sus dedos se cerraron con tanta fuerza que sentí el dolor incluso a través de la manga.
—No hagas esto difícil.
Durante un instante tuve miedo de verdad.
Estaba sola, a cientos de kilómetros de las personas que conocía, con apenas dos dólares cosidos en el forro de mi bolso. Nadie en Colorado esperaba mi llegada excepto el hombre que acababa de ponerme una mano encima.
Pero había aprendido algo trabajando entre oficinas, jueces, secretarios y propietarios que discutían por linderos: cuando alguien intenta convertir su versión en la única versión disponible, lo peor que puedes hacer es guardar silencio.
Levanté la voz.
—No voy con
usted por mi propia voluntad.
Los dos hombres detrás de Rooker levantaron la cabeza.
También lo hicieron varias personas cerca de la carretera.
Rooker apretó la mandíbula.
—Baja la voz.
—Quite la mano de ella.
La orden llegó desde la línea de pinos.
Un hombre alto, de abrigo oscuro y sombrero polvoriento, avanzó hacia nosotros sin correr. No llevaba el arma en la mano, pero el revólver en su cintura era visible.
Rooker me soltó.
—Esto no le incumbe, Hayes.
—Ahora sí.
El recién llegado se detuvo a unos pasos.
—La señora dijo que no quiere ir con usted.
Rooker soltó una risa breve.
—Vino hasta aquí para casarse conmigo.
—Entonces debería resultarle fácil conseguir que suba al carromato sin agarrarla.
Nadie dijo nada durante varios segundos.
Yo me froté el brazo.
Rooker miró a sus acompañantes. Ninguno se movió.
Finalmente escupió al suelo.
—Te vas a arrepentir de esto,
Clara.
—Lo que lamento es haber venido creyendo en usted.
Su cara se tensó, pero ya había demasiadas personas observando.
Subió al carromato y se marchó con los otros dos hombres.
El desconocido esperó hasta que estuvieron lejos.
—Gideon Hayes.
—Clara Bennett.
Miró mi maletín.
—¿Tiene dónde quedarse?
—Se suponía que sí.
—Entonces ahora no.
No me gustó depender de otro desconocido tan pronto después de haber descubierto que el primero me había engañado.
Debió notarlo.
—Puede caminar delante de mí si eso la hace sentir mejor —dijo—. Elhorn queda a poco más de una milla. Hay una casa parroquial y una familia que renta habitaciones.
Aquello me pareció lo bastante razonable.
Empezamos a caminar.
Apenas habíamos recorrido unos cientos de metros cuando Gideon preguntó:
—¿Rooker sabe que trajo la escritura?
Lo miré.
—¿Qué escritura?
—La de sus cuarenta acres.
Me detuve.
Él hizo lo mismo.
—¿Cómo sabe usted eso?
—Porque en este valle últimamente todos saben demasiado sobre tierras que no les pertenecen.
El viento movió las ramas de los pinos sobre nosotros.
Metí la mano en el bolsillo de mi abrigo.
—Explíquese.
Gideon miró el camino por el que Rooker había desaparecido.
—¿Alguna vez le mencionó un ferrocarril?
—No.
—¿Douglas Shaw?
—Tampoco.
Gideon soltó el aire lentamente.
—Entonces tenemos un problema.
Seguimos caminando mientras me contaba lo que las cartas de Rooker jamás habían mencionado. Desde hacía meses circulaban rumores de que una compañía ferroviaria estudiaba una nueva ruta para atravesar aquella parte de Colorado. No existía todavía un anuncio definitivo, pero algunos topógrafos habían sido vistos midiendo terrenos al sur de Silvercliff.
Una de las rutas posibles cruzaba el valle.
Exactamente donde estaban mis cuarenta acres.
—¿Cuánto valen? —pregunté.
—Hoy, dependiendo del agua y del acceso, no demasiado.
—¿Y si pasa el ferrocarril?
Gideon me miró.
—Muchísimo más.
Seguí caminando, pero mis piernas habían comenzado a sentirse extrañamente ligeras.
Pensé en las cartas de Rooker.
En aquella donde me había preguntado, casi como un detalle sin importancia, si mi padre había dejado la tierra únicamente a mi nombre.
En otra donde había escrito que después del matrimonio sería más práctico que él administrara cualquier propiedad.
En la carta donde insistió en que llevara conmigo todos los documentos porque “los papeles importantes siempre están más seguros entre marido y mujer”.
Me había parecido protector.
De pronto parecía otra cosa.
—Rooker nunca quiso casarse conmigo.
Gideon tardó un momento en responder.
—No.
Sentí un nudo duro formándose debajo del esternón.
—Quería mi escritura.
—Eso creo.
Elhorn apareció poco después: una calle principal, algunas tiendas, corrales, una iglesia y un puñado de casas aferradas al paisaje como si el viento intentara arrancarlas.
Gideon me consiguió una habitación en la casa parroquial, pero antes de despedirse me preguntó si todavía conservaba las cartas.
—Todas.
—No las pierda.
—No pensaba hacerlo.
Se quedó mirándome.
—Señora Bennett, hay algo más.
No me gustó la manera en que lo dijo.
—¿Qué?
—Usted no es la primera persona que llega a este valle con una propiedad y termina descubriendo que alguien más parece saber exactamente cuánto vale.
A la mañana siguiente fui a buscarlo.
Encontré su cabaña cerca del límite del pueblo. Sobre la mesa había un mapa grande sostenido en las esquinas por una taza, una herradura, una lámpara y una piedra.
Once propiedades estaban marcadas con tinta.
—¿Qué es esto?
—Personas que perdieron tierras durante los últimos dieciocho meses.
Junto al mapa había declaraciones escritas.
Tomé una.
Una viuda llamada Martha Pike había perdido veintiséis acres después de que apareciera una supuesta deuda garantizada con su propiedad.
Otra familia había vendido apresuradamente después de recibir avisos de impuestos atrasados que aseguraban nunca haber visto antes.
Un hombre llamado Samuel Reese afirmaba que parte de su terreno había cambiado de propietario mientras él estaba fuera cuidando a su hermano enfermo.
Las historias eran diferentes.
Los nombres que aparecían alrededor de ellas no.
Jebediah Rooker surgía dos veces.
Douglas Shaw, cuatro.
Un mismo notario, varias.
—¿Quién reunió todo esto?
—Yo recopilé algunas declaraciones. Otros propietarios trajeron las suyas.
—¿Y las autoridades?
—Sin documentos, esto solo parece gente molesta porque perdió tierras.
Me senté.
Había trabajado durante tres años revisando títulos de propiedad en Jefferson City antes de casarme. Mi esposo solía bromear diciendo que yo podía detectar una fecha equivocada más rápido que él una herradura floja.
Después de enviudar dejé ese trabajo.
Pensé que esa parte de mi vida había terminado.
Tomé la declaración de Martha Pike.
La leí una vez.
Luego regresé a la primera página.
—Espere.
Gideon se acercó.
Señalé una fecha.
—Aquí dice que el gravamen se presentó el diecisiete de febrero.
—Sí.
Pasé a un anexo.
—Pero esta certificación dice que el documento original fue reconocido el diecinueve.
—¿Eso importa?
Lo miré.
—Un documento no puede presentarse legalmente dos días antes de que la persona supuestamente lo reconozca.
Tomé otra hoja.
Había otro error.
Y luego uno más.
Gideon permaneció en silencio mientras yo apilaba documentos a mi izquierda y derecha.
Después de casi media hora preguntó:
—¿Puede arreglar esto?
Levanté la vista.
Por primera vez desde que había bajado del carruaje, ya no me sentía como una mujer atrapada en un lugar desconocido.
Me sentía como la Clara que había pasado años entre registros, sellos, libros y personas que suponían que una viuda no entendería lo que estaba leyendo.
Empujé la taza vacía hacia Gideon.
—Ponga café.
Y acerqué la lámpara.
Porque si Rooker había cruzado medio país con sus mentiras para conseguir mis tierras, acababa de cometer un error mucho más grande que subestimarme.
Me había llevado exactamente al lugar donde estaban guardadas las pruebas.
Capítulo completado
Has llegado al final de este capítulo.
Seguir leyendo
Más mundos en los que perderte después de este capítulo.