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CRUCÉ MEDIO PAÍS PARA CASARME CON UN RANCHERO… Y DESCUBRÍ QUE SOLO QUERÍA MI ESCRITURA
Capítulo 2 / 5

Capítulo 2

PARTE 2: LAS FECHAS NO MIENTEN

1424 palabras

Trabajé hasta que la llama de la lámpara comenzó a temblar.

Gideon preparó café dos veces. La segunda jarra quedó casi intacta porque para entonces yo había dejado de sentir cansancio.

Tenía nombres, fechas y números de registro extendidos por toda la mesa.

No intenté demostrar que Douglas Shaw era culpable.

Eso habría sido empezar por la conclusión.

Hice lo contrario.

Busqué errores.

Un título de propiedad puede parecer una maraña de frases y sellos para quien no está acostumbrado a leerlo, pero en realidad cuenta una historia. Una persona adquiere una parcela en determinada fecha. La vende, la hereda o la utiliza como garantía. Cada movimiento deja una huella.

Si una huella aparece antes que el pie que supuestamente la produjo, hay un problema.

En tres de las once propiedades encontré fechas que no coincidían.

En otras dos, las descripciones de los linderos habían cambiado ligeramente entre el documento original y la transferencia posterior.

No era suficiente para acusar a

nadie.

Pero sí para seguir buscando.

Al amanecer regresé a la casa parroquial, me lavé la cara con agua helada y abrí mi maletín sobre la cama.

La escritura de mi padre estaba envuelta en tela.

La sostuve unos segundos.

Había visto esa firma cientos de veces durante mi infancia: en cuentas, cartas, recibos de semillas, notas que dejaba sobre la mesa.

Thomas Bennett.

Mi padre jamás había tenido mucho dinero. Lo poco que dejó estaba en aquella tierra.

Y alguien había decidido que por ser mujer, viuda y recién llegada sería más sencillo quitármela que comprarla.

Guardé el documento dentro de mi abrigo.

Una hora después estaba frente a la oficina de registros del condado.

El secretario era un hombre delgado llamado Mr. Talbot. Leyó mi escritura, revisó el sello y me preguntó si quería registrarla de inmediato.

—Hoy.

—¿Adquirió la propiedad recientemente?

—La heredé.

—¿Tiene el certificado sucesorio?

Lo puse frente a él.

Lo revisó.

Todo estaba en orden.

Mientras escribía en el libro, alguien abrió la puerta.

Rooker entró.

No pareció sorprendido de verme.

Eso me inquietó más que si hubiera gritado.

—Clara.

No respondí.

Rooker miró el documento sobre el escritorio.

—Te dije que podíamos encargarnos juntos de esto.

—No recuerdo haber aceptado.

Mr. Talbot levantó la cabeza.

Rooker sonrió.

—Asunto de prometidos.

—No somos prometidos —dije.

La sonrisa desapareció.

—Después de todas esas cartas…

—Después de que me agarró del brazo frente a media carretera, cualquier acuerdo que usted hubiera imaginado terminó.

El secretario dejó de escribir.

Rooker entendió que otra vez tenía testigos.

—Shaw puede hacerte una oferta justa.

Era la primera vez que escuchaba el nombre salir de su boca.

No lo dejé pasar.

—Curioso.

—¿Qué?

—Ayer usted no mencionó a Douglas Shaw.

Rooker se quedó quieto.

Yo también.

No necesitaba que confesara

nada en aquella oficina.

Solo necesitaba que siguiera hablando.

Pero no lo hizo.

Se acomodó el sombrero.

—No sabes cómo funcionan las cosas aquí.

—Eso estoy averiguando.

—Las tierras cuestan dinero. Los impuestos cuestan dinero. Mantener una propiedad cuesta dinero.

—¿Le preocupa mi economía?

—Me preocupa que termines perdiendo algo que podrías vender bien.

—Entonces déjeme perderlo.

Rooker salió.

Mr. Talbot esperó a que la puerta se cerrara.

—Tiene enemigos rápidos, señora Bennett.

—Ni siquiera llevo dos días aquí.

—A veces es suficiente.

Cuando terminó el registro, pedí otra cosa.

—Quiero revisar todas las transferencias públicas de terrenos de este valle durante los últimos dieciocho meses.

Su expresión cambió.

—Eso es bastante trabajo.

—Tengo tiempo.

—Los libros no pueden salir de esta oficina.

—No necesito llevármelos.

Pasé el resto de la mañana copiando referencias.

Nombre del vendedor.

Comprador.

Fecha.

Notario.

Testigos.

Número de instrumento.

Descripción de parcela.

A media tarde me dolían los dedos.

Entonces encontré la primera coincidencia importante.

Una propiedad de treinta y dos acres había pasado de Samuel Reese a una compañía llamada Western Meridian Holdings.

El nombre de Douglas Shaw no aparecía.

Pero la dirección para notificaciones coincidía con la oficina comercial de Shaw que Gideon había anotado en una de sus declaraciones.

Seguí.

Otras dos parcelas habían terminado en compañías distintas con la misma dirección.

Aquello todavía podía tener una explicación.

Entonces vi el documento fechado el 14 de noviembre.

Algo en el sello me molestó.

No sabía por qué.

Lo copié exactamente y pedí consultar el registro de comisiones notariales.

Mr. Talbot tardó varios minutos en encontrarlo.

Cuando abrió el libro, sentí que la piel de mis brazos se erizaba.

El sello utilizado el 14 de noviembre correspondía a una comisión que había sido expedida el día 21.

Siete días después.

Lo comprobé dos veces.

—¿Puede existir otro registro? —pregunté.

Talbot negó con la cabeza.

—No con ese número.

—¿Puede haber una corrección posterior?

—Tendría que aparecer aquí.

No aparecía.

Respiré despacio.

Un error administrativo era posible.

Pero había aprendido a no enamorarme de una teoría antes de probarla.

Pedí el documento siguiente.

Y el siguiente.

Al caer la tarde encontré otra anomalía.

Un hombre llamado Harold Vance aparecía como testigo en una transferencia realizada en Silvercliff a las diez de la mañana.

El mismo nombre aparecía en otra propiedad, ese mismo día, en un registro efectuado en un distrito situado a varias horas de distancia.

Y una tercera declaración lo colocaba nuevamente en Silvercliff antes del anochecer.

Tal vez existían dos hombres con el mismo nombre.

Tal vez había un error de copia.

O tal vez alguien estaba reutilizando nombres.

Cerré el libro.

—Necesito copias certificadas de estos registros.

Talbot me miró.

—¿Cuántas?

Deslicé una hoja.

—Todas las marcadas.

Silbó entre dientes.

—No serán baratas.

Saqué uno de mis dos dólares.

—Empiece con lo que esto alcance.

Gideon apareció antes de que terminara la primera copia.

Le mostré mis notas.

No sonrió.

—Entonces es real.

—Es sospechoso. Todavía no es lo mismo que probar quién lo hizo.

—Rooker trabaja para Shaw.

—Eso me ha dicho usted.

—Todo el pueblo lo sabe.

—Los tribunales no funcionan con lo que sabe todo el pueblo.

Golpeé suavemente el papel del sello notarial.

—Pero esto sí puede obligar a alguien a contestar preguntas.

Gideon observó la fecha.

—¿Qué piensa hacer?

—Primero, impedir que desaparezcan los registros.

Pedí que cada copia llevara certificación oficial.

Después redacté una impugnación preliminar relacionada con cualquier intento de transferir mis cuarenta acres sin mi consentimiento.

No era una acusación contra Shaw.

Era una barrera.

Una advertencia en papel.

Luego preparé un paquete separado.

Incluí copias de las declaraciones, una lista de las inconsistencias y referencias para verificar cada documento en los libros públicos.

—¿A dónde va eso? —preguntó Gideon.

—A la oficina del U.S. Marshal.

—¿Hoy?

—Hoy.

—¿Por qué tanta prisa?

Miré hacia la ventana.

Rooker estaba al otro lado de la calle.

No fingía estar haciendo otra cosa.

Nos observaba.

—Porque ahora saben que estoy buscando.

Gideon siguió mi mirada.

Rooker levantó apenas el sombrero.

Luego se alejó.

Esa tarde conseguimos que el paquete saliera con un mensajero que viajaba hacia la oficina correspondiente.

Guardé una segunda copia en la casa parroquial.

Una tercera quedó con Gideon.

No confiaba en la suerte.

Confiaba en duplicados.

Al regresar a mi habitación encontré la puerta entreabierta.

No estaba así cuando me fui.

Entré despacio.

El colchón había sido movido.

Mi maletín estaba abierto.

La ropa, revuelta.

Las cartas de Rooker seguían ahí.

También mi escritura.

Porque ninguna de las dos estaba donde alguien esperaría encontrarlas.

Había dejado las cartas dentro de una funda de almohada y la escritura con el pastor antes de salir.

Me senté en la cama.

No habían venido por dinero.

Habían buscado documentos.

Aquello fue lo que terminó de convencerme.

Hasta entonces existía una parte de mí que todavía quería creer que Rooker simplemente había sido un hombre codicioso que había oído hablar del ferrocarril y pensado que podía aprovecharse de una mujer.

Pero alguien había entrado en mi habitación horas después de que yo empezara a revisar los registros.

La escala era distinta.

Tomé las cartas.

En una de ellas Rooker había escrito:

“Cuando llegues, no habrá necesidad de abogados ni oficinas. Lo nuestro será más sencillo que eso.”

Leí la frase tres veces.

Luego busqué otra.

“Trae el título original. Después de casarnos podemos poner todo en orden de una sola vez.”

No eran cartas de amor.

Eran instrucciones disfrazadas.

A la mañana siguiente regresé a la cabaña de Gideon.

Extendí las cartas junto al mapa.

—Necesitamos reunir a los propietarios.

—¿Para qué?

—Para que vean sus propios documentos.

—Algunos tienen miedo.

—Entonces no les pida que crean en mí.

Señalé el mapa.

—Dígales que vengan a reconocer sus nombres.

Capítulo completado

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