La imagen de la cámara quedó abierta en la pantalla.
Capítulo 10
La imagen de la cámara quedó abierta en la pantalla.
Mateo no parpadeaba.
La figura detrás de Ana levantó lentamente la cabeza.
Era Clara.
La misma Clara que estaba de pie junto a ellos.
La misma mujer que había pasado toda la noche defendiendo a Sofía.
La misma mujer que había señalado a Mateo antes de escuchar una sola palabra de su hijo.
Mateo retrocedió.
—No.
Clara se quedó paralizada.
—Yo no…
Daniel la miró como si acabara de verla por primera vez.
—Clara.
—No soy yo.
Elena acercó la imagen.
La grabación era reciente.
Clara aparecía en el sótano de la vieja casa.
Pero entonces Mateo notó algo.
—Espera.
Se acercó a la pantalla.
—Haz zoom en la cara.
Elena obedeció.
La imagen se aclaró.
La mujer tenía el mismo cabello.
La misma ropa.
La misma complexión.
Pero había algo diferente.
Una cicatriz.
Mateo miró a Clara.
—Tú no tienes esa cicatriz.
Clara negó lentamente.
—No.
Rafael respiró con
alivio.
—No es Clara.
Daniel se quedó mirando la pantalla.
—Entonces, ¿quién?
Marisol dio un paso hacia la computadora.
—Es la hermana de Clara.
Clara palideció.
—Mi hermana murió.
Marisol negó.
—Eso fue lo que te hicieron creer.
Elena buscó rápidamente entre los archivos.
Encontró una fotografía.
Dos niñas aparecieron en la pantalla.
Una era Clara.
La otra tenía el mismo rostro que la mujer del sótano.
Mateo sintió que todo empezaba a encajar.
—¿Quién es?
Clara comenzó a llorar.
—Lucía.
Daniel cerró los ojos.
—Dios mío.
Mateo lo miró.
—¿Tú la conocías?
Daniel tardó en responder.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de conocerte.
Clara se volvió hacia él.
—¿Qué estás diciendo?
Daniel respiró profundamente.
—Lucía fue quien manejaba las cuentas.
Marisol asintió.
—Ella robaba el dinero y usaba el nombre de Daniel.
—¿Y Ana la descubrió? —preguntó Mateo.
—Sí —respondió Marisol.
Daniel miró la pantalla.
—Ana descubrió que Lucía
estaba falsificando documentos.
Clara negó con la cabeza.
—No entiendo.
Marisol se acercó.
—Tu hermana quería que tú y Daniel terminaran juntos porque así podía controlar parte del dinero familiar.
Clara quedó en shock.
—¿Qué?
—Pero Ana descubrió todo.
Mateo recordó las palabras del audio.
Daniel no me mató. Pero Daniel sabe quién lo hizo.
—Mi mamá sabía que era Lucía.
Marisol asintió.
—Sí.
—Y tú también.
—Sí.
—¿Por qué no dijiste nada?
Marisol bajó la mirada.
—Porque Lucía me amenazó.
Rafael intervino.
—A todos.
Daniel miró a Mateo.
—Cuando Ana sobrevivió al accidente, Rafael la escondió para protegerla.
—¿Y tú?
—Yo pensé que si fingía que había muerto, Lucía dejaría de buscarla.
Mateo sintió lágrimas en los ojos.
—Pero me dejaste creer que estaba muerta.
Daniel no pudo responder.
—Dieciocho años, papá.
Daniel lloró.
—Lo sé.
—Dieciocho cumpleaños.
—Lo sé.
—Cada Navidad.
Daniel bajó la cabeza.
—Lo sé.
Mateo
se limpió las lágrimas.
—Eso no fue protegerme.
Daniel asintió.
—No.
Por primera vez, no intentó justificarse.
—Fue cobardía.
Clara dio un paso atrás.
—¿Y Sofía?
Sofía estaba temblando.
Marisol la miró.
—Lucía se acercó a ella hace meses.
Sofía cerró los ojos.
—Me dijo que si no ayudaba, iba a arruinar a mi mamá.
Clara la abrazó.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque tenía miedo.
—Soy tu mamá.
—Lo sé.
Sofía comenzó a llorar.
—Pero ella sabía cosas de ti que nadie más sabía.
Clara se quedó quieta.
—¿Qué cosas?
Sofía negó.
—No puedo.
Mateo se acercó.
—Sí puedes.
Sofía respiró profundamente.
—Lucía me dijo que mamá también había estado involucrada.
Clara palideció.
—Eso es mentira.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Mateo.
Clara miró a Daniel.
—Porque yo descubrí el dinero.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Hace dieciocho años.
Clara comenzó a llorar.
—Ana vino a verme antes del accidente.
Mateo se quedó inmóvil.
—¿Mi mamá te visitó?
—Sí.
—¿Qué te dijo?
—Que Daniel estaba en peligro.
Daniel negó.
—Nunca me dijiste eso.
—Porque Lucía me amenazó.
Marisol cerró los ojos.
—Ahora entienden por qué todo tuvo que permanecer oculto.
Elena seguía mirando la computadora.
—Esperen.
Todos voltearon.
—La grabación del sótano sigue.
El video avanzó.
Lucía se acercó a Ana.
—Se acabó —dijo.
Ana levantó la cabeza.
—No.
Lucía dejó un teléfono sobre el piso.
—Tu hijo ya sabe.
Ana sonrió débilmente.
—Entonces perdiste.
Lucía se quedó quieta.
—¿Qué?
—Porque Mateo ya no está solo.
La grabación cambió.
Apareció Mateo, Clara, Daniel, Rafael, Marisol y Elena en la pantalla de seguridad.
Lucía había estado observándolos desde otra cámara.
Entonces una voz salió del altavoz de la computadora.
—Lucía.
Todos se quedaron congelados.
Era Ana.
Pero no desde el teléfono.
La voz venía del sistema de la casa.
Ana había conectado la llamada.
—Te escuchamos.
Lucía miró hacia la cámara.
—Ana.
—Se acabó.
—No puedes probar nada.
Ana respondió:
—Sí puedo.
Elena abrió los archivos restantes.
Había fotografías.
Transferencias bancarias.
Mensajes.
Videos.
Todo estaba respaldado automáticamente en la nube.
Rafael sonrió entre lágrimas.
—Ana lo preparó todo.
Daniel miró a Mateo.
—Tu mamá sabía que algún día necesitaríamos esto.
Mateo cerró los ojos.
Por primera vez en dieciocho años, sintió que su madre no había desaparecido completamente.
Lucía comenzó a gritar desde el sótano.
—¡No saben lo que están haciendo!
Marisol miró a Daniel.
—Llama a la policía.
Daniel tomó el teléfono.
Esta vez no dudó.
—Sí.
Marcó.
Mientras esperaba, Mateo miró a Sofía.
Ella se acercó lentamente.
—Lo siento.
Mateo la miró.
—Me hiciste sentir que mi propio papá no confiaba en mí.
—Lo sé.
—Pero también sé que estabas asustada.
Sofía lloró.
—¿Me perdonas?
Mateo tardó unos segundos.
—No hoy.
Sofía asintió.
—Lo entiendo.
—Pero algún día.
Ella lo abrazó.
Mateo cerró los ojos.
Daniel terminó la llamada.
—Ya vienen.
Clara se acercó a su esposo.
—Tenemos que hablar.
Daniel asintió.
—Sí.
—Mucho.
—Lo sé.
Mateo miró hacia la pantalla.
La imagen del sótano seguía activa.
Ana apareció frente a la cámara.
Mateo se acercó.
—Mamá.
Ella sonrió.
—Hola, mi niño.
Mateo rompió a llorar.
—Pensé que estabas muerta.
—Lo sé.
—Te busqué.
—Lo sé.
—Te esperé.
Ana cerró los ojos.
—Perdóname.
—No fue tu culpa.
Ana sonrió entre lágrimas.
—Eres igualito a tu abuela cuando dices eso.
Mateo soltó una pequeña risa.
—¿Cuándo puedo verte?
Ana respiró profundamente.
—Cuando estés listo.
—Estoy listo.
Hubo silencio.
Entonces Ana dijo:
—Hay algo más que tienes que saber.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué?
Ana miró directamente a la cámara.
—Nunca fuiste el secreto que Lucía intentaba esconder.
Mateo quedó inmóvil.
—¿Entonces qué era?
Ana sonrió.
—Tú eras la razón por la que yo nunca dejé de luchar.
La conexión terminó.
Mateo se quedó mirando la pantalla negra.
Afuera comenzaron a escucharse sirenas.
Daniel se acercó a su hijo.
—Mateo.
Mateo lo miró.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente Daniel extendió la mano.
—No espero que me perdones.
Mateo observó la mano.
Luego miró a su padre.
—Entonces no me pidas eso.
Daniel asintió.
—¿Qué me pides?
Mateo respiró profundamente.
—Que nunca vuelvas a quedarte callado cuando alguien me acuse injustamente.
Daniel tragó saliva.
—Te lo prometo.
Mateo tomó su mano.
No fue un perdón.
Todavía no.
Fue apenas el primer paso.
Y mientras las luces rojas y azules de las patrullas comenzaron a reflejarse sobre las ventanas de la sala, Elena miró el teléfono que todavía sostenía.
Había llegado un último mensaje.
Lo abrió.
Solo decía:
*“Ahora que encontraron a Lucía, todavía falta encontrar quién la ayudó durante estos dieciocho años.””*
Elena levantó lentamente la mirada.
Pero esta vez no dijo nada.
Porque entendió algo que los demás todavía no habían visto.
Capítulo completado
Has llegado al final de este capítulo.
Seguir leyendo
Más mundos en los que perderte después de este capítulo.