A las ocho diez de la noche del 24 de diciembre comprendí que mis hijos no estaban enojados conmigo.
Capítulo 1
A las ocho diez de la noche del 24 de diciembre comprendí que mis hijos no estaban enojados conmigo.
Querían hacerme sentir culpable por atreverme a poner reglas en mi propia casa.
Tengo sesenta y seis años y llevaba unos meses jubilado, después de trabajar treinta y ocho años como abogado corporativo entre Ciudad de México y Toluca. Mi esposa, Elena, había fallecido cuatro años atrás.
Desde entonces vivía solo en nuestra casa de Valle de Bravo, Estado de México. Era una propiedad en una colina, con paredes claras, cortinas oscuras, una chimenea de piedra y cuatro recámaras que siempre mantenía listas para recibir a la familia.
Me encantaba tenerlos ahí.
Para qué voy a mentir, también me gustaba sentir que todavía me necesitaban.
Yo pagaba el supermercado cuando venían. A veces les adelantaba dinero si alguno andaba corto. David llevaba casi dos años usando mi Volvo porque su carro se había descompuesto y nunca encontraba tiempo para comprarse otro.
Laura solía llevar a sus hijos a nuestra casa
junto al lago los fines de semana, incluso cuando yo no estaba. Mateo me llamaba para pedirme consejos y casi siempre terminaba solicitándome una transferencia para salir de algún apuro.
Casi nunca les decía que no.
Había confundido ser un padre generoso con convertirme en un cajero automático que, además de dar dinero, tenía sentimientos.
Dos semanas antes de Navidad, estaba acomodando cuatro llaves viejas de latón en un tazón de cerámica junto a la entrada cuando recibí una llamada de David.
—Papá, ve preparando las habitaciones porque Julia va con nosotros.
A Julia apenas la había visto dos veces. Llevaba cinco meses trabajando con David.
—¿Viene a cenar en Nochebuena? —pregunté.
—No, llegamos el 23 y nos vamos después de Año Nuevo.
Me quedé con una llave entre los dedos.
—David, estamos hablando de nueve días.
—Sí, papá, nueve días.
—Pero ni siquiera me preguntaste.
Su tono cambió de
inmediato.
—Pues te lo estoy diciendo ahorita.
Miré por la ventana de la cocina. El lago estaba cubierto por una neblina gris y la caldera hacía más ruido de lo normal.
—No, David.
Hubo unos segundos de silencio.
Después soltó una risita seca.
—¿Cómo que no?
—Julia puede venir a cenar en Nochebuena y quedarse para Navidad. Pero no voy a recibir durante nueve días a una mujer que apenas conozco, mucho menos cuando tú ya lo decidiste sin preguntarme.
—Tienes cuatro recámaras desocupadas.
—No se trata de cuántas recámaras tengo.
David suspiró con ese tono que usaba cuando quería hacerme sentir viejo, complicado y fuera de lugar.
—Papá, vives solo en una casa enorme. ¿Qué necesidad tienes de hacer tanto problema?
Sentí que algo se me endurecía por dentro.
—Esta vez voy a poner un límite.
Una hora después me llamó Laura.
—¿Ahora qué le hiciste a David?
—Le
dije que no.
—Estás arruinando la Navidad por una simple habitación.
—No, Laura. Tu hermano cree que puede usar mi casa como si fuera un hotel donde reserva sin pedir permiso.
Se rio, pero no había nada divertido en su risa.
—Desde que murió mamá te has vuelto insoportable.
Aquellas palabras me dolieron más de lo que quise admitir.
Durante su enfermedad, Elena me había advertido muchas veces:
—Deja de resolverles todo, Arturo. Un día van a creer que mantenerlos es tu obligación.
Yo siempre le contestaba que estaba exagerando.
Esa noche, el grupo familiar se llenó de mensajes.
David escribió que yo utilizaba el dinero para controlar a todos. Laura dijo que no pensaba llevar a sus hijos a un ambiente tan pesado.
Incluso Mateo, que normalmente intentaba quedar bien con todos, escribió:
«Tal vez este año convenga pasar la Navidad con Laura, donde nadie tenga que sentirse como un invitado indeseado».
El último mensaje fue de David:
«Pasamos la Nochebuena con Laura. Disfruta tus límites».
Por primera vez en veintisiete años, nadie tocó mi puerta la noche del 24 de diciembre.
Había preparado lasaña para doce personas. El refrigerador estaba lleno y debajo del árbol seguían los regalos con sus nombres.
En la rama más baja colgaba una esfera roja de vidrio, la misma que Elena colocaba primero cada Navidad.
A las ocho diez me descubrí llorando frente a un plato de comida que ya se había enfriado.
Me limpié la cara con la servilleta, apagué la música y escuché el reloj del pasillo.
Entonces recordé algo.
Mis hijos parecían haber olvidado que, antes de convertirme en el padre que pagaba todas sus cuentas, había sido abogado durante casi cuarenta años.
Me levanté, encendí la computadora y saqué del cajón una vieja carpeta azul llena de contratos.
Aquella noche no iba a suplicarles que regresaran.
Iba a revisar unos documentos que llevaba años sin tocar.
Y lo primero que encontré me hizo comprender que el problema de mi familia era mucho más grave que una cena de Navidad.
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