No iba a llamarles aquella noche.
Capítulo 2
No iba a llamarles aquella noche.
No iba a pedirles que regresaran ni a disculparme por haber dicho que no.
Puse la carpeta azul junto a la computadora y dejé la mano sobre la tapa.
Afuera, el viento movía las persianas. En aquella casa vacía, hasta ese ruido parecía una pregunta.
Abrí el primer documento.
Era una copia de la escritura de la casa.
La leí dos veces.
Después una tercera.
La propiedad no estaba a nombre de mis hijos. Tampoco estaba directamente a mi nombre.
Pertenecía a un fideicomiso llamado Patrimonio Familiar Elena Márquez.
Yo era el beneficiario principal. Tenía derecho a usar, habitar y disfrutar la propiedad durante toda mi vida. Después de mi muerte, los beneficiarios secundarios serían David, Laura y Mateo.
Pero había una condición que yo había olvidado por completo.
No, olvidado no era la palabra.
Había firmado aquella cláusula cuatro años antes, mientras Elena luchaba contra el cáncer y yo
apenas podía pensar en otra cosa que no fuera mantenerla con vida.
Volví a leer el párrafo subrayado.
Si los beneficiarios secundarios intentaban vender, hipotecar, ocupar o disponer de la propiedad sin el consentimiento expreso del beneficiario principal, el fideicomiso se extinguiría y sus bienes pasarían a la Fundación Elena Márquez para Mujeres en Recuperación.
No era una cláusula sentimental.
Era precisa, fría y estaba redactada para impedir cualquier maniobra.
—¿Qué hiciste, Elena? —murmuré.
En ese momento vibró mi celular.
Era un mensaje de un número desconocido.
«Soy Julia. Necesito hablar con usted antes de que sus hijos regresen».
Me quedé mirando la pantalla.
Julia nunca me había escrito.
«¿Sobre qué?», respondí.
Su contestación llegó antes de que pasara un minuto.
«Sobre la casa. Y sobre algo que Elena me pidió que hiciera si algún día sus hijos intentaban quitarle el control».
Sentí un escalofrío.
Llamé al único hombre en
quien confiaba para revisar un asunto así: Héctor Salgado, mi antiguo socio.
Tenía setenta y un años y también estaba jubilado, aunque seguía teniendo una mente tan afilada como siempre.
—Feliz Navidad, desgraciado —dijo al contestar—. ¿Ahora qué haces trabajando?
—Necesito que vengas mañana.
—¿Pasó algo grave?
Miré la carpeta.
—Creo que mis hijos están intentando hacer algo con la casa.
—¿Intentan venderla?
—No lo sé.
—Entonces sí es grave.
A las nueve de la mañana, Héctor llegó con una chamarra gruesa, una caja de pan dulce y esa expresión de quien ya ha pensado en tres posibles problemas antes de estacionarse.
Lo llevé a la biblioteca, le serví café y extendí todos los documentos sobre el escritorio.
Durante casi una hora no dijo nada.
Revisó la escritura, las copias certificadas, los recibos del predial, los estados de cuenta y un poder notarial que apareció al fondo de la carpeta.
—¿Reconoces esto? —preguntó.
—No.
Era un poder amplio para pleitos y cobranzas, actos de administración y actos de dominio sobre la casa.
Supuestamente yo lo había firmado seis meses antes ante un notario en Toluca.
La firma se parecía a la mía.
Se parecía demasiado.
Pero no era mía.
—Yo nunca firmé esto —dije.
Héctor levantó la vista.
—¿Estás seguro?
—Héctor, redacté miles de poderes notariales. Sé perfectamente cómo firmo.
En el margen había una anotación:
«Se expide copia para trámite de crédito puente».
—¿Qué crédito puente?
Héctor abrió su computadora.
—Necesito tu autorización para revisar el Registro Público y unas bases de datos financieras.
—Hazlo.
Mientras esperábamos los resultados, me preguntó por mis hijos.
Le conté lo de David, los nueve días, Julia, los mensajes y la Navidad que habían decidido pasar sin mí.
Héctor se quedó pensativo.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—No estoy seguro de que todo esto tenga que ver únicamente con la visita de Julia.
—¿Entonces?
—¿Tus hijos conocen el fideicomiso?
—Sí. Elena estaba presente cuando lo firmamos.
—¿Y saben que no pueden vender ni hipotecar la casa?
—Lo saben.
—Entonces tenemos que averiguar por qué David quería traer a Julia durante nueve días.
La respuesta apareció en la computadora antes de que pudiéramos seguir hablando.
Héctor se acomodó los lentes.
—Arturo, hay tres solicitudes de crédito relacionadas con esta propiedad.
—¿A nombre de quién?
—Una de David, otra de una empresa administrada por Laura y la tercera vinculada con Mateo.
Sentí que se me secaba la boca.
—¿Qué clase de créditos?
—Préstamos privados de alto riesgo. Los tres respaldados con la misma garantía.
—¿Cuál?
Héctor me miró.
—Tu casa.
Me quedé viendo por la ventana. La neblina seguía cubriendo el lago.
De pronto, las cuatro recámaras, el árbol de Navidad, las visitas de Laura y el Volvo de David parecían piezas de un mecanismo que llevaba años funcionando a mis espaldas.
—Pero no podían hipotecarla.
—Legalmente, no. Y si falsificaron ese poder, tampoco podían representarte.
—¿Y si lo intentaron?
—Entonces cometieron un delito.
A las once de la mañana me llamó David.
—Papá, tenemos que hablar.
No contesté de inmediato.
—Te escucho.
—No quiero pelear.
—Qué curioso, porque mandaste a tus hermanos a pelear por ti.
Guardó silencio.
—Julia y yo vamos a pasar unos días en Valle. Ya lo hablamos.
—No, David. Tú lo decidiste y me lo informaste.
—No puedes seguir tratándonos como niños.
—Y ustedes tampoco pueden seguir tratando mi casa como garantía bancaria.
El silencio fue inmediato.
—¿De qué estás hablando?
—Del poder notarial falso, de los créditos y de la casa.
Escuché cómo respiraba con fuerza.
—¿Quién te dijo eso?
—Un abogado.
—Papá, no entiendes cómo funcionan las cosas.
—Entonces explícame.
—No es como piensas.
—Perfecto. Ven y explícamelo en persona.
—¿Nos vas a dejar entrar?
—No le estoy ofreciendo vacaciones, David. Le estoy ofreciendo una conversación formal.
Era la primera vez que le hablaba de usted.
Él lo notó.
—¿Me estás hablando de usted?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque en este momento no estoy hablando con mi hijo. Estoy hablando con una persona que intentó disponer de mi propiedad sin autorización.
Colgó.
Héctor me observó desde el otro lado del escritorio.
—Ese cambio de trato pesa más que cualquier amenaza.
—No quiero amenazarlo.
—No. Quieres que entienda que hay una puerta que ya no puede abrir con una sonrisa.
A las tres de la tarde llegó Julia.
Venía sola.
No traía maletas. Llevaba un abrigo negro, botas bajas y una bufanda color vino. Parecía tener unos treinta años. En una mano sostenía un sobre manila.
Abrí la puerta.
—¿Usted es Julia?
—Sí, señor. Gracias por recibirme.
—Pase.
Se quitó el abrigo sin decir nada. Estaba pálida.
—¿David sabe que está aquí?
—No.
—Entonces dígame de una vez qué está pasando.
Julia miró la sala, el árbol y la chimenea apagada.
—Yo no soy la pareja de David.
No me sorprendió.
Más bien confirmó una sospecha.
—Algo así me imaginaba.
—¿En serio?
—Una mujer que apenas conoce a la familia difícilmente provoca por sí sola una guerra navideña.
Julia tragó saliva.
—Me llamo Julia Cárdenas. Trabajo para la notaría que administró el fideicomiso de la señora Elena. También soy contadora forense.
Héctor apareció detrás de mí.
Julia se puso de pie.
—Buenas tardes, licenciado Salgado.
—¿Cómo sabe quién soy?
—La señora Elena hablaba mucho de usted.
Aquello me impactó.
Elena hablaba de Héctor, sí, pero no con cualquiera.
Julia abrió el sobre.
—Hace ocho meses, David me buscó. Dijo que usted estaba perdiendo la memoria y que necesitaban reorganizar el patrimonio familiar antes de que tomara malas decisiones.
—¿Y usted le creyó?
—Al principio, sí.
Sacó varios documentos.
—Me pidió que evaluara el fideicomiso. Quería saber si existía alguna manera de vender la casa, conseguir un préstamo y repartir el dinero entre los tres hermanos.
—¿Los tres estaban involucrados?
—Desde el principio.
Sentí una presión helada en el pecho.
—¿Por qué fingió ser su pareja?
—Porque después descubrí que David no necesitaba una contadora. Necesitaba alguien que convenciera a los acreedores de que usted estaba dispuesto a vender. Él decía que quería mudarse a un departamento en Ciudad de México y que la casa se vendería en enero.
—¿Y siguió trabajando para él?
—Seguí fingiendo que estaba de su lado porque encontré algo peor.
Julia dejó una memoria USB sobre la mesa.
—El poder notarial fue elaborado por una firma externa. Tomaron su firma de un documento antiguo, la recortaron, la digitalizaron y la colocaron en el poder.
Héctor tomó la memoria.
—¿Tiene pruebas?
—Audios, correos, contratos y conversaciones. También tengo una grabación de David diciéndole a Laura que, si su padre se negaba, iban a declararlo legalmente incapaz.
Me quedé sin aire.
—¿Declararme incapaz?
—Sí, señor Arturo. Ya habían consultado a un médico para conseguir un dictamen de supuesto deterioro cognitivo.
Tuve que apoyarme en una silla.
Entonces entendí que nunca habían querido pasar nueve días de vacaciones en mi casa.
Querían acercarse a mis documentos, presionarme para obtener mi firma y, si me resistía, presentarme como un anciano confundido que ya no podía tomar decisiones.
Y todavía faltaba escuchar lo peor.
Capítulo completado
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