—No me digas que no pudiste hacer nada.
Capítulo 2
—No me digas que no pudiste hacer nada.
Eres un hombre adulto.
—Intenté detenerla.
—¿Cuándo? ¿Antes o después de que me golpeara?
—Mamá…
—Vete.
—Necesito que guardes esto.
Me tendió la memoria USB.
—No quiero nada tuyo.
—Si la encuentras, abre la carpeta que dice “Proyecto Nieve”.
—¿Qué es?
—No lo sé todo. Pero creo que ahí está la razón por la que Renata tiene tanto miedo de que llegue una citación.
Salió por la puerta trasera sin volver a mirarme.
Yo permanecí en el comedor hasta que amaneció.
A las siete, Mauricio llegó con dos asistentes y una carpeta gruesa. Había dormido poco. Yo tampoco.
—Primero —dijo—, vamos a documentar la agresión. Después iremos al banco, al registro de la propiedad y a la notaría que manejó la compraventa.
—¿Y la memoria?
—No la conecte a ninguna computadora de su casa.
—¿Por qué?
—Porque si Santiago dice la verdad, podrían tener acceso remoto a sus dispositivos.
Mauricio
se llevó la USB a su despacho. A las diez de la mañana regresó con el rostro serio.
—Beatriz, hay algo muy extraño.
—¿Qué encontró?
—La carpeta “Proyecto Nieve” no contiene videos de Renata. Contiene información sobre usted.
—¿Sobre mí?
—Fotografías de su casa, copias de sus estados de cuenta, registros médicos y una lista de sus bienes.
La rabia me ardió en la garganta.
—¿Santiago hizo eso?
—No lo sé. Pero hay un archivo de audio.
Mauricio conectó una bocina. Primero se escucharon ruidos, luego la voz de Renata.
—Si la vieja no entrega el acceso, hay que presionarla. Santiago tiene que conseguir que firme un poder.
Otra voz masculina respondió:
—¿Y si se niega?
—Entonces hacemos que parezca incapaz. Una evaluación médica, una denuncia de abandono, cualquier cosa. Cuando esté internada, nosotros controlamos sus cuentas.
Sentí que mis dedos se cerraban sobre el borde de la mesa.
La
grabación continuó.
—La cuenta de Esteban existe —dijo Renata—. El documento menciona una fundación. Si encontramos al beneficiario, vamos a tener acceso a todo.
Mauricio pausó el audio.
—¿Fundación?
Yo recordé entonces algo que había enterrado en la memoria.
Durante los últimos meses de vida, Esteban había viajado varias veces a Ciudad de México. Decía que estaba asesorando un proyecto de vivienda para trabajadores. Nunca quiso hablar demasiado. Sólo me dijo que era algo importante y que, si alguna vez ocurría una emergencia, debía buscar a un hombre llamado **Tomás Valdés**.
Tomás había sido su socio durante los primeros años de su carrera. Yo no lo veía desde hacía décadas.
—Tenemos que localizarlo —dije.
Mauricio asintió.
—Ya lo hice.
Sacó otra hoja de la carpeta.
—Tomás Valdés murió hace tres años.
El aire pareció abandonar la habitación.
—¿Y la fundación?
—Sigue activa.
—¿Quién la dirige?
Mauricio me miró directamente.
—Usted.
No entendí.
—Eso es imposible.
—La Fundación Esteban Salazar está registrada a su nombre desde hace siete años.
Me levanté tan rápido que la silla cayó al piso.
—Yo jamás firmé nada.
Mauricio abrió un documento. Mi nombre aparecía al final, junto a una firma que se parecía a la mía, aunque había algo extraño en la inclinación de las letras.
—Ésta no es mi firma.
—Lo sé. Por eso vamos a solicitar un peritaje.
La fundación tenía una cuenta bancaria, pero sólo recibía pequeños depósitos. El saldo era de poco más de diecisiete mil dólares.
—¿Dónde está el dinero de Esteban? —pregunté.
—Eso es lo que tenemos que descubrir.
Durante las siguientes horas, Mauricio reconstruyó el camino de la venta de la casa.
La propiedad se había vendido por seiscientos veinte mil dólares. De ahí, Renata había pagado ochenta mil en tarjetas, retirado treinta y cinco mil en efectivo y transferido trescientos mil a una empresa llamada **Nieve Azul Consultores**.
El nombre me provocó un escalofrío.
—Proyecto Nieve —murmuré.
Mauricio revisó los documentos.
—Nieve Azul pertenece a una sociedad extranjera. La representante legal es una mujer llamada **Claudia Ibarra**.
—La hermana de Renata.
—Sí. Pero hay más. La empresa compró una propiedad en Monterrey. Una casa de lujo en San Pedro Garza García.
—¿Para quién?
Mauricio deslizó el documento hacia mí.
—Para Beatriz Salazar.
Mi nombre.
Durante varios segundos ninguno habló.
—Yo nunca compré una casa en Monterrey.
—Pero alguien lo hizo usando una copia de su identificación y una firma falsificada.
—¿Por qué?
Mauricio revisó las escrituras.
—La propiedad está hipotecada. El dinero de la venta de Maple fue usado como enganche. Después solicitaron un crédito a nombre de usted.
Sentí náuseas.
—¿Y quién vive ahí?
—Nadie. Está vacía.
—Entonces no entiendo.
Mauricio pasó otra página.
—La casa fue adquirida mediante un fideicomiso. La beneficiaria final no es usted.
—¿Quién?
Levantó la mirada.
—Una menor de edad llamada **Elena Salazar**.
El nombre me golpeó como una puerta cerrándose.
—No conozco a ninguna Elena.
Mauricio guardó silencio.
En ese instante, mi celular vibró. Era un mensaje de un número desconocido.
**“Deje de investigar o su hijo pagará por lo que hizo su padre.”**
Le mostré el mensaje a Mauricio.
—¿Qué quiso decir?
—No lo sé —respondió—. Pero ahora entiendo por qué Santiago está aterrorizado.
Capítulo completado
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